26 de abril de 2012
XLIX JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES. EL SACERDOTE, CORAZÓN DE PASTOR
“Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas…Yo soy el buen pastor, conozco las mías y las mías me conocen…Tengo otras ovejas que no son de este redil, a esas también es necesario que las traiga, y oirán mi voz y formarán un solo rebaño, con un solo pastor. Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy libremente. Tengo potestad para darla, y tengo potestad para recuperarla. Éste es el mandato que he recibido de mi Padre” (Jn. 10,11-18).
El buen pastor conoce a cada una de sus ovejas, las llama por su nombre. En este cuidado solícito y amoroso, hay un recordatorio de nuestro ser pastores de la Iglesia; sí, queridos amigos, en un diálogo con el Señor, siempre presente en medio de nosotros en la Eucaristía [en su cuerpo, alma, sangre y divinidad], sea él quien nos hable. No les niego, no es fácil compartir unas líneas con otros hermanos sacerdotes. Pero les diré como llegó a decir el Cardenal Van Tuan, cuando comenzaba a dar sus ejercicios espirituales a la Curia romana, contando esta bella historia: «La de un famoso predicador que fascinaba al público. Delante de su púlpito, un viejecito seguía fielmente todos sus sermones. El predicador estaba muy contento de su éxito. Un día se le apareció un ángel: “Me congratulo contigo por tus conferencias… ¡Eres excelente! Pero ¿Recuerdas a ese viejecito que viene siempre a escucharte?”. “Sí, lo he visto”, responde el predicador. Y el ángel añade: “Que sepas que él viene, no para escucharte, sino PARA REZAR POR TI. GRACIAS A SUS ORACIONES, TUS SERMONES HACEN TANTO BIEN A LOS FIELES”. Por eso, les digo, terminaba el Cardenal, cuento con sus oraciones. Igualmente yo, pido sus oraciones».
“Yo soy el buen pastor” (Jn. 10, 11. 14). Estas palabras de Cristo resonarán en toda la Iglesia, en el IV domingo de Pascua. Él, el Señor, es el Pastor que da la vida por su grey. En él se cumple la promesa que el Dios de Israel hizo por boca de los profetas: “Yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él” (Ez 34, 11). “El buen pastor da la vida por las ovejas” (Jn. 10, 11). Cristo apacienta al pueblo de Dios con la fuerza de su amor, entregándose a sí mismo como sacrificio. Cumple su misión de pastor convirtiéndose en Cordero inmolado. Sacerdos et hostia.
San Pedro nos exhorta: “Apacentad la grey de Dios que se os ha confiado, gobernándolo no a la fuerza, sino de buena gana según Dios, no por mezquino afán de lucro, sino de CORAZÓN” (1P. 5, 2). Nuestra solicitud, como sacerdotes ha de ser ejemplar. Jesús, cuando nos llamó, lo hizo con imperio y ternura, como Yahvé a sus profetas y enviados: Moisés, Samuel, Isaías... Nunca los llamados merecieron en modo alguno la vocación para la que fueron elegidos, ni por su buena conducta, ni por sus condiciones personales, “nos llamó con vocación santa, no en virtud de nuestras obras, sino en virtud de su designio” (2 Tim 1, 9).
“Recuerden [los presbíteros] que su ministerio sacerdotal (...) está ordenado — de manera particular — a la gran solicitud del Buen Pastor, que es la solicitud por la salvación de todo hombre. Todos debemos recordar esto: que a ninguno de nosotros es lícito merecer el nombre de mercenario, o sea, uno que no es pastor dueño de las ovejas, uno que ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye, porque es asalariado y no le importan las ovejas. La solicitud de todo buen pastor es que los hombres tengan vida, y la tengan en abundancia, para que ninguno se pierda, sino que tengan la vida eterna. Esforcémonos para que esta solicitud penetre profundamente en nuestras almas: tratemos de vivirla. Sea ella la que caracterice nuestra personalidad, y esté en la base de nuestra identidad sacerdotal” (Beato Juan Pablo II, Carta a todos los sacerdotes, n. 7).
Nuestro ministerio está ordenado al gran Cuidado del Buen Pastor que es la solicitud por la salvación de todos los hombres: “Tengo otras ovejas que no son de este redil, a esas también es necesario que las traiga, y oirán mi voz y formarán un solo rebaño, con un solo pastor” (Jn. 10, 16)
“La atención particular por la salvación de los demás – escribió el Beato Juan Pablo II –, por la verdad, por el amor y la santidad de todo el pueblo de Dios que se encomienda a los sacerdotes se realiza de diversas maneras” (y que debemos tenerla muy presenta en nuestro esfuerzo diario). Son varios los caminos: pastoral parroquial, tierras de misión, la enseñanza, lo enfermos, el dolor, que no se pueden separar; el mismo estudio (que el Santo Padre Benedicto XVI, nos dice: familiaridad con la Sagrada Escritura), el trabajo personal (del que a veces huimos) que se concreta en nuestro centro vital como es la Eucaristía diaria, la oración personal, para sentir la llamada divina en medio de tantas voces que llenan la vida diaria (Cf. Benedicto XVI, con ocasión de la XLIX jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, 2012), el compartir la mesa, etc.,). “A pesar de sus diferencias, sigue diciendo el Beato Juan Pablo II, son siempre y en todo lugar caminos de nuestra específica vocación: sois portadores de la gracia de Cristo, Eterno Sacerdote y del Carisma del Buen Pastor…” (Carta con ocasión del Jueves Santo, 1979)
Por eso, podíamos decir cuatro son las condiciones (aunque se pueden decir más) que debe reunir el buen pastor ¿Dónde se adquiere? Lógico que desde la formación en el seminario, pero va fortaleciéndose aún más en el día a día (oración, confesión y Santa Misa).
En primer lugar, EL AMOR: fue precisamente la caridad la única virtud que el Señor exigió a Pedro para entregarle el cuidado de su rebaño (Jn. 21,15-25). “En el Hijo Jesús –afirma el Apóstol– «nos eligió antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor» (Ef. 1,4). Somos amados por Dios incluso “antes” de venir a la existencia. Movido exclusivamente por su amor incondicional, él nos “creó de la nada” (cf. 2M 7,28) para llevarnos a la plena comunión con Él…El descubrimiento de esta realidad es lo que cambia verdaderamente nuestra vida en lo más hondo” (Benedicto XVI, con ocasión de la XLIX jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, 2012). LA VIGILANCIA, para estar atento a las necesidades de las ovejas (c. 212 § 2 y 3). En tercer lugar, LA DOCTRINA, con el fin de poder alimentar a los hombres hasta llevarlos a la salvación. El Pueblo de Dios tiene derecho a escuchar de los labios de sus sacerdotes la Palabra íntegra, sin adulterarla, sin arrancar páginas. Tiene derecho igualmente a que le entreguemos la doctrina genuina, sin reduccionismos, en comunión estrecha con el Magisterio del Papa y de los Obispos. “No anunciamos teorías y opiniones privadas, sino la fe de la Iglesia, de la cual somos servidores” (Benedicto XVI, Misa Crismal 2012). Y finalmente LA SANTIDAD E INTEGRIDAD DE VIDA; ésta es la principal de todas las virtudes. Si fuéramos más santos, más celosos, más ejemplares y apostólicos, místicos y testigos al mismo tiempo, con una fuerte experiencia de Dios, florecería más la vida cristiana de nuestro pueblo, que necesita del acompañamiento cercano de sacerdotes santos.
El aburguesamiento espiritual y la tibieza es la situación espiritual más peligrosa que puede acechar a un cristiano, y mucho más a un sacerdote, porque el tibio no es consciente de su situación ni de los peligros que le amenazan. En consecuencia, no siente la necesidad de convertirse. Tenemos que ser “testigos e instrumentos de la misericordia divina, somos y debemos ser hombres que sepan infundir esperanza y hacer obras de paz y reconciliación” (Beato Juan Pablo II). “Sin mí, no podéis hacer nada” (Jn. 15, 5), Este «nada» es el signo de una dependencia total, de la necesidad del desprendimiento de nosotros mismos, pero es también el signo de la grandeza del don que hemos recibido.
Se trata de consejos que nos pide llevar una vida espiritual intensa, rica de aquellas cualidades y virtudes que son típicas de la persona que está llamada a ser como Cristo Buen Pastor. “Es poner en práctica una serie de elementos como son: La identidad con Cristo; Unidad de vida; Un camino especifico hacia la Santidad; la fidelidad a la disciplina eclesiástica; Conocer y amar la comunión eclesial; y sentido de lo universal en lo particular” (Cf. CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, El presbítero, Pastor y Guía de la comunidad).
“De la abundancia del corazón es que habla la boca” (Mt 12, 34). Nuestra vida, ha de asemejarse al Corazón de Cristo, el Buen Pastor, nuestro único modelo (es vernos por dentro como somos y si correspondemos a los mismos sentimientos de Cristo o estamos divididos [Cf. Fil. 2, 5]). “Yo no cuento con un corazón para amar a Dios, y con otro para amar a las personas de la tierra. Con el mismo corazón con el que he querido a mis padres y quiero a mis amigos, con ese mismo corazón amo yo a Cristo, y al Padre, y al Espíritu Santo y a Santa María” (S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Es Cristo que pasa, 166).
El trato con el Señor nos capacita para amar más. Y amar, como amó (y me ama) Cristo.
Ante todo esto ¿Qué se espera de nosotros? Que seamos santo (aunque nunca lleguemos a ser elevado a los altares) y que, siéndolos, ayudemos a otros a serlo también. O, cuando menos, a ser menos pecadores. Ver virtudes como fidelidad, coherencia de vida, sabiduría, la acogida a todos, la afabilidad, la firmeza doctrinal en las cosas esenciales, el desprendimiento personal, ya que muchas veces estamos apegados a cosas materiales que nos aleja del Señor, de su corazón. Ponemos nuestra confianza en cosas que no llenan el corazón. Lo que nuestro corazón anhela es Cristo, nuestro ideal profundo, quien cautiva nuestra vida; y la Iglesia es el camino y campo de acción. Él sólo con sus palabras y mirada cautivó el corazón de sus Apóstoles; y hoy presente en el altar, en el Sagrario, nuevamente dirige su mirada a cada uno de nosotros. Él sigue siendo hoy el motivo de vivir de millones de personas, y ejemplo de ello, somos nosotros que hemos dejado todo, por entregarle nuestro corazón al recibir su llamada, y a la que buscamos corresponderle. Por eso, Señor, te damos gracias, por la maravillas que realizas en nosotros en cada Eucaristía; queremos imitarte, seguirte sólo a ti, y reunir en un solo rebaño a tus hijos dispersos, la paciencia, el gusto por el esfuerzo diario, etc.
Cristo es el camino de nuestra realización; y el cultivo de nuestra personalidad está fundada en lanzarnos en una prodigiosa entrega a los demás: Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas, en generosidad sin límites; en una donación total sin división.
Todo esto es posible, desde el seminario que es la gran escuela del Evangelio. Y como dice un texto de la segunda Biblia del seminarista, como es la Pastores Dabo Vobis (así la conocí en mis primeros años de formación en el seminario, y que seguramente muchas veces han meditado cada uno al leerla. A mí siempre me ha servido en mi camino no sólo del seminario, sino también ahora como sacerdote): “el seminario debe ser un ambiente espiritual, un itinerario de vida, una atmósfera que favorezca y asegure el proceso, de manera que el ha sido llamado por Dios al sacerdocio – tu y yo – pueda llegar a ser una imagen viva de Jesucristo Cabeza y PASTOR de la Iglesia…vivir en el seminario, escuela del Evangelio, es vivir en el seguimiento de Cristo como los apóstoles; es dejarse educar por él para el servicio del Padre y de los hombres, bajo la conducción del Espíritu Santo. Más aún, es DEJARSE CONFIGURAR CON CRISTO BUEN PASTOR para un mejor servicio sacerdotal en la Iglesia y en el mundo. Formarse para el sacerdocio es aprender a dar una respuesta personal a la pregunta fundamental de Cristo: ¿ME AMAS? Para el futuro sacerdote, la respuesta no puede ser sino el don total de su vida” (PDV. 42 c)
El Señor es mi pastor nada me falta (Ps. 22.1) junto aguas de reposo me pastoreará, confortará mi alma. El sacerdote es el hombre de la Palabra, a quien corresponde la tarea de llevar el anuncio evangélico a los hombres y a las mujeres de su tiempo. Debe hacerlo con gran sentido de responsabilidad, comprometiéndose a estar siempre en plena sintonía con el magisterio de la Iglesia. Es también el hombre de la Eucaristía, mediante la cual penetra en el corazón del misterio pascual. Especialmente en la santa misa siente la exigencia de una configuración cada vez más íntima con Jesús, buen Pastor, sumo y eterno Sacerdote. Todo ello es posible, en cada uno, de lo que hagamos en nuestro itinerario de vida, que comenzó en el seminario, y lo vamos fortaleciendo en el día a día. Siempre tengo muy vivas y presente en mi vida personal aquellas palabras de mi primer rector Mons. José Francisco Jiménez: “Todo cuanto dejes de hacer en el seminario, después como Sacerdote no lo harás…”. Por eso, hemos de aprovechar todos los medios que se nos brindan para nuestra vida sacerdotal, y no desperdiciarlos. Que no se haya quedado sólo en nuestro paso por el Seminario.
Por eso, alimentados de la palabra de Dios; conversando todos los días con Cristo realmente presente en el Sacramento del altar, nos dejamos conquistar por el amor infinito de su Corazón y prolongamos la adoración eucarística en los momentos importantes de nuestra vida, en las decisiones personales y difíciles, al inicio y al final de nuestras jornadas. Configurados con Cristo, Buen Pastor, seremos los ministros de la misericordia divina.
Pero, para poder cumplir dignamente la misión que se nos confió, debemos mantenernos constantemente unidos a Dios en la oración, y experimentar nosotros mismos su amor misericordioso mediante una práctica regular de la confesión, dejándonos también guiar por expertos consejeros espirituales. Esto tener nuestro corazón metido en el corazón del Buen Pastor. Toma Señor mi corazón, haz de mí lo que quieras, sea lo que sea, te lo entrego todo.
La Virgen María, que al pie de la cruz se unió al sacrificio de su Hijo y que él nos dio como Madre, nos asista con su intercesión, para que seamos imagen fiel del buen Pastor en medio de nuestros hermanos, en medio de nuestras comunidades parroquiales. Ella nos proteja con su ayuda materna y nos haga sacerdotes cada vez más conformes al Corazón de su Hijo, Sumo y eterno Sacerdote, corazón de Pastor. Amén.
Pbro. Williams Campos
Administrador Parroquia de la Parroquia Cristo Rey
20 de abril de 2012
Fin último. Filiación divina. Virtudes y dones
CASO:
Concha tiene una amiga, Dori, bastante alejada de la práctica cristiana. Algunas veces ha intentado que cambie, pero no sólo no le hacía caso, sino que parecía enfadarse al oír hablar de esos temas.
Un día, tras estudiar las dos varias horas en casa de Concha, hablan de muchas cosas, y acaban por tratar del sentido de la vida. Concha le dice que nunca ha querido molestar ni ser una carga, sino que habla de esto porque es amiga suya y quiere para ella lo mejor. Le explica que cree de verdad que sólo Dios da sentido a la vida, que estamos hechos para amar a Dios, que es nuestro Padre; que sólo viviendo en gracia y esforzándonos por quererle somos felices; y que, aunque a primera vista sea muy costoso, la ayuda de Dios nunca falta y "al final resulta que no es para tanto".
Dori le agradeció de verdad el interés que se tomaba por ella y le dijo que le iba a contar lo que le pasa por ser su amiga, pues nunca lo había hablado con nadie. Resulta que su padre era una persona insoportable, y durante años había hecho insufrible la convivencia familiar, hasta que al fin se fue de casa, dejando a su madre mal de los nervios. Cada vez que pensaba en su padre, "sentía un rechazo, que no podía evitar por mucho que lo intentara". Pensaba que le odiaba. Había intentado olvidarlo algunas veces, e incluso había ido a confesarse, pero sólo le decían que perdonase, y entonces el tema volvía a su cabeza, si cabe con más fuerza, y sólo había conseguido empeorar la situación. Incluso recordaba una vez que, yendo a comulgar inmediatamente después de confesarse, de repente le apareció en la imaginación la cara de su padre, y acabó por salirse de la fila. Por eso había acabado "mandándolo todo a paseo".
Añadió que comprendía que Concha viviese como lo hacía, con una familia normal y sin problemas, pero que para ella era imposible, y no se le podía acusar de no haberlo intentado. Además, cuando le había dicho que Dios es nuestro Padre le había dado un escalofrío al oír la palabra "padre": "fíjate, que hasta a veces pienso que no me quiero casar nunca para que mis hijos, si es que tengo, no tengan padre". Si Dios de verdad quería y esperaba de ella lo que Concha decía, no entendía por qué permitía que le pasara eso y no la ayudaba: "a ti ya se ve que cada vez vas mejor, pero lo que es a mí...; y no me quiero proponer nada serio porque no tengo fuerzas para nada, ni para estudiar: la cabeza se me va a otro sitio". Total, que por eso estaba así: ya no se fiaba de nada ni de nadie.
Concha se quedó helada cuando oyó todo eso. No se esperaba una cosa así, y no supo qué decir. Al final, le comentó que necesitaba pensar en todo lo que le había dicho, y ya le contestaría más adelante.
Preguntas que se formulan:
— ¿Qué significa que el cristiano es hijo de Dios? ¿Puede decirse que el fundamento para una vida cristiana está en confiar en Dios? ¿Por qué? ¿Qué motivos hay para esa confianza?
— ¿La llamada por Dios a la santidad es para todos, sin excepciones? ¿Cuál es el motivo?
— ¿Puedes apreciar alguna influencia de mundo, demonio y carne en la situación expuesta?
— ¿Hay alguna diferencia entre "sentir un rechazo" y odiar? ¿Qué diferencia hay entre una pasión y un acto malo? ¿Y entre sentir y consentir? ¿Pueden dominarse las pasiones, incluso en un caso como éste? ¿Cómo?
— ¿Es desde un punto de vista humano insuperable esta situación? ¿La gracia altera de alguna manera la respuesta a esa pregunta? ¿Cómo? ¿La existencia de la gracia da pie para poder explicar por qué Dios tolera males? ¿Qué significa tener visión humana y visión sobrenatural en este caso?
— ¿De verdad puede decirse que Dori puso todos los medios? ¿Cuáles son los medios sobrenaturales imprescindibles?
— ¿A qué se debe que a Dori le falten las fuerzas para afrontar cualquier esfuerzo? ¿Y que Concha cada vez vaya mejor se debe sólo a sus circunstancias favorables y el crecimiento natural?
— ¿Qué responderías al oír una situación como ésta?
Comentario
Concha es prudente cuando dice que necesita tiempo para pensar las cosas y dar una respuesta. La precipitación es mala consejera. Si medita —que es algo más que pensar— en la situación, quizás vería que es una buena oportunidad para darle la vuelta al planteamiento de su amiga.
Todos los hombres tienen una dignidad, conforme a la cual deben vivir, por tener una naturaleza que les hace ser personas. Pero resulta que tenemos una dignidad aún mayor, que nos viene por el bautismo: la condición de hijos de Dios. Es una dignidad de la que puede decirse que es más divina que humana, ya que no se trata sólo de un título —el de adopción, sino de una verdadera participación de la naturaleza y la vida divinas. La gracia, infundida en nuestras almas, hace posible esta realidad. Claro está que esto trae consigo nuevas responsabilidades: el deber de vivir como hijos de Dios. Esto hace que la moral cristiana añada una nueva dimensión a la que podríamos llamar "moral natural", sin negar ninguna de las exigencias de ésta, pues la condición de hijos de Dios no anula —al revés, dignifica— nuestra condición humana.
La adopción es un hecho singular, como singular es para cada uno el bautismo, por el cual Dios nos adopta. Esto quiere decir que Dios nos acoge, nos acepta, nos llama, uno a uno: es la llamada divina para cada hombre y mujer, la vocación cristiana. Es singular... y es universal, porque a todos invita a ser hijos. En el caso expuesto, habría que explicar a Dori que ese rechazo hacia su padre es comprensible, pero que no puede extenderlo a todo padre; al revés, no tendría ese rechazo tan fuerte de haberse tratado de un extraño, precisamente porque de un padre cabía esperar otro tipo de comportamiento.
Con otras palabras, la aversión no nace por tratarse de su padre, sino por haber defraudado como padre. Pues bien, gracias a la fe que conserva —se nota que la conserva—, debe entender que Dios es un Padre que no defrauda, que no puede defraudar, que tiene preparado lo mejor para sus hijos; que, como buen Padre, nos va divinizando con la gracia y nos reserva lugar en su propia casa —el cielo—, para disfrutar eternamente, sobre todo de Él mismo: algo que sólo un hijo podría esperar. El que un mal padre haya podido causarle tanto daño pone de manifiesto la necesidad que tenía de un buen padre. Y lo mismo sucede en la vida espiritual, sólo que en este caso no se debe a unas lamentables circunstancias exteriores, sino al abandono propio. Si un padre poco ejemplar puede hacerle mal, cuánto bien podrá hacerle un buen padre. Y si ese padre es nada menos que Dios...
A primera vista, puede parecer que el título de “padre” aplicado a Dios corresponde al Creador con respecto a sus criaturas, al menos cuando éstas tienen, como el hombre, espíritu. Pero esto no es a lo que se refiere el cristianismo cuando habla de Dios como Padre. Hay algo más, y aun más importante. Se trata de la adopción divina, y su consecuencia en el hombre: la filiación adoptiva. Dios nos ha adoptado como hijos. Pero el concepto de "adopción" puede dar lugar a equívocos. No se trata de una adopción como las que hay en el mundo. En éstas, no cabe más que algo externo: se considera a una persona como hija de otra, cuando en realidad no lo es. Dios puede hacer más, y nos hace verdaderamente hijos: recibimos en lo más íntimo una realidad divina, que nos da una semejanza con Dios mismo: es la gracia santificante, que recibimos por primera vez en el Bautismo. Jesucristo nos la consiguió.
La condición de hijos nos permite darnos cuenta de la confianza que debemos poner en Dios y la confianza con la que debemos tratarle: la propia de hijos. También nos explica la exigencia de la vida cristiana: la propia de hijos de Dios. Así, el "sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto" (Mt. 5, 48) no indica sólo un término de comparación, sino también el motivo: los hijos se deben parecer a su Padre. La condición de hijos es la razón de la llamada universal a la santidad.
Pues bien, alcanzar esta plenitud de vida divina, destino eterno del hombre, pasa a ser para los hijos de Dios su fin último, lo que da sentido a sus vidas.
Dori replica que si Dios es su padre no puede comprender cómo permite que le suceda lo que le ha sucedido. Es comprensible. Para intentar entenderlo, hay que pensar en primer lugar en la desproporción entre el sufrimiento que pueda haber aquí y la gloria que nos espera; aunque sólo fuera por la eternidad de esta última, ya nos podemos dar cuenta de que lo que se puede padecer aquí es poco en comparación con el gozo sin fin. Cuando se sufre por alcanzar algo que vale la pena, una vez alcanzado se olvida uno de lo que le ha costado, o, si se acuerda, suele ser para estar orgulloso de ello. Piénsese, por ejemplo, en una asignatura difícil, como Bioquímica (bueno eso es lo que me han comentado). El valor redentor del sufrimiento humano: es una invitación a asociarnos a la Cruz del Señor... para asociarnos después a su gloria. Además, la providencia divina aprovecha esas situaciones difíciles para acercar a las almas hacia Sí: una invitación a buscar en Dios el refugio y la fortaleza que necesitamos. Se podrá contestar que todo esto es cierto, pero que también lo es que eso no se suele pensar en el trance del sufrimiento, sino después, cuando ha acabado. Es verdad, pero aquí es donde hay que pedir —a Dori, en el caso expuesto— un voto de confianza: de fe y de esperanza.
Dori, con todo, piensa que eso, dada su situación, es imposible, y que además no se puede decir que no lo haya intentado. ¿Y no es verdad? ¿Remontar esa situación no es algo que supera sus fuerzas humanas? Sí... y no. Tal como se formula la pregunta, sí: supera sus fuerzas humanas. Pero no son las únicas con las que cuenta. Dios nos pide vivir como hijos suyos —nos pide que seamos santos: "sed pues perfectos como perfecto es vuestro Padre celestial" (Mt. 5, 48)—, y eso supera nuestras posibilidades humanas. Sin embargo, junto con la nueva meta nos proporciona los medios para conseguirla: la gracia lleva consigo una ayuda divina, que se concreta en las virtudes infusas y en los dones del Espíritu Santo. Y "fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas" (I Cor. 10, 13). O sea, que lo que resulta inalcanzable con las solas fuerzas humanas, resulta asequible si se ponen los medios sobrenaturales. Éstos son sobre todo la frecuencia de sacramentos y la oración. Lo que dice Concha es cierto: lo que parece insuperable, acudiendo a la gracia y con un poco de paciencia, acaba por "no ser para tanto". Y esto, claro está, no depende de las circunstancias.
De todas formas, tampoco hay que olvidar que entre los medios con que cuenta la providencia divina se encuentran "los demás": Dios cuenta con nosotros como instrumentos suyos, la ayuda que podemos dar forma parte de los planes divinos de salvación. De ahí la responsabilidad que tenemos de responder a nuestra llamada divina, pues no sólo abarca nuestra vida, sino también las vidas ajenas. Lo que Dori oía en el confesonario era, sin lugar a dudas, correcto. Pero resultaba insuficiente: era indicarle qué tenía que hacer, pero no cómo debía hacerlo. Y el resultado era aumentar su desasosiego. Por fortuna, su amiga Concha resultó ser más positiva. Aunque, claro está, deberá saber seguir bien lo que tan bien ha comenzado. Por ser amiga y plantear las cosas de un modo tan esperanzador, ganó la confianza de su amiga, y con ello el primer paso para salir del problema. Porque ese encerrarse en sí misma sin confiar en nadie sólo podía conducir a donde estaba conduciendo: un progresivo deterioro, no sólo de lo sobrenatural, sino también de lo humano. Quizás fuera un poco inmodesto que Concha lo dijera a su amiga, pero lo cierto es que en esa "ayuda de Dios que nunca falta" estaba incluida... ella.
Es claro, por tanto, que la vida cristiana es exigente, muy exigente; carecería de sentido negarlo. Ahora bien, ¿tiene razón Concha al decir que, aunque a primera vista sea muy costoso, "al final resulta que no es para tanto"? Sí: bien interpretado, es la verdad. De entrada aparece como muy costoso, porque se ve con más facilidad lo que se nos pide que la ayuda que se nos proporciona para conseguirlo. Con esa ayuda, aunque no sea fácil siempre está al alcance de la mano. Esa ayuda es invisible, pero eficaz: esa misma gracia que nos hace hijos de Dios, nos proporciona también ayuda para portarnos como tales. Por eso, entre otras razones, es importantísimo vivir en gracia de Dios: sin ella, la vida cristiana se hace inasequible; con ella, si no falta el esfuerzo por nuestra parte, se avanza. Por eso Dori puede ver en su amiga que cada vez va mejor. Lo que no entiende es que no es un asunto de puras fuerzas humanas, de pura voluntad. Le falta "ver" la gracia: falta visión sobrenatural.
Hay, sin lugar a dudas, obstáculos; en esta lucha hay también enemigos. Tradicionalmente se los enumeraba como "mundo, demonio y carne". No son "las circunstancias", de modo impersonal, lo que dificulta la vida de la gracia. El enemigo es siempre personal: las palabras citadas corresponden al demonio, a los demás y a uno mismo.
La palabra "mundo" puede tomarse con varios significados. En el caso que nos ocupa tiene un sentido bastante negativo, y se refiere al ambiente humano que incita al pecado, algo, por desgracia, muy frecuente en todas las épocas. Es el ambiente que nos rodea, que debería incitar al bien, pero muchas veces incita al mal. En este caso viene representado por uno de los ambientes más influyentes en las personas: el familiar. Salta a la vista la diferencia entre una y otra de las chicas en este aspecto. Y las distintas consecuencias.
El demonio existe, y actúa. Lo suyo es tentar al mal, sobre todo con imágenes, porque tiene acceso —el que Dios le permite— a la imaginación, pero no a la voluntad. El demonio, como ya se ha visto en otro caso, es un ser personal, un ángel caído. Tiene el poder que Dios le permite tener. Lo que puede hacer es tentar, presentar en nuestra imaginación un mal. Es difícil medir su actuación, pues entran en juego otros factores que también invitan al mal, pero lo cierto es que cumple su papel, y tienta: ¡tentó al mismísimo Jesucristo! No es fácil calibrar en qué medida actúa y en qué medida es nuestra propia inclinación al mal la causante de nuestras tentaciones. Normalmente actúa con el suficiente disimulo como para no dejarse reconocer, pero en este caso, sin embargo, se ha incluido algo que difícilmente puede achacarse a nuestra concupiscencia y tiene en cambio un típico "tufillo" satánico: esa imagen que aparece bruscamente en la fila de la comunión justo después de la confesión, a que alude Dori.
Queda "la carne", que no tiene el exclusivo sentido de sensualidad: se refiere a ese desorden interior, herencia del pecado original, que empuja hacia el mal. Nuestras pasiones, después del pecado original tienden al descontrol, y con él al mal. Aquí la pasión es el odio, que parece incontrolado. Lo es hasta cierto punto. Porque el caso es que Dori parece tener poco en cuenta la distinción entre sentir y consentir, y que el mal —lo inmoral— es lo segundo, pero no lo primero. De lo primero es responsable la pasión, de lo segundo la voluntad. Distinguir ambas cosas hubiera ayudado bastante a Dori, pues no se hubiera atormentado tanto y así hubiera sido más fácil superar la situación. De todas formas, en la formulación clásica de los obstáculos de la vida cristiana, éste es el peor formulado. No toda inclinación al mal proviene de las tendencias corporales. Peor que ellas es la soberbia, el orgulloso deseo de anteponer la afirmación del "yo" a toda otra cosa, a los demás y a Dios. También es patente cómo el ambiente, en este caso el familiar, repercute negativamente.
Es de particular interés, tanto para la formación como para la tranquilidad de conciencia, distinguir entre una tentación y un pecado. La primera "se siente", el segundo "se consiente". No hay pecado sin consentimiento —y, para que sea grave, se requiere clara advertencia y pleno consentimiento: un acto plenamente libre—, por tremendo que pueda ser lo que se nos pueda pasar por la cabeza. Equivocarse en este sentido —normalmente, es por falta de formación—, puede traer muy malas consecuencias, como lo puede ser rendirse ante la tentación por considerar que el pecado es inevitable. Es lo que le ha ocurrido a Dori, en este caso con el odio. Para que éste sea un pecado no basta "sentir" odio, sino aceptarlo voluntariamente, que no es lo mismo. Lo primero puede ser incontrolable, pero no así lo segundo. Formarse bien en este sentido no sólo es moralmente bueno, sino también psicológicamente: como se ve en el caso de Dori, errores de este tipo pueden propiciar fácilmente ideas obsesivas.
Por lo demás, es claro que Concha lo hizo muy bien. Además, fue prudente: en una situación tan delicada como la que oye, si no se sabe muy bien qué decir, más vale pensar un poco las cosas y contestar más adelante que precipitarse diciendo lo primero que viene a la cabeza, con el riesgo de que resulte contraproducente. En realidad, no es muy difícil de contestar la cuestión. Lo que debe explicar es lo mismo que le había dicho antes, sólo que con algo más de detalle y aplicado a sus circunstancias. E insistir. Por supuesto, huelga decir que recomendar una buena dirección espiritual es —al menos en este caso— más una necesidad que una simple conveniencia.
Una última consideración nos permitirá ver aún mejor cómo Dios es un Padre que quiere y se preocupa por sus hijos. Dori necesita ayuda, pero está cerrada a la gracia. Se queja de que Dios no la ayuda. Pero no tiene razón. No sólo le envía ayudas interiores (las llamadas "gracias actuales"). Necesita a alguien, y por eso Dios le envía... a Concha.
Concha tiene una amiga, Dori, bastante alejada de la práctica cristiana. Algunas veces ha intentado que cambie, pero no sólo no le hacía caso, sino que parecía enfadarse al oír hablar de esos temas.
Un día, tras estudiar las dos varias horas en casa de Concha, hablan de muchas cosas, y acaban por tratar del sentido de la vida. Concha le dice que nunca ha querido molestar ni ser una carga, sino que habla de esto porque es amiga suya y quiere para ella lo mejor. Le explica que cree de verdad que sólo Dios da sentido a la vida, que estamos hechos para amar a Dios, que es nuestro Padre; que sólo viviendo en gracia y esforzándonos por quererle somos felices; y que, aunque a primera vista sea muy costoso, la ayuda de Dios nunca falta y "al final resulta que no es para tanto".
Dori le agradeció de verdad el interés que se tomaba por ella y le dijo que le iba a contar lo que le pasa por ser su amiga, pues nunca lo había hablado con nadie. Resulta que su padre era una persona insoportable, y durante años había hecho insufrible la convivencia familiar, hasta que al fin se fue de casa, dejando a su madre mal de los nervios. Cada vez que pensaba en su padre, "sentía un rechazo, que no podía evitar por mucho que lo intentara". Pensaba que le odiaba. Había intentado olvidarlo algunas veces, e incluso había ido a confesarse, pero sólo le decían que perdonase, y entonces el tema volvía a su cabeza, si cabe con más fuerza, y sólo había conseguido empeorar la situación. Incluso recordaba una vez que, yendo a comulgar inmediatamente después de confesarse, de repente le apareció en la imaginación la cara de su padre, y acabó por salirse de la fila. Por eso había acabado "mandándolo todo a paseo".
Añadió que comprendía que Concha viviese como lo hacía, con una familia normal y sin problemas, pero que para ella era imposible, y no se le podía acusar de no haberlo intentado. Además, cuando le había dicho que Dios es nuestro Padre le había dado un escalofrío al oír la palabra "padre": "fíjate, que hasta a veces pienso que no me quiero casar nunca para que mis hijos, si es que tengo, no tengan padre". Si Dios de verdad quería y esperaba de ella lo que Concha decía, no entendía por qué permitía que le pasara eso y no la ayudaba: "a ti ya se ve que cada vez vas mejor, pero lo que es a mí...; y no me quiero proponer nada serio porque no tengo fuerzas para nada, ni para estudiar: la cabeza se me va a otro sitio". Total, que por eso estaba así: ya no se fiaba de nada ni de nadie.
Concha se quedó helada cuando oyó todo eso. No se esperaba una cosa así, y no supo qué decir. Al final, le comentó que necesitaba pensar en todo lo que le había dicho, y ya le contestaría más adelante.
Preguntas que se formulan:
— ¿Qué significa que el cristiano es hijo de Dios? ¿Puede decirse que el fundamento para una vida cristiana está en confiar en Dios? ¿Por qué? ¿Qué motivos hay para esa confianza?
— ¿La llamada por Dios a la santidad es para todos, sin excepciones? ¿Cuál es el motivo?
— ¿Puedes apreciar alguna influencia de mundo, demonio y carne en la situación expuesta?
— ¿Hay alguna diferencia entre "sentir un rechazo" y odiar? ¿Qué diferencia hay entre una pasión y un acto malo? ¿Y entre sentir y consentir? ¿Pueden dominarse las pasiones, incluso en un caso como éste? ¿Cómo?
— ¿Es desde un punto de vista humano insuperable esta situación? ¿La gracia altera de alguna manera la respuesta a esa pregunta? ¿Cómo? ¿La existencia de la gracia da pie para poder explicar por qué Dios tolera males? ¿Qué significa tener visión humana y visión sobrenatural en este caso?
— ¿De verdad puede decirse que Dori puso todos los medios? ¿Cuáles son los medios sobrenaturales imprescindibles?
— ¿A qué se debe que a Dori le falten las fuerzas para afrontar cualquier esfuerzo? ¿Y que Concha cada vez vaya mejor se debe sólo a sus circunstancias favorables y el crecimiento natural?
— ¿Qué responderías al oír una situación como ésta?
Comentario
Concha es prudente cuando dice que necesita tiempo para pensar las cosas y dar una respuesta. La precipitación es mala consejera. Si medita —que es algo más que pensar— en la situación, quizás vería que es una buena oportunidad para darle la vuelta al planteamiento de su amiga.
Todos los hombres tienen una dignidad, conforme a la cual deben vivir, por tener una naturaleza que les hace ser personas. Pero resulta que tenemos una dignidad aún mayor, que nos viene por el bautismo: la condición de hijos de Dios. Es una dignidad de la que puede decirse que es más divina que humana, ya que no se trata sólo de un título —el de adopción, sino de una verdadera participación de la naturaleza y la vida divinas. La gracia, infundida en nuestras almas, hace posible esta realidad. Claro está que esto trae consigo nuevas responsabilidades: el deber de vivir como hijos de Dios. Esto hace que la moral cristiana añada una nueva dimensión a la que podríamos llamar "moral natural", sin negar ninguna de las exigencias de ésta, pues la condición de hijos de Dios no anula —al revés, dignifica— nuestra condición humana.
La adopción es un hecho singular, como singular es para cada uno el bautismo, por el cual Dios nos adopta. Esto quiere decir que Dios nos acoge, nos acepta, nos llama, uno a uno: es la llamada divina para cada hombre y mujer, la vocación cristiana. Es singular... y es universal, porque a todos invita a ser hijos. En el caso expuesto, habría que explicar a Dori que ese rechazo hacia su padre es comprensible, pero que no puede extenderlo a todo padre; al revés, no tendría ese rechazo tan fuerte de haberse tratado de un extraño, precisamente porque de un padre cabía esperar otro tipo de comportamiento.
Con otras palabras, la aversión no nace por tratarse de su padre, sino por haber defraudado como padre. Pues bien, gracias a la fe que conserva —se nota que la conserva—, debe entender que Dios es un Padre que no defrauda, que no puede defraudar, que tiene preparado lo mejor para sus hijos; que, como buen Padre, nos va divinizando con la gracia y nos reserva lugar en su propia casa —el cielo—, para disfrutar eternamente, sobre todo de Él mismo: algo que sólo un hijo podría esperar. El que un mal padre haya podido causarle tanto daño pone de manifiesto la necesidad que tenía de un buen padre. Y lo mismo sucede en la vida espiritual, sólo que en este caso no se debe a unas lamentables circunstancias exteriores, sino al abandono propio. Si un padre poco ejemplar puede hacerle mal, cuánto bien podrá hacerle un buen padre. Y si ese padre es nada menos que Dios...
A primera vista, puede parecer que el título de “padre” aplicado a Dios corresponde al Creador con respecto a sus criaturas, al menos cuando éstas tienen, como el hombre, espíritu. Pero esto no es a lo que se refiere el cristianismo cuando habla de Dios como Padre. Hay algo más, y aun más importante. Se trata de la adopción divina, y su consecuencia en el hombre: la filiación adoptiva. Dios nos ha adoptado como hijos. Pero el concepto de "adopción" puede dar lugar a equívocos. No se trata de una adopción como las que hay en el mundo. En éstas, no cabe más que algo externo: se considera a una persona como hija de otra, cuando en realidad no lo es. Dios puede hacer más, y nos hace verdaderamente hijos: recibimos en lo más íntimo una realidad divina, que nos da una semejanza con Dios mismo: es la gracia santificante, que recibimos por primera vez en el Bautismo. Jesucristo nos la consiguió.
La condición de hijos nos permite darnos cuenta de la confianza que debemos poner en Dios y la confianza con la que debemos tratarle: la propia de hijos. También nos explica la exigencia de la vida cristiana: la propia de hijos de Dios. Así, el "sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto" (Mt. 5, 48) no indica sólo un término de comparación, sino también el motivo: los hijos se deben parecer a su Padre. La condición de hijos es la razón de la llamada universal a la santidad.
Pues bien, alcanzar esta plenitud de vida divina, destino eterno del hombre, pasa a ser para los hijos de Dios su fin último, lo que da sentido a sus vidas.
Dori replica que si Dios es su padre no puede comprender cómo permite que le suceda lo que le ha sucedido. Es comprensible. Para intentar entenderlo, hay que pensar en primer lugar en la desproporción entre el sufrimiento que pueda haber aquí y la gloria que nos espera; aunque sólo fuera por la eternidad de esta última, ya nos podemos dar cuenta de que lo que se puede padecer aquí es poco en comparación con el gozo sin fin. Cuando se sufre por alcanzar algo que vale la pena, una vez alcanzado se olvida uno de lo que le ha costado, o, si se acuerda, suele ser para estar orgulloso de ello. Piénsese, por ejemplo, en una asignatura difícil, como Bioquímica (bueno eso es lo que me han comentado). El valor redentor del sufrimiento humano: es una invitación a asociarnos a la Cruz del Señor... para asociarnos después a su gloria. Además, la providencia divina aprovecha esas situaciones difíciles para acercar a las almas hacia Sí: una invitación a buscar en Dios el refugio y la fortaleza que necesitamos. Se podrá contestar que todo esto es cierto, pero que también lo es que eso no se suele pensar en el trance del sufrimiento, sino después, cuando ha acabado. Es verdad, pero aquí es donde hay que pedir —a Dori, en el caso expuesto— un voto de confianza: de fe y de esperanza.
Dori, con todo, piensa que eso, dada su situación, es imposible, y que además no se puede decir que no lo haya intentado. ¿Y no es verdad? ¿Remontar esa situación no es algo que supera sus fuerzas humanas? Sí... y no. Tal como se formula la pregunta, sí: supera sus fuerzas humanas. Pero no son las únicas con las que cuenta. Dios nos pide vivir como hijos suyos —nos pide que seamos santos: "sed pues perfectos como perfecto es vuestro Padre celestial" (Mt. 5, 48)—, y eso supera nuestras posibilidades humanas. Sin embargo, junto con la nueva meta nos proporciona los medios para conseguirla: la gracia lleva consigo una ayuda divina, que se concreta en las virtudes infusas y en los dones del Espíritu Santo. Y "fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas" (I Cor. 10, 13). O sea, que lo que resulta inalcanzable con las solas fuerzas humanas, resulta asequible si se ponen los medios sobrenaturales. Éstos son sobre todo la frecuencia de sacramentos y la oración. Lo que dice Concha es cierto: lo que parece insuperable, acudiendo a la gracia y con un poco de paciencia, acaba por "no ser para tanto". Y esto, claro está, no depende de las circunstancias.
De todas formas, tampoco hay que olvidar que entre los medios con que cuenta la providencia divina se encuentran "los demás": Dios cuenta con nosotros como instrumentos suyos, la ayuda que podemos dar forma parte de los planes divinos de salvación. De ahí la responsabilidad que tenemos de responder a nuestra llamada divina, pues no sólo abarca nuestra vida, sino también las vidas ajenas. Lo que Dori oía en el confesonario era, sin lugar a dudas, correcto. Pero resultaba insuficiente: era indicarle qué tenía que hacer, pero no cómo debía hacerlo. Y el resultado era aumentar su desasosiego. Por fortuna, su amiga Concha resultó ser más positiva. Aunque, claro está, deberá saber seguir bien lo que tan bien ha comenzado. Por ser amiga y plantear las cosas de un modo tan esperanzador, ganó la confianza de su amiga, y con ello el primer paso para salir del problema. Porque ese encerrarse en sí misma sin confiar en nadie sólo podía conducir a donde estaba conduciendo: un progresivo deterioro, no sólo de lo sobrenatural, sino también de lo humano. Quizás fuera un poco inmodesto que Concha lo dijera a su amiga, pero lo cierto es que en esa "ayuda de Dios que nunca falta" estaba incluida... ella.
Es claro, por tanto, que la vida cristiana es exigente, muy exigente; carecería de sentido negarlo. Ahora bien, ¿tiene razón Concha al decir que, aunque a primera vista sea muy costoso, "al final resulta que no es para tanto"? Sí: bien interpretado, es la verdad. De entrada aparece como muy costoso, porque se ve con más facilidad lo que se nos pide que la ayuda que se nos proporciona para conseguirlo. Con esa ayuda, aunque no sea fácil siempre está al alcance de la mano. Esa ayuda es invisible, pero eficaz: esa misma gracia que nos hace hijos de Dios, nos proporciona también ayuda para portarnos como tales. Por eso, entre otras razones, es importantísimo vivir en gracia de Dios: sin ella, la vida cristiana se hace inasequible; con ella, si no falta el esfuerzo por nuestra parte, se avanza. Por eso Dori puede ver en su amiga que cada vez va mejor. Lo que no entiende es que no es un asunto de puras fuerzas humanas, de pura voluntad. Le falta "ver" la gracia: falta visión sobrenatural.
Hay, sin lugar a dudas, obstáculos; en esta lucha hay también enemigos. Tradicionalmente se los enumeraba como "mundo, demonio y carne". No son "las circunstancias", de modo impersonal, lo que dificulta la vida de la gracia. El enemigo es siempre personal: las palabras citadas corresponden al demonio, a los demás y a uno mismo.
La palabra "mundo" puede tomarse con varios significados. En el caso que nos ocupa tiene un sentido bastante negativo, y se refiere al ambiente humano que incita al pecado, algo, por desgracia, muy frecuente en todas las épocas. Es el ambiente que nos rodea, que debería incitar al bien, pero muchas veces incita al mal. En este caso viene representado por uno de los ambientes más influyentes en las personas: el familiar. Salta a la vista la diferencia entre una y otra de las chicas en este aspecto. Y las distintas consecuencias.
El demonio existe, y actúa. Lo suyo es tentar al mal, sobre todo con imágenes, porque tiene acceso —el que Dios le permite— a la imaginación, pero no a la voluntad. El demonio, como ya se ha visto en otro caso, es un ser personal, un ángel caído. Tiene el poder que Dios le permite tener. Lo que puede hacer es tentar, presentar en nuestra imaginación un mal. Es difícil medir su actuación, pues entran en juego otros factores que también invitan al mal, pero lo cierto es que cumple su papel, y tienta: ¡tentó al mismísimo Jesucristo! No es fácil calibrar en qué medida actúa y en qué medida es nuestra propia inclinación al mal la causante de nuestras tentaciones. Normalmente actúa con el suficiente disimulo como para no dejarse reconocer, pero en este caso, sin embargo, se ha incluido algo que difícilmente puede achacarse a nuestra concupiscencia y tiene en cambio un típico "tufillo" satánico: esa imagen que aparece bruscamente en la fila de la comunión justo después de la confesión, a que alude Dori.
Queda "la carne", que no tiene el exclusivo sentido de sensualidad: se refiere a ese desorden interior, herencia del pecado original, que empuja hacia el mal. Nuestras pasiones, después del pecado original tienden al descontrol, y con él al mal. Aquí la pasión es el odio, que parece incontrolado. Lo es hasta cierto punto. Porque el caso es que Dori parece tener poco en cuenta la distinción entre sentir y consentir, y que el mal —lo inmoral— es lo segundo, pero no lo primero. De lo primero es responsable la pasión, de lo segundo la voluntad. Distinguir ambas cosas hubiera ayudado bastante a Dori, pues no se hubiera atormentado tanto y así hubiera sido más fácil superar la situación. De todas formas, en la formulación clásica de los obstáculos de la vida cristiana, éste es el peor formulado. No toda inclinación al mal proviene de las tendencias corporales. Peor que ellas es la soberbia, el orgulloso deseo de anteponer la afirmación del "yo" a toda otra cosa, a los demás y a Dios. También es patente cómo el ambiente, en este caso el familiar, repercute negativamente.
Es de particular interés, tanto para la formación como para la tranquilidad de conciencia, distinguir entre una tentación y un pecado. La primera "se siente", el segundo "se consiente". No hay pecado sin consentimiento —y, para que sea grave, se requiere clara advertencia y pleno consentimiento: un acto plenamente libre—, por tremendo que pueda ser lo que se nos pueda pasar por la cabeza. Equivocarse en este sentido —normalmente, es por falta de formación—, puede traer muy malas consecuencias, como lo puede ser rendirse ante la tentación por considerar que el pecado es inevitable. Es lo que le ha ocurrido a Dori, en este caso con el odio. Para que éste sea un pecado no basta "sentir" odio, sino aceptarlo voluntariamente, que no es lo mismo. Lo primero puede ser incontrolable, pero no así lo segundo. Formarse bien en este sentido no sólo es moralmente bueno, sino también psicológicamente: como se ve en el caso de Dori, errores de este tipo pueden propiciar fácilmente ideas obsesivas.
Por lo demás, es claro que Concha lo hizo muy bien. Además, fue prudente: en una situación tan delicada como la que oye, si no se sabe muy bien qué decir, más vale pensar un poco las cosas y contestar más adelante que precipitarse diciendo lo primero que viene a la cabeza, con el riesgo de que resulte contraproducente. En realidad, no es muy difícil de contestar la cuestión. Lo que debe explicar es lo mismo que le había dicho antes, sólo que con algo más de detalle y aplicado a sus circunstancias. E insistir. Por supuesto, huelga decir que recomendar una buena dirección espiritual es —al menos en este caso— más una necesidad que una simple conveniencia.
Una última consideración nos permitirá ver aún mejor cómo Dios es un Padre que quiere y se preocupa por sus hijos. Dori necesita ayuda, pero está cerrada a la gracia. Se queja de que Dios no la ayuda. Pero no tiene razón. No sólo le envía ayudas interiores (las llamadas "gracias actuales"). Necesita a alguien, y por eso Dios le envía... a Concha.
AGENDA DEL MES ABRIL-MAYO 2012
ABRIL
- Sábado 21: Taller De Formación Para Catequistas. Inicio De La Escuela Parroquial De Misiones. Encuentro Ministros Soc. El Socorro 8:00 am.
- Jueves 26: Cursillo Para Matrimonios, lugar Centro Diocesano Mons. William Guerra.
- Viernes 27: Encuentro De Matrimonios Con Cristo. III ECUENTRO DE VIDA CONSAGRADA COLEGIO SAN JOSE DE LA SALLE 9 AM
- Sábado 28: II Encuentro De Vida Consagrada
- Domingo 29: Día del Buen Pastor
MAYO
- Martes 01: Fiesta De San José Obrero; 40 Horas De La Pastoral Vocacional.
- Jueves 03: Reunión De Clero; ntra. Sra. Guadalupe. 8:00 am.
- Sábado 05: Taller De Formación De Los Catequistas.
- Domingo 06: Jornada Mundial De Oración Por Las Vocaciones; Jesucristo Buen Pastor.
- Sábado 12: Encuentro Mensual De Anim. Bíblica, Parroquia San Juan Bautista De 8:00 Am A 12:00 M
- Domingo 13: VI Domingo De Pascua. Día De Las Madres. Ntra. Sra. De Fátima.
- Viernes 18: Circulo de Formación para Sacerdotes. 11.30 am.
- Domingo 20: Solemnidad de la Ascensión Del Señor
- Sábado 26: Vigilia De Pentecostés
· 7:00. Santa Misa
- Domingo 27: PENTECOSTÉS (Colecta imperada)
- Jueves 31: Jesucristo Sumo Y Eterno Sacerdote; Coronación De La Stma. Virgen.
- Sábado 21: Taller De Formación Para Catequistas. Inicio De La Escuela Parroquial De Misiones. Encuentro Ministros Soc. El Socorro 8:00 am.
- Jueves 26: Cursillo Para Matrimonios, lugar Centro Diocesano Mons. William Guerra.
- Viernes 27: Encuentro De Matrimonios Con Cristo. III ECUENTRO DE VIDA CONSAGRADA COLEGIO SAN JOSE DE LA SALLE 9 AM
- Sábado 28: II Encuentro De Vida Consagrada
- Domingo 29: Día del Buen Pastor
MAYO
- Martes 01: Fiesta De San José Obrero; 40 Horas De La Pastoral Vocacional.
- Jueves 03: Reunión De Clero; ntra. Sra. Guadalupe. 8:00 am.
- Sábado 05: Taller De Formación De Los Catequistas.
- Domingo 06: Jornada Mundial De Oración Por Las Vocaciones; Jesucristo Buen Pastor.
- Sábado 12: Encuentro Mensual De Anim. Bíblica, Parroquia San Juan Bautista De 8:00 Am A 12:00 M
- Domingo 13: VI Domingo De Pascua. Día De Las Madres. Ntra. Sra. De Fátima.
- Viernes 18: Circulo de Formación para Sacerdotes. 11.30 am.
- Domingo 20: Solemnidad de la Ascensión Del Señor
- Sábado 26: Vigilia De Pentecostés
· 7:00. Santa Misa
- Domingo 27: PENTECOSTÉS (Colecta imperada)
- Jueves 31: Jesucristo Sumo Y Eterno Sacerdote; Coronación De La Stma. Virgen.
1 de septiembre de 2011
NOVENA EN HONOR A LA VIRGEN MARÍA
NOVENA EN HONOR A LA VIRGEN MARÍA
PARROQUIA CRISTO REY
PARROQUIA CRISTO REY
Día I.
Jueves 01/09: La Virgen María, Imagen Y Madre De La Iglesia
Intención: Orar Por La Santa Iglesia
5:00 pm. Exposición del Santísimo, oración, novena y santo Rosario
6:00 pm. Santa misa
Día II.
Viernes 02/09: La Virgen María, Madre Del Amor Hermoso
Intención: Orar Por Lo Niños.
5:00 pm. Novena y santo Rosario
6:00 pm. Santa misa
Día III.
Sábado 03/09: La Virgen María, Salud De Los Enfermos.
Intención: Orar Por Los Enfermos
1ª Vísperas Del Domingo XXIII.
5:00 pm. Novena y santo Rosario
6:00 pm. Santa misa
Día IV.
Domingo 04/09: La Virgen María, Madre Del Buen Consejo
Intención: Orar Por Los Jóvenes.
Liturgia Dominical
8:00 am. Misa Solemne de Ntra. Sra. De Coromoto (Cristo Rey)
11:00 am. Misa en San Vicente Ferrer-Alpargatón
Día V.
Lunes 05/09: La Virgen María, Causa De Nuestra Alegría
Intención: Orar Por Los Ancianos.
Se Realizará Unción De Los Enfermos.
5:00 pm. Novena y santo Rosario
6:00 pm. Santa misa
Día VI.
Martes 06/09: La Virgen María, Reina De La Paz
Intención: Orar Por La Paz
5:00 pm. Novena y santo Rosario
6:00 pm. Santa misa
Día VII.
Miércoles 07/09: Santa María, Madre Y Reina De La Unidad
Intención: Orar Por La Unidad De Todos Los Grupos De Apostolado.
5:00 pm. Novena y santo Rosario
6:00 pm. Santa misa
Día VIII.
Jueves 08/09: La Virgen María, Madre Y Maestra Espiritual
Intención: Orar Por Las Vocaciones
Fiesta De La Natividad De La Stma. Virgen María
5:00 pm. Novena y santo Rosario
6:00 pm. Santa misa
Día IX.
Viernes 09/09: Santa María, Esclava Del Señor
Intención: Orar Por La Fidelidad De Los Sacerdotes
5:00 pm. Novena y santo Rosario
6:00 pm. Santa misa
Sábado 10/09
5:00 pm. Escenificación de la Aparición de Ntra. Sra. De Coromoto
6:00 pm. Santa Misa (1ª Vísperas de la Solemnidad y 62 Aniv. De la Fundación del Apostolado Legión de María en Venezuela).
Domingo 11/09
8:00 am. Misa Solemne de Ntra. Sra. De Coromoto (Cristo Rey)
11:00 am. Misa en San Vicente Ferrer-Alpargatón
Jueves 01/09: La Virgen María, Imagen Y Madre De La Iglesia
Intención: Orar Por La Santa Iglesia
5:00 pm. Exposición del Santísimo, oración, novena y santo Rosario
6:00 pm. Santa misa
Día II.
Viernes 02/09: La Virgen María, Madre Del Amor Hermoso
Intención: Orar Por Lo Niños.
5:00 pm. Novena y santo Rosario
6:00 pm. Santa misa
Día III.
Sábado 03/09: La Virgen María, Salud De Los Enfermos.
Intención: Orar Por Los Enfermos
1ª Vísperas Del Domingo XXIII.
5:00 pm. Novena y santo Rosario
6:00 pm. Santa misa
Día IV.
Domingo 04/09: La Virgen María, Madre Del Buen Consejo
Intención: Orar Por Los Jóvenes.
Liturgia Dominical
8:00 am. Misa Solemne de Ntra. Sra. De Coromoto (Cristo Rey)
11:00 am. Misa en San Vicente Ferrer-Alpargatón
Día V.
Lunes 05/09: La Virgen María, Causa De Nuestra Alegría
Intención: Orar Por Los Ancianos.
Se Realizará Unción De Los Enfermos.
5:00 pm. Novena y santo Rosario
6:00 pm. Santa misa
Día VI.
Martes 06/09: La Virgen María, Reina De La Paz
Intención: Orar Por La Paz
5:00 pm. Novena y santo Rosario
6:00 pm. Santa misa
Día VII.
Miércoles 07/09: Santa María, Madre Y Reina De La Unidad
Intención: Orar Por La Unidad De Todos Los Grupos De Apostolado.
5:00 pm. Novena y santo Rosario
6:00 pm. Santa misa
Día VIII.
Jueves 08/09: La Virgen María, Madre Y Maestra Espiritual
Intención: Orar Por Las Vocaciones
Fiesta De La Natividad De La Stma. Virgen María
5:00 pm. Novena y santo Rosario
6:00 pm. Santa misa
Día IX.
Viernes 09/09: Santa María, Esclava Del Señor
Intención: Orar Por La Fidelidad De Los Sacerdotes
5:00 pm. Novena y santo Rosario
6:00 pm. Santa misa
Sábado 10/09
5:00 pm. Escenificación de la Aparición de Ntra. Sra. De Coromoto
6:00 pm. Santa Misa (1ª Vísperas de la Solemnidad y 62 Aniv. De la Fundación del Apostolado Legión de María en Venezuela).
Domingo 11/09
8:00 am. Misa Solemne de Ntra. Sra. De Coromoto (Cristo Rey)
11:00 am. Misa en San Vicente Ferrer-Alpargatón
31 de agosto de 2011
PREPARÁNDONOS PARA PEREGRINAR A NUESTRO SANTUARIO DIOCESANO SANTO CRISTO DE LA SALUD
SANTUARIOS Y PEREGRINACIONES
El santuario, tanto si está dedicado a la Santísima Trinidad como a Cristo el Señor, a la Virgen, a los Ángeles, a los Santos o a los Beatos, es quizá el lugar donde las relaciones entre Liturgia y piedad popular son más frecuentes y evidentes. "En los santuarios se debe proporcionar a los fieles de manera más abundante los medios de la salvación, predicando con diligencia la Palabra de Dios y fomentando con esmero la vida litúrgica, principalmente mediante la celebración de la Eucaristía y la penitencia, y practicando también otras formas aprobadas de piedad popular".
En estrecha relación con el santuario está la peregrinación, que también es una expresión muy difundida y característica de la piedad popular.
EN NUESTROS DÍAS, EL INTERÉS POR LOS SANTUARIOS Y LA PARTICIPACIÓN EN LAS PEREGRINACIONES, lejos de haberse debilitado por el secularismo, GOZAN DE AMPLIO FAVOR ENTRE LOS FIELES.
Parece conveniente, en conformidad con los objetivos de este Documento, ofrecer algunas indicaciones para que, en la actividad pastoral de los santuarios y en el desarrollo de las peregrinaciones, se establezca y favorezca una relación correcta entre acciones litúrgicas y ejercicios de piedad.
El Santuario
Algunos Principios
Según la revelación cristiana, el santuario supremo y definitivo es Cristo resucitado (cfr. Jn 2,18-21; Ap 21,22), en torno al cual se congrega y organiza la comunidad de los discípulos, que a su vez es la nueva casa del Señor (cfr. 1 Pe 2,5; Ef 2,19-22).
Desde un punto de vista teológico, el santuario, que no pocas veces ha surgido de un movimiento de piedad popular, es un signo de la presencia activa, salvífica, del Señor en la historia y un refugio donde el pueblo de Dios, peregrino por los caminos del mundo hacia la Ciudad futura (cfr. Heb 13,14), restaura sus fuerzas para continuar la marcha.
El santuario, como las iglesias, tiene un gran valor simbólico: es imagen de la "morada de Dios con los hombres" (Ap 21,3) y remite al "misterio del Templo" que se ha realizado en el cuerpo de Cristo (Cfr. Jn 1,14; 2,21), en la comunidad eclesial (cfr. 1 Pe 2,5) y en cada uno de los fieles (cfr. 1 Cor 3,16-17; 6,19; 2 Cor 6,16).
A los ojos de los fieles los santuarios son:
- por su origen, quizá, recuerdo de un acontecimiento considerado milagroso, que ha determinado la aparición de manifestaciones de devoción duradera, o de TESTIMONIO DE LA PIEDAD Y EL AGRADECIMIENTO DE UN PUEBLO POR LOS BENEFICIOS RECIBIDOS;
- por los frecuentes signos de misericordia que suceden en ellos, lugares privilegiados de la asistencia divina y de la intercesión de la Virgen María, de los Santos o de los Beatos;
- por la situación, con frecuencia aislada y elevada, y por la belleza, ya sea austera, ya exuberante de los lugares en los que se encuentran, signo de la armonía del cosmos y reflejo de la belleza divina;
- por la predicación que allí resuena, llamada eficaz a la conversión, invitación a vivir en la caridad y aumentar las obras de misericordia, exhortación a llevar una vida caracterizada por el seguimiento de Cristo;
- por la vida sacramental que allí se desarrolla, lugar de fortalecimiento de la fe, crecimiento de gracia, refugio y esperanza en la aflicción;
- por el aspecto del mensaje evangélico que expresan, una interpretación especial y casi una prolongación de la Palabra;
- por su orientación escatológica, una invitación a cultivar el sentido de la trascendencia y a dirigir los pasos, a través de los caminos de la vida temporal, hacia el santuario del cielo (cfr. Heb 9,11; Ap 21,3).
"Siempre y en todo lugar, los santuarios cristianos han sido, o han querido ser, SIGNOS DE DIOS, de su irrupción en la historia. Cada uno de ellos es un memorial del misterio de la Encarnación y de la Redención".
Reconocimiento canónico
"Con el nombre de santuario se designa una iglesia u otro lugar sagrado al que, por un motivo peculiar de piedad, acuden en peregrinación numerosos fieles, con aprobación del Ordinario del lugar".
La condición previa para que un lugar sagrado sea reconocido canónicamente como santuario diocesano, nacional o internacional, es la aprobación del Obispo diocesano, de la Conferencia de Obispos, o de la Santa Sede, respectivamente. La aprobación canónica constituye un reconocimiento oficial del lugar sagrado y de su finalidad específica, que es la de acoger las peregrinaciones del pueblo de Dios que acude para adorar al Padre, profesar la fe, reconciliarse con Dios, con la Iglesia y con los hermanos, e implorar la intercesión de la Madre del Señor o de un Santo.
Sin embargo, no se debe olvidar que otros muchos lugares de culto, con frecuencia humildes –pequeñas iglesias en la ciudad o en el campo – desarrollan en su entorno local, aunque sin reconocimiento canónico, una función semejante a la de los santuarios. También forman parte de la "geografía de la fe" y de la piedad del pueblo de Dios, de una comunidad que habita en un determinado lugar y que, en la fe, está en camino hacia la Jerusalén celestial (cfr. Ap 21).
El santuario como lugar de celebraciones cultuales
El santuario tiene una función cultual de primer orden. Los fieles se acercan, sobre todo, para participar en las celebraciones litúrgicas y en los ejercicios de piedad que tiene lugar allí. Esta reconocida función cultual del santuario, no debe oscurecer en el ánimo de los fieles la enseñanza evangélica de que el lugar no es algo determinante para el auténtico culto al Señor (cfr. Jn 4,20-24).
Valor ejemplar
Los responsables de los santuarios deben procurar que la Liturgia que en ellos se realiza, resulte un ejemplo por la calidad de las celebraciones: "Entre las funciones reconocidas a los santuarios, también por el Código de derecho canónico, está el desarrollo de la Liturgia. Esto no se debe entender como un aumento del número de las celebraciones, sino como una mejora de su calidad. Los rectores de los santuarios son conscientes de su responsabilidad para alcanzar este objetivo. Comprenden que los fieles, que llegan al santuario de los más diversos lugares, deben regresar confortados en el espíritu y edificados por las celebraciones que tienen lugar allí: por su capacidad de comunicar el mensaje de salvación, por la noble sencillez de las expresiones rituales, por el fiel cumplimiento de las normas litúrgicas. Saben, también, que los efectos de una acción litúrgica ejemplar no se agotan en la celebración realizada en el santuario: los sacerdotes y los fieles peregrinos tienden a llevar a sus lugares de origen las experiencias cultuales válidas que han vivido en el santuario"
La celebración de la Penitencia
Para muchos fieles, la visita a un santuario es una ocasión propicia, con frecuencia procurada, para acercarse al sacramento de la Penitencia. Por lo tanto, es preciso que se preste atención a los diversos elementos que contribuyen a la celebración del sacramento:
- El lugar de la celebración: además de los confesionarios tradicionales dispuestos en la iglesia, en los santuarios muy frecuentados sería deseable que hubiera un lugar reservado para la celebración de la Penitencia, que se pueda emplear también para momentos de preparación comunitaria y celebraciones penitenciales, y que, dentro del respeto a las normas canónicas y a la reserva que exige la confesión, ofrezca al penitente la facilidad para dialogar con el confesor.
- La preparación al sacramento: en no pocos casos, los fieles necesitan ayuda para realizar los actos que son parte del sacramento, sobre todo para orientar el corazón a Dios, con una sincera conversión, "puesto que de ella depende la verdadera penitencia". Se deben organizar encuentros de preparación, tal como se propone en el Ordo Paenitentiae, en los que, mediante la escucha y la meditación de la Palabra de Dios, se ayude a los fieles a celebrar con fruto el sacramento; o al menos se deben poner a disposición de los fieles subsidios adecuados, que les guíen no sólo en la preparación de la confesión de los pecados, sino para que alcancen un sincero arrepentimiento.
- La elección de la forma ritual, que lleve a los fieles a descubrir la naturaleza eclesial de la Penitencia; en este sentido, la celebración del Rito para la reconciliación de varios penitentes con confesión y absolución individual (forma segunda), debidamente organizada y preparada, no debería ser algo excepcional, sino habitual, previsto sobre todo en algunos momentos del Año litúrgico. Realmente "la celebración comunitaria manifiesta más claramente la naturaleza eclesial de la penitencia". La reconciliación sin confesión individual íntegra y con absolución general es una forma totalmente excepcional y extraordinaria, que no se puede alternar con las otras dos formas ordinarias y no se justifica por la sola razón de una gran afluencia de fieles, como sucede en las fiestas y peregrinaciones.
La celebración de la Eucaristía
"La celebración de la Eucaristía es la culminación y como el cauce de toda la acción pastoral de los santuarios"; es preciso, por tanto, prestarle la máxima atención, para que resulte ejemplar en su desarrollo ritual y conduzca a los fieles a un encuentro profundo con Cristo.
A menudo sucede que varios grupos quieren celebrar la Eucaristía al mismo tiempo, pero por separado. Esto no es coherente con la dimensión eclesial del misterio eucarístico, desde el momento en que esa manera de celebrar la Eucaristía, en lugar de ser un momento de unidad y de fraternidad, se convertiría en expresión de un particularismo que no refleja el sentido de comunión y de universalidad de la Iglesia.
Una sencilla reflexión sobre la naturaleza de la Eucaristía, "sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad", debería convencer a los sacerdotes que guían las peregrinaciones a favorecer la reunión de varios grupos en una misma concelebración, debidamente organizada y que tuviera en cuenta – si fuera necesario – la diversidad de las lenguas; en ocasión de reuniones de fieles de distintas naciones es conveniente que se interpreten cantos en lengua latina y con las melodías más fáciles, al menos en las partes del Ordinario de la Misa, especialmente el símbolo de la fe y la oración del Señor. Tal celebración ofrecería una imagen genuina de la naturaleza de la Iglesia y de la Eucaristía, y constituiría para los peregrinos una ocasión de acogida recíproca y de enriquecimiento mutuo.
La celebración de la Unción de los enfermos
El Ordo unctionis infirmorum eorumque pastoralis curae prevé la celebración comunitaria del sacramento de la Unción en los santuarios, sobre todo con ocasión de peregrinaciones de enfermos. Esto está en perfecta armonía con la naturaleza del sacramento y con la función del santuario: es justo que donde se implora la misericordia del Señor de una manera más intensa, la acción maternal de la Iglesia se haga más solícita a favor de sus hijos que, por enfermedad o vejez, comienzan a encontrarse en peligro.
El rito se realizará según las indicaciones del Ordo, por lo que "si hay varios sacerdotes, cada uno impone las manos y administra la unción con la fórmula correspondiente a cada uno de los enfermos de un grupo; en cambio las oraciones las recita el celebrante principal".
La celebración de otros sacramentos
En los santuarios, además de la Eucaristía, la Penitencia y la Unción comunitaria de los enfermos, se celebran, también, con más o menos frecuencia, otros sacramentos. Esto exige que los responsables del santuario, además del cumplimiento de las disposiciones que haya emanado el Obispo diocesano:
- procuren un entendimiento sincero y una colaboración fructuosa entre el santuario y la comunidad parroquial;
- consideren con atención la naturaleza de cada sacramento; por ejemplo: los sacramentos de la iniciación cristiana, que requieren una larga preparación e insertan al bautizado en la comunidad eclesial, deberían celebrarse, por norma general, en la parroquia;
- asegúrense de que todas las celebraciones de un sacramento hayan estado precedidas de una adecuada preparación; los responsables de un santuario no deben celebrar el sacramento del matrimonio si no consta el permiso concedido por el Ordinario o por el párroco;
- valoren serenamente las situaciones, múltiples e imprevisibles, para las que no es posible establecer a priori normas rígidas.
La celebración de la Liturgia de las Horas
La visita a un santuario, tiempo y lugar favorable para la oración personal y comunitaria, constituye una ocasión privilegiada para ayudar a los fieles a apreciar la belleza de la Liturgia de las Horas y para asociarse a la alabanza cotidiana que, en el curso de su peregrinación terrena, la Iglesia eleva al Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo.
Así pues, los rectores de los santuarios deben introducir en las actividades preparadas para los peregrinos, según la oportunidad, celebraciones dignas y festivas de la Liturgia de las Horas, especialmente de Laudes y Vísperas, proponiendo también la celebración, parcial o completa, de un Oficio votivo que tenga relación con el santuario.
A lo largo de la peregrinación y conforme se van acercando a la meta, los sacerdotes que acompañan a los fieles no dejen de proponerles, al menos, la oración de alguna Hora del Oficio Divino.
La celebración de los sacramentales
Desde la antigüedad, la Iglesia ha tenido la costumbre de bendecir personas, lugares, alimentos, objetos. En nuestros días, sin embargo, la práctica de la bendición, motivada por usos antiguos y concepciones profundamente arraigadas en algunos fieles, presenta algunos puntos delicados. Con todo, continúa siendo una cuestión pastoral bastante presente en los santuarios, donde los fieles, que acuden para implorar la gracia y la ayuda del Señor, la intercesión de la Madre de la misericordia o de los Santos, suelen pedir a los sacerdotes las más diversas bendiciones. Para un desarrollo correcto de la pastoral de las bendiciones, los rectores de los santuarios deberán:
- proceder con paciencia en la aplicación gradual de los principios establecidos por el Rituale Romanum, los cuales buscan fundamentalmente que la bendición sea una expresión genuina de fe en Dios, dador de todo bien;
- subrayar de manera adecuada – en cuanto sea posible – los dos momentos que configuran la "estructura típica" de toda bendición: la proclamación de la Palabra de Dios, que da sentido al signo sagrado, y la oración mediante la cual la Iglesia alaba a Dios e implora sus beneficios, como recuerda el mismo signo de la cruz que traza el ministro ordenado;
- preferir la celebración comunitaria a la individual o privada y comprometer a los fieles para que participen de manera plena y consciente.
Es deseable que los rectores de los santuarios establezcan a lo largo del día, en los periodos de mayor afluencia de peregrinos, momentos especiales para celebrar las bendiciones; en ellos, mediante una acción ritual caracterizada por la verdad y la dignidad, los fieles comprenderán el sentido genuino de la bendición y el compromiso de observar los mandamientos de Dios, que comporta la "petición de una bendición".
El santuario como lugar de evangelización
Innumerables centros de comunicación social divulgan todos los días noticias y mensajes de todo tipo; el santuario, en cambio, es el lugar en el que continuamente se proclama un mensaje de vida: el "Evangelio de Dios" (Mc 1,14; Rom 1,1) o "Evangelio de Jesucristo" (Mc 1,1), esto es, la buena noticia que proviene de Dios y que tiene por contenido a Cristo Jesús: Él es el Salvador de todos los pueblos, en cuya muerte y resurrección se han reconciliado para siempre el cielo y la tierra.
Al fiel que se acerca al santuario se le deben proponer, directa o indirectamente, los elementos fundamentales del mensaje evangélico: el sermón de la montaña, el anuncio gozoso de la bondad y paternidad de Dios así como de su amorosa providencia, el mandamiento del amor, el significado salvador de la cruz, el destino trascendente de la vida humana.
Muchos santuarios son, efectivamente, lugares de difusión del Evangelio: en las formas más variadas, el mensaje de Cristo se trasmite a los fieles como llamada a la conversión, invitación al seguimiento, exhortación a la perseverancia, recuerdo de las exigencias de la justicia, palabra de consuelo y de paz.
No se puede olvidar la cooperación que muchos santuarios prestan a la labor evangelizadora de la Iglesia, al sostener de diversos modos las misiones "ad gentes".
El santuario como lugar de la caridad
La misión ejemplar del santuario se extiende también al ejercicio de la caridad. Todo santuario, en cuanto celebra la presencia misericordiosa del Señor, la ejemplaridad y la intercesión de la Virgen y los Santos, "es por sí mismo un hogar que irradia la luz y el calor de la caridad". En su acepción más común y en el lenguaje de los sencillos "la caridad es el amor expresado en el nombre de Dios". Esta encuentra sus manifestaciones concretas en el acoger y en la misericordia, en la solidaridad y en el compartir, en la ayuda y en el don.
Gracias a la generosidad de los fieles y al celo de los responsables, muchos santuarios son lugares de mediación entre el amor a Dios y la caridad fraterna, por una parte, y las necesidades del hombre, por otra. En ellos fructifica la caridad de Cristo y parece que se prolongan la solicitud maternal de la Virgen y la cercanía solidaria de los Santos, que se expresan, por ejemplo:
- en la creación y mantenimiento de centros de asistencia social, como hospitales, centros de enseñanza para niños sin recursos y residencias para personas ancianas;
- "en la acogida y hospitalidad para con los peregrinos, sobre todo los más pobres, a quienes se ofrecen, en la medida de lo posible, lugares y condiciones para un momento de descanso
- en la solicitud y cuidado de los peregrinos ancianos, enfermos, minusválidos, a los que se reservan las atenciones más delicadas, los mejores sitios en los santuarios; para ellos se organizan, en el horario más adecuado, celebraciones que, sin separarles de los otros fieles, tengan en cuenta sus circunstancias especiales; para ellos se establece una cooperación con asociaciones que se ocupen generosamente de sus desplazamientos;
- en la disponibilidad y en el servicio ofrecido a todos los que se acercan al santuario: fieles cultos e incultos, pobres y ricos, con-nacionales o extranjeros".
El santuario como lugar de cultura
Con frecuencia el santuario es ya, en sí mismo, un "bien cultural": en él se dan cita y se presentan, como resumidas en una síntesis, numerosas manifestaciones de la cultura de las poblaciones vecinas: testimonios históricos y artísticos, formas de expresión lingüística y literaria, expresiones musicales típicas.
Desde este punto de vista, el santuario resulta con frecuencia un punto de referencia válido para definir la identidad cultural de un pueblo. Y en cuanto que en el santuario se da una síntesis armoniosa entre naturaleza y gracia, piedad y arte, se puede proponer como expresión de la Vía pulchritudinis para contemplar la belleza de Dios, del misterio de la Tota pulchra, de las admirables experiencias de los Santos.
Además, cada vez se tiende más a hacer del santuario un "centro de cultura" específico, un lugar en el que se organizan cursos de estudio y conferencias, donde se acometen interesantes iniciativas editoriales y se promueven representaciones sagradas, conciertos, exposiciones y otras manifestaciones artísticas y literarias.
La actividad cultural del santuario se configura como una iniciativa en el ámbito de la promoción humana; esta función se añade útilmente a la función primordial, de lugar para el culto divino, para la evangelización, para el ejercicio de la caridad. En este sentido, los responsables de los santuarios deben procurar que la dimensión cultural no adquiera una importancia mayor que la cultual.
El santuario como lugar de compromiso ecuménico
El santuario, en cuanto lugar de anuncio de la Palabra, de invitación a la conversión, de intercesión, de intensa vida litúrgica, de ejercicio de la caridad es un "bien espiritual" que se puede compartir, en una cierta medida y conforme a las indicaciones del Directorio ecuménico, con los hermanos y hermanas que no están en plena comunión con la Iglesia católica.
En consecuencia, el santuario debe ser un lugar de compromiso ecuménico, sensible a la necesidad grave y urgente de la unidad de todos los creyentes en Cristo, único Señor y Salvador.
Por lo tanto, los rectores de los santuarios deben ayudar a los peregrinos a tomar conciencia del "ecumenismo espiritual" del que hablan el decreto conciliar Unitatis redintegratio y el Directorio ecuménico, según el cual los cristianos deben siempre tener presente la intención de la unidad en las oraciones, en la celebración eucarística, en la vida diaria. Así, en los santuarios se debería intensificar la oración con esta intención en algunos tiempos particulares, como la semana de oración por la unidad de los cristianos, en los días entre la Ascensión del Señor y Pentecostés, en los cuales se recuerda a la comunidad de Jerusalén reunida en la oración y en espera de la venida del Espíritu Santo, que la confirmará en la unidad y en su misión universal.
Además, los rectores de los santuarios promuevan, cuando haya oportunidad, encuentros de oración entre cristianos de las diversas confesiones; en estos encuentros, preparados con atención y colaboración, deberá primar la Palabra de Dios y se deberán valorar las formas de oración características de las diversas confesiones cristianas.
Según las circunstancias, será quizá oportuno extender, en casos excepcionales, la atención a los miembros de otras religiones: existen, de hecho, santuarios frecuentados por los no cristianos, que acuden allí atraídos por los valores propios del cristianismo. Todos los actos de culto que se realizan en los santuarios deben ser claramente conformes con la identidad católica, sin ocultar jamás lo que pertenece a la fe de la Iglesia.
El compromiso ecuménico adquiere aspectos particulares cuando se trata de santuarios dedicados a la Virgen María. En el plano sobrenatural, santa María, que ha dado a luz al Salvador de todos los pueblos y que ha sido su primera y perfecta discípula, tiene una misión de concordia y de unidad respecto a los discípulos de su Hijo, por lo que la Iglesia la saluda con el título de Mater unitatis; en el plano histórico, en cambio, la figura de María, debido a las diversas interpretaciones sobre su papel en la historia de la salvación, ha sido con frecuencia motivo de divergencia y división entre los cristianos. Hay que reconocer, con todo, que en el aspecto mariano, el diálogo ecuménico actualmente está dando sus frutos.
LA PEREGRINACIÓN
La peregrinación, experiencia religiosa universal, es una expresión característica de la piedad popular, estrechamente vinculada al santuario, de cuya vida constituye un elemento indispensable: EL PEREGRINO NECESITA UN SANTUARIO Y EL SANTUARIO REQUIERE PEREGRINOS.
Peregrinaciones bíblicas
En la Biblia destacan, por su simbolismo religioso, las peregrinaciones de los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, a Siquem (cfr. Gn 12,6-7; 33,18-20), Betel (cfr. Gn 28,10-22; 35,1-15) y Mambré (Gn 13,18; 18,1-15), donde Dios se les manifestó y se comprometió a darles la "tierra prometida".
Para las tribus salidas de Egipto, el Sinaí, monte de la teofanía a Moisés (cfr. Ex 19-20), se convierte en un lugar sagrado y todo el camino del desierto del Sinaí tuvo para ellos el sentido de un largo viaje hacia la tierra santa de la promesa: viaje bendecido por Dios, que, en el Arca (cfr. Num 10,33-36) y en el Tabernáculo (cfr. 2 Sam 7,6), símbolos de su presencia, camina con su pueblo, lo guía y la protege por medio de la Nube (cfr. Num 9,15-23).
Jerusalén, convertida en sede del Templo y del Arca, pasó a ser la ciudad-santuario de los Hebreos, la meta por excelencia del deseado "viaje santo" (Sal 84,6), en el que el peregrino avanza "entre cantos de alegría, en el bullicio de la fiesta" (Sal 42,5) hasta "la casa de Dios" para comparecer ante su presencia (cfr. Sal 84,6-8).
Tres veces al año, los varones israelitas debían "presentarse ante el Señor" (cfr. Ex 23,17), es decir, dirigirse al Templo de Jerusalén: esto daba lugar a tres peregrinaciones con ocasión de las fiestas de los Ácimos (la Pascua), de las Semanas (Pentecostés) y de los Tabernáculos; y toda familia israelita piadosa acudía, como hacía la familia de Jesús (cfr. Lc 2,41), a la ciudad santa para la celebración anual de la Pascua. Durante su vida pública, también Jesús se dirigía habitualmente a Jerusalén como peregrino (cfr. Jn 11,55-56); por otra parte se sabe que el evangelista san Lucas presenta la acción salvífica de Jesús como una misteriosa peregrinación (cfr. Lc 9,51-19,45), cuya meta es Jerusalén, la ciudad mesiánica, el lugar del sacrificio pascual y de su retorno al Padre: "He salido del Padre y he venido al mundo; ahora dejo de nuevo el mundo y voy al Padre" (Jn 16,28).
Precisamente durante una reunión de peregrinos en Jerusalén, de "judíos observantes de toda nación que hay bajo el cielo" (Hech 2,5) para celebrar Pentecostés, la Iglesia comienza su camino misionero.
La peregrinación cristiana.
Desde que Jesús ha dado cumplimiento en sí mismo al misterio del Templo (cfr. Jn 2,22-23) y ha pasado de este mundo al Padre (cfr. Jn 13,1), realizando en su persona el éxodo definitivo, para sus discípulos ya no existe ninguna peregrinación obligatoria: toda su vida es un camino hacia el santuario celeste y la misma Iglesia dice de sí que es "peregrina en este mundo".
Sin embargo la Iglesia, dada la conformidad que existe entre la doctrina de Cristo y los valores espirituales de la peregrinación, no sólo ha considerado legítima esta forma de piedad, sino que la ha alentado a lo largo de la historia.
En los tres primeros siglos la peregrinación, salvo alguna excepción, no forma parte de las expresiones cultuales del cristianismo: la Iglesia temía la contaminación de prácticas religiosas del judaísmo y del paganismo, en los cuales la práctica de la peregrinación estaba muy arraigada.
No obstante, en estos siglos se ponen los cimientos para una recuperación, con características cristianas, de la práctica de la peregrinación: el culto a los mártires, en las tumbas, a las que acuden los fieles para venerar los restos mortales de estos testigos insignes de Cristo, determinará, progresiva y consecuentemente, el paso de la "visita devota" a la "peregrinación votiva".
Después de la paz constantiniana, tras la identificación de los lugares y el hallazgo de las reliquias de la Pasión del Señor, la peregrinación cristiana vive un momento de esplendor: es sobre todo la visita a Palestina, que, por sus "lugares santos", se convierte, comenzando por Jerusalén, en la Tierra santa. De esto dan testimonio las narraciones de peregrinos famosos, como el Itinerarium Burdigalense y el Itinerarium Egeriae, ambos del siglo IV.
Se construyen basílicas sobre los "lugares santos", como la Anástasis, edificada sobre el Santo Sepulcro, y el Martyrium sobre el Monte Calvario, que ejercen una gran atracción sobre los peregrinos. También los lugares de la infancia del Salvador y de su vida pública se convierten en meta de peregrinaciones, que se extienden también a los lugares sagrados del Antiguo Testamento, como el Monte Sinaí.
La Edad Media es la época dorada de las peregrinaciones; además de su función fundamentalmente religiosa, han tenido una función extraordinaria en la formación de la cristiandad occidental, en la unión de los diversos pueblos, en el intercambio de valores entre las diversas culturas europeas.
Los centros de peregrinación son numerosos. Ante todo, Jerusalén, que, a pesar de la ocupación islámica, continúa siendo un punto importante de atracción espiritual, así como el origen del fenómeno de las cruzadas, cuyo motivo fue precisamente permitir a los fieles visitar el sepulcro de Cristo. Asimismo las reliquias de la pasión del Señor, como la túnica, el rostro santo, la escala santa, la sábana santa atraen a innumerables fieles y peregrinos. A Roma acuden los "romeros" para venerar las memorias de los apóstoles Pedro y Pablo (ad limina Apostolorum), para visitar las catacumbas y las basílicas, y como reconocimiento del ministerio del Sucesor de Pedro a favor de la Iglesia universal (ad Petri sedem). Fue también muy frecuentado durante los siglos IX a XVI, y todavía hoy lo es, Santiago de Compostela, hacia donde convergen desde diversos países varios "caminos", formados como consecuencia de un planteamiento religioso, social y caritativo de la peregrinación. Entre otros lugares se puede mencionar Tours, donde está la tumba de san Martín, venerado fundador de dicha Iglesia; Canterbury, donde santo Tomás Becket consumó su martirio, que tuvo gran resonancia en toda Europa; el Monte Gargano en Puglia, S. Michele della Chiusa en el Piamonte, el Mont Saint-Michel en Normandía, dedicados al arcángel san Miguel; Walsingham, Rocamadour y Loreto, sedes de célebres santuarios marianos.
En la época moderna, debido al cambio del ambiente cultural, a las vicisitudes originadas por el movimiento protestante y el influjo de la ilustración, las peregrinaciones disminuyeron: el "viaje a un país lejano" se convierte en "peregrinación espiritual", "camino interior" o "procesión simbólica", que consistía en un breve recorrido, como en el Vía Crucis.
A partir de la segunda mitad del siglo XIX se recuperan las peregrinaciones, pero cambia en parte su fisonomía: tienen como meta santuarios que son particulares expresiones de la identidad de la fe y de la cultura de una nación; este es el caso, por ejemplo de los santuarios de Altötting, Antipolo, Aparecida, Asís, Caacupé, Chartres, Coromoto, Czestochowa, Ernakulam-Angamaly, Fátima, Guadalupe, Kevalaer, Knock, La Vang, Loreto, Lourdes, Mariazell, Marienberg, Montevergine, Montserrat, Nagasaki, Namugongo, Padua, Pompei, San Giovanni Rotondo, Washington, Yamoussoukro, etc.
Espiritualidad de la peregrinación
A pesar de todos los cambios sufridos a lo largo de los siglos, la peregrinación conserva en nuestro tiempo los elementos esenciales que determinan su espiritualidad:
Dimensión escatológica. Es una característica esencial y originaria: la peregrinación, "camino hacia el santuario", es momento y parábola del camino hacia el Reino; la peregrinación ayuda a tomar conciencia de la perspectiva escatológica en la que se mueve el cristiano, homo viator: entre la oscuridad de la fe y la sed de la visión, entre el tiempo angosto y la aspiración a la vida sin fin, entre la fatiga del camino y la esperanza del reposo, entre el llanto del destierro y el anhelo del gozo de la patria, entre el afán de la actividad y el deseo de la contemplación serena.
El acontecimiento del éxodo, camino de Israel hacia la tierra prometida, se refleja también en la espiritualidad de la peregrinación: el peregrino sabe que "aquí abajo no tenemos una ciudad estable" (Heb 13,14), por lo cual, más allá de la meta inmediata del santuario, avanza a través del desierto de la vida, hacia el Cielo, hacia la Tierra prometida.
Dimensión penitencial. La peregrinación se configura como un "camino de conversión": al caminar hacia el santuario, el peregrino realiza un recorrido que va desde la toma de conciencia de su propio pecado y de los lazos que le atan a las cosas pasajeras e inútiles, hasta la consecución de la libertad interior y la comprensión del sentido profundo de la vida.
Como ya se ha dicho, para muchos fieles la visita a un santuario constituye una ocasión propicia, con frecuencia buscada, para acercarse al sacramento de la Penitencia, y la peregrinación misma se ha entendido y propuesto en el pasado – y también en nuestros días – como una obra de penitencia.
Además, cuando la peregrinación se realiza de modo auténtico, el fiel vuelve del santuario con el propósito de "cambiar de vida", de orientarla hacia Dios más decididamente, de darle una dimensión más trascendente.
Dimensión festiva. En la peregrinación la dimensión penitencial coexiste con la dimensión festiva: también esta se encuentra en el centro de la peregrinación, en la que aparecen no pocos de los motivos antropológicos de la fiesta.
El gozo de la peregrinación cristiana es prolongación de la alegría del peregrino piadoso de Israel: "Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor" (Sal 122,1); es alivio por la ruptura de la monotonía diaria, desde la perspectiva de algo diverso; es aligeramiento del peso de la vida que para muchos, sobre todo para los pobres, es un fardo pesado; es ocasión para expresar la fraternidad cristiana, para dar lugar a momentos de convivencia y de amistad, para mostrar la espontaneidad, que con frecuencia está reprimida.
Dimensión cultual. La peregrinación es esencialmente un acto de culto: el peregrino camina hacia el santuario para ir al encuentro con Dios, para estar en su presencia tributándole el culto de su adoración y para abrirle su corazón.
En el santuario, el peregrino realiza numerosos actos de culto, tanto de orden litúrgico como de piedad popular. Su oración adquiere formas diversas: de alabanza y adoración al Señor por su bondad y santidad; de acción de gracias por los dones recibidos; de cumplimiento de un voto, al que se había obligado el peregrino ante el Señor; de imploración de las gracias necesarias para la vida; de petición de perdón por los pecados cometidos.
Con mucha frecuencia la oración del peregrino se dirige a la Virgen María, a los Ángeles y a los Santos, a quienes reconoce como intercesores válidos ante el Altísimo. Por lo demás, las imágenes veneradas en el santuario son signos de la presencia de la Madre y de los Santos, junto al Señor glorioso, "siempre vivo para interceder" (Heb 7,25) en favor de los hombres y siempre presente en la comunidad que se reúne en su nombre (cfr. Mt 18,20; 28,20). La imagen sagrada del santuario, sea de Cristo, de la Virgen, de los Ángeles o de los Santos, es un signo santo de la presencia divina y del amor providente de Dios; es testigo de la oración, que de generación en generación se ha elevado ante ella como voz suplicante del necesitado, gemido del afligido, júbilo agradecido de quien ha obtenido gracia y misericordia.
Dimensión apostólica. La situación itinerante del peregrino presenta de nuevo, en cierto sentido, la de Jesús y sus discípulos, que recorrían los caminos de Palestina para anunciar el Evangelio de la salvación. Desde este punto de vista, la peregrinación es un anuncio de fe y los peregrinos se convierten en "heraldos itinerantes de Cristo".
Dimensión de comunión. El peregrino que acude al santuario está en comunión de fe y de caridad, no sólo con los compañeros con quienes realiza el "santo viaje" (cfr. Sal 84,6), sino con el mismo Señor, que camina con él, como caminó al lado de los discípulos de Emaús (cfr. Lc 24,13-35); con su comunidad de origen, y a través de ella, con la Iglesia que habita en el cielo y peregrina en la tierra; con los fieles que, a lo largo de los siglos, han rezado en el santuario; con la naturaleza que rodea el santuario, cuya belleza admira y que siente movido a respetar; con la humanidad, cuyo sufrimiento y esperanza aparecen en el santuario de diversas maneras, y cuyo ingenio y arte han dejado en él numerosas huellas.
Desarrollo de la peregrinación
PUESTO QUE EL SANTUARIO ES UN LUGAR DE ORACIÓN, ASÍ LA PEREGRINACIÓN ES UN CAMINO DE ORACIÓN. En cada una de las etapas, la oración deberá alentar la peregrinación y la Palabra de Dios deberá ser luz y guía, alimento y apoyo.
El resultado feliz de una peregrinación, en cuanto manifestación cultual, y los mismos frutos espirituales que se esperan de ella, se aseguran disponiendo de manera ordenada las celebraciones y destacando adecuadamente las diversas fases.
LA PARTIDA DE LA PEREGRINACIÓN SE DEBE CARACTERIZAR POR UN MOMENTO DE ORACIÓN, realizado en la iglesia parroquial o en otra que resulte más adecuada, y consiste en la celebración de la Eucaristía o de alguna parte de la Liturgia de las Horas, o en una bendición especial para los peregrinos.
LA ÚLTIMA ETAPA DEL CAMINO SE DEBE CARACTERIZAR POR UNA ORACIÓN MÁS INTENSA; es aconsejable que cuando ya se divise el santuario, el recorrido se haga a pie, procesionalmente, rezando, cantando y deteniéndose en las estaciones que pueda haber en ese trayecto.
La acogida de los peregrinos podrá dar lugar a una especie de "liturgia de entrada", que sitúe el encuentro entre los peregrinos y los encargados del santuario en el plano de la fe; donde sea posible, estos últimos saldrán al encuentro de los peregrinos, para acompañarles en el trayecto final del camino.
La permanencia en el santuario, obviamente, deberá constituir el momento más intenso de la peregrinación y se deberá caracterizar por el compromiso de conversión, convenientemente ratificado en el sacramento de la reconciliación; por expresiones particulares de oración, como el agradecimiento, la súplica, la petición de intercesiones, según las características del santuario y los objetivos de la peregrinación; por la celebración de la Eucaristía, culminación de la peregrinación.
La conclusión de la peregrinación se caracterizará por un momento de oración, en el mismo santuario o en la iglesia de la que han partido; LOS FIELES DARÁN GRACIAS A DIOS POR EL DON DE LA PEREGRINACIÓN Y PEDIRÁN AL SEÑOR LA AYUDA NECESARIA PARA VIVIR CON UN COMPROMISO MÁS GENEROSO LA VOCACIÓN CRISTIANA, UNA VEZ QUE HAYAN VUELTO A SUS HOGARES.
Desde la antigüedad, el peregrino ha querido llevarse algún "recuerdo" del santuario visitado. Se debe procurar que los objetos, imágenes, libros, transmitan el auténtico espíritu del lugar santo. Se debe conseguir que los lugares de venta no estén en el área sagrada del santuario, ni tengan el aspecto de un mercado.
SACADO DEL
DIRECTORIO SOBREPIEDAD POPULAR Y LA LITURGIAPRINCIPIOS Y ORIENTACIONESCongregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos
El santuario, tanto si está dedicado a la Santísima Trinidad como a Cristo el Señor, a la Virgen, a los Ángeles, a los Santos o a los Beatos, es quizá el lugar donde las relaciones entre Liturgia y piedad popular son más frecuentes y evidentes. "En los santuarios se debe proporcionar a los fieles de manera más abundante los medios de la salvación, predicando con diligencia la Palabra de Dios y fomentando con esmero la vida litúrgica, principalmente mediante la celebración de la Eucaristía y la penitencia, y practicando también otras formas aprobadas de piedad popular".
En estrecha relación con el santuario está la peregrinación, que también es una expresión muy difundida y característica de la piedad popular.
EN NUESTROS DÍAS, EL INTERÉS POR LOS SANTUARIOS Y LA PARTICIPACIÓN EN LAS PEREGRINACIONES, lejos de haberse debilitado por el secularismo, GOZAN DE AMPLIO FAVOR ENTRE LOS FIELES.
Parece conveniente, en conformidad con los objetivos de este Documento, ofrecer algunas indicaciones para que, en la actividad pastoral de los santuarios y en el desarrollo de las peregrinaciones, se establezca y favorezca una relación correcta entre acciones litúrgicas y ejercicios de piedad.
El Santuario
Algunos Principios
Según la revelación cristiana, el santuario supremo y definitivo es Cristo resucitado (cfr. Jn 2,18-21; Ap 21,22), en torno al cual se congrega y organiza la comunidad de los discípulos, que a su vez es la nueva casa del Señor (cfr. 1 Pe 2,5; Ef 2,19-22).
Desde un punto de vista teológico, el santuario, que no pocas veces ha surgido de un movimiento de piedad popular, es un signo de la presencia activa, salvífica, del Señor en la historia y un refugio donde el pueblo de Dios, peregrino por los caminos del mundo hacia la Ciudad futura (cfr. Heb 13,14), restaura sus fuerzas para continuar la marcha.
El santuario, como las iglesias, tiene un gran valor simbólico: es imagen de la "morada de Dios con los hombres" (Ap 21,3) y remite al "misterio del Templo" que se ha realizado en el cuerpo de Cristo (Cfr. Jn 1,14; 2,21), en la comunidad eclesial (cfr. 1 Pe 2,5) y en cada uno de los fieles (cfr. 1 Cor 3,16-17; 6,19; 2 Cor 6,16).
A los ojos de los fieles los santuarios son:
- por su origen, quizá, recuerdo de un acontecimiento considerado milagroso, que ha determinado la aparición de manifestaciones de devoción duradera, o de TESTIMONIO DE LA PIEDAD Y EL AGRADECIMIENTO DE UN PUEBLO POR LOS BENEFICIOS RECIBIDOS;
- por los frecuentes signos de misericordia que suceden en ellos, lugares privilegiados de la asistencia divina y de la intercesión de la Virgen María, de los Santos o de los Beatos;
- por la situación, con frecuencia aislada y elevada, y por la belleza, ya sea austera, ya exuberante de los lugares en los que se encuentran, signo de la armonía del cosmos y reflejo de la belleza divina;
- por la predicación que allí resuena, llamada eficaz a la conversión, invitación a vivir en la caridad y aumentar las obras de misericordia, exhortación a llevar una vida caracterizada por el seguimiento de Cristo;
- por la vida sacramental que allí se desarrolla, lugar de fortalecimiento de la fe, crecimiento de gracia, refugio y esperanza en la aflicción;
- por el aspecto del mensaje evangélico que expresan, una interpretación especial y casi una prolongación de la Palabra;
- por su orientación escatológica, una invitación a cultivar el sentido de la trascendencia y a dirigir los pasos, a través de los caminos de la vida temporal, hacia el santuario del cielo (cfr. Heb 9,11; Ap 21,3).
"Siempre y en todo lugar, los santuarios cristianos han sido, o han querido ser, SIGNOS DE DIOS, de su irrupción en la historia. Cada uno de ellos es un memorial del misterio de la Encarnación y de la Redención".
Reconocimiento canónico
"Con el nombre de santuario se designa una iglesia u otro lugar sagrado al que, por un motivo peculiar de piedad, acuden en peregrinación numerosos fieles, con aprobación del Ordinario del lugar".
La condición previa para que un lugar sagrado sea reconocido canónicamente como santuario diocesano, nacional o internacional, es la aprobación del Obispo diocesano, de la Conferencia de Obispos, o de la Santa Sede, respectivamente. La aprobación canónica constituye un reconocimiento oficial del lugar sagrado y de su finalidad específica, que es la de acoger las peregrinaciones del pueblo de Dios que acude para adorar al Padre, profesar la fe, reconciliarse con Dios, con la Iglesia y con los hermanos, e implorar la intercesión de la Madre del Señor o de un Santo.
Sin embargo, no se debe olvidar que otros muchos lugares de culto, con frecuencia humildes –pequeñas iglesias en la ciudad o en el campo – desarrollan en su entorno local, aunque sin reconocimiento canónico, una función semejante a la de los santuarios. También forman parte de la "geografía de la fe" y de la piedad del pueblo de Dios, de una comunidad que habita en un determinado lugar y que, en la fe, está en camino hacia la Jerusalén celestial (cfr. Ap 21).
El santuario como lugar de celebraciones cultuales
El santuario tiene una función cultual de primer orden. Los fieles se acercan, sobre todo, para participar en las celebraciones litúrgicas y en los ejercicios de piedad que tiene lugar allí. Esta reconocida función cultual del santuario, no debe oscurecer en el ánimo de los fieles la enseñanza evangélica de que el lugar no es algo determinante para el auténtico culto al Señor (cfr. Jn 4,20-24).
Valor ejemplar
Los responsables de los santuarios deben procurar que la Liturgia que en ellos se realiza, resulte un ejemplo por la calidad de las celebraciones: "Entre las funciones reconocidas a los santuarios, también por el Código de derecho canónico, está el desarrollo de la Liturgia. Esto no se debe entender como un aumento del número de las celebraciones, sino como una mejora de su calidad. Los rectores de los santuarios son conscientes de su responsabilidad para alcanzar este objetivo. Comprenden que los fieles, que llegan al santuario de los más diversos lugares, deben regresar confortados en el espíritu y edificados por las celebraciones que tienen lugar allí: por su capacidad de comunicar el mensaje de salvación, por la noble sencillez de las expresiones rituales, por el fiel cumplimiento de las normas litúrgicas. Saben, también, que los efectos de una acción litúrgica ejemplar no se agotan en la celebración realizada en el santuario: los sacerdotes y los fieles peregrinos tienden a llevar a sus lugares de origen las experiencias cultuales válidas que han vivido en el santuario"
La celebración de la Penitencia
Para muchos fieles, la visita a un santuario es una ocasión propicia, con frecuencia procurada, para acercarse al sacramento de la Penitencia. Por lo tanto, es preciso que se preste atención a los diversos elementos que contribuyen a la celebración del sacramento:
- El lugar de la celebración: además de los confesionarios tradicionales dispuestos en la iglesia, en los santuarios muy frecuentados sería deseable que hubiera un lugar reservado para la celebración de la Penitencia, que se pueda emplear también para momentos de preparación comunitaria y celebraciones penitenciales, y que, dentro del respeto a las normas canónicas y a la reserva que exige la confesión, ofrezca al penitente la facilidad para dialogar con el confesor.
- La preparación al sacramento: en no pocos casos, los fieles necesitan ayuda para realizar los actos que son parte del sacramento, sobre todo para orientar el corazón a Dios, con una sincera conversión, "puesto que de ella depende la verdadera penitencia". Se deben organizar encuentros de preparación, tal como se propone en el Ordo Paenitentiae, en los que, mediante la escucha y la meditación de la Palabra de Dios, se ayude a los fieles a celebrar con fruto el sacramento; o al menos se deben poner a disposición de los fieles subsidios adecuados, que les guíen no sólo en la preparación de la confesión de los pecados, sino para que alcancen un sincero arrepentimiento.
- La elección de la forma ritual, que lleve a los fieles a descubrir la naturaleza eclesial de la Penitencia; en este sentido, la celebración del Rito para la reconciliación de varios penitentes con confesión y absolución individual (forma segunda), debidamente organizada y preparada, no debería ser algo excepcional, sino habitual, previsto sobre todo en algunos momentos del Año litúrgico. Realmente "la celebración comunitaria manifiesta más claramente la naturaleza eclesial de la penitencia". La reconciliación sin confesión individual íntegra y con absolución general es una forma totalmente excepcional y extraordinaria, que no se puede alternar con las otras dos formas ordinarias y no se justifica por la sola razón de una gran afluencia de fieles, como sucede en las fiestas y peregrinaciones.
La celebración de la Eucaristía
"La celebración de la Eucaristía es la culminación y como el cauce de toda la acción pastoral de los santuarios"; es preciso, por tanto, prestarle la máxima atención, para que resulte ejemplar en su desarrollo ritual y conduzca a los fieles a un encuentro profundo con Cristo.
A menudo sucede que varios grupos quieren celebrar la Eucaristía al mismo tiempo, pero por separado. Esto no es coherente con la dimensión eclesial del misterio eucarístico, desde el momento en que esa manera de celebrar la Eucaristía, en lugar de ser un momento de unidad y de fraternidad, se convertiría en expresión de un particularismo que no refleja el sentido de comunión y de universalidad de la Iglesia.
Una sencilla reflexión sobre la naturaleza de la Eucaristía, "sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad", debería convencer a los sacerdotes que guían las peregrinaciones a favorecer la reunión de varios grupos en una misma concelebración, debidamente organizada y que tuviera en cuenta – si fuera necesario – la diversidad de las lenguas; en ocasión de reuniones de fieles de distintas naciones es conveniente que se interpreten cantos en lengua latina y con las melodías más fáciles, al menos en las partes del Ordinario de la Misa, especialmente el símbolo de la fe y la oración del Señor. Tal celebración ofrecería una imagen genuina de la naturaleza de la Iglesia y de la Eucaristía, y constituiría para los peregrinos una ocasión de acogida recíproca y de enriquecimiento mutuo.
La celebración de la Unción de los enfermos
El Ordo unctionis infirmorum eorumque pastoralis curae prevé la celebración comunitaria del sacramento de la Unción en los santuarios, sobre todo con ocasión de peregrinaciones de enfermos. Esto está en perfecta armonía con la naturaleza del sacramento y con la función del santuario: es justo que donde se implora la misericordia del Señor de una manera más intensa, la acción maternal de la Iglesia se haga más solícita a favor de sus hijos que, por enfermedad o vejez, comienzan a encontrarse en peligro.
El rito se realizará según las indicaciones del Ordo, por lo que "si hay varios sacerdotes, cada uno impone las manos y administra la unción con la fórmula correspondiente a cada uno de los enfermos de un grupo; en cambio las oraciones las recita el celebrante principal".
La celebración de otros sacramentos
En los santuarios, además de la Eucaristía, la Penitencia y la Unción comunitaria de los enfermos, se celebran, también, con más o menos frecuencia, otros sacramentos. Esto exige que los responsables del santuario, además del cumplimiento de las disposiciones que haya emanado el Obispo diocesano:
- procuren un entendimiento sincero y una colaboración fructuosa entre el santuario y la comunidad parroquial;
- consideren con atención la naturaleza de cada sacramento; por ejemplo: los sacramentos de la iniciación cristiana, que requieren una larga preparación e insertan al bautizado en la comunidad eclesial, deberían celebrarse, por norma general, en la parroquia;
- asegúrense de que todas las celebraciones de un sacramento hayan estado precedidas de una adecuada preparación; los responsables de un santuario no deben celebrar el sacramento del matrimonio si no consta el permiso concedido por el Ordinario o por el párroco;
- valoren serenamente las situaciones, múltiples e imprevisibles, para las que no es posible establecer a priori normas rígidas.
La celebración de la Liturgia de las Horas
La visita a un santuario, tiempo y lugar favorable para la oración personal y comunitaria, constituye una ocasión privilegiada para ayudar a los fieles a apreciar la belleza de la Liturgia de las Horas y para asociarse a la alabanza cotidiana que, en el curso de su peregrinación terrena, la Iglesia eleva al Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo.
Así pues, los rectores de los santuarios deben introducir en las actividades preparadas para los peregrinos, según la oportunidad, celebraciones dignas y festivas de la Liturgia de las Horas, especialmente de Laudes y Vísperas, proponiendo también la celebración, parcial o completa, de un Oficio votivo que tenga relación con el santuario.
A lo largo de la peregrinación y conforme se van acercando a la meta, los sacerdotes que acompañan a los fieles no dejen de proponerles, al menos, la oración de alguna Hora del Oficio Divino.
La celebración de los sacramentales
Desde la antigüedad, la Iglesia ha tenido la costumbre de bendecir personas, lugares, alimentos, objetos. En nuestros días, sin embargo, la práctica de la bendición, motivada por usos antiguos y concepciones profundamente arraigadas en algunos fieles, presenta algunos puntos delicados. Con todo, continúa siendo una cuestión pastoral bastante presente en los santuarios, donde los fieles, que acuden para implorar la gracia y la ayuda del Señor, la intercesión de la Madre de la misericordia o de los Santos, suelen pedir a los sacerdotes las más diversas bendiciones. Para un desarrollo correcto de la pastoral de las bendiciones, los rectores de los santuarios deberán:
- proceder con paciencia en la aplicación gradual de los principios establecidos por el Rituale Romanum, los cuales buscan fundamentalmente que la bendición sea una expresión genuina de fe en Dios, dador de todo bien;
- subrayar de manera adecuada – en cuanto sea posible – los dos momentos que configuran la "estructura típica" de toda bendición: la proclamación de la Palabra de Dios, que da sentido al signo sagrado, y la oración mediante la cual la Iglesia alaba a Dios e implora sus beneficios, como recuerda el mismo signo de la cruz que traza el ministro ordenado;
- preferir la celebración comunitaria a la individual o privada y comprometer a los fieles para que participen de manera plena y consciente.
Es deseable que los rectores de los santuarios establezcan a lo largo del día, en los periodos de mayor afluencia de peregrinos, momentos especiales para celebrar las bendiciones; en ellos, mediante una acción ritual caracterizada por la verdad y la dignidad, los fieles comprenderán el sentido genuino de la bendición y el compromiso de observar los mandamientos de Dios, que comporta la "petición de una bendición".
El santuario como lugar de evangelización
Innumerables centros de comunicación social divulgan todos los días noticias y mensajes de todo tipo; el santuario, en cambio, es el lugar en el que continuamente se proclama un mensaje de vida: el "Evangelio de Dios" (Mc 1,14; Rom 1,1) o "Evangelio de Jesucristo" (Mc 1,1), esto es, la buena noticia que proviene de Dios y que tiene por contenido a Cristo Jesús: Él es el Salvador de todos los pueblos, en cuya muerte y resurrección se han reconciliado para siempre el cielo y la tierra.
Al fiel que se acerca al santuario se le deben proponer, directa o indirectamente, los elementos fundamentales del mensaje evangélico: el sermón de la montaña, el anuncio gozoso de la bondad y paternidad de Dios así como de su amorosa providencia, el mandamiento del amor, el significado salvador de la cruz, el destino trascendente de la vida humana.
Muchos santuarios son, efectivamente, lugares de difusión del Evangelio: en las formas más variadas, el mensaje de Cristo se trasmite a los fieles como llamada a la conversión, invitación al seguimiento, exhortación a la perseverancia, recuerdo de las exigencias de la justicia, palabra de consuelo y de paz.
No se puede olvidar la cooperación que muchos santuarios prestan a la labor evangelizadora de la Iglesia, al sostener de diversos modos las misiones "ad gentes".
El santuario como lugar de la caridad
La misión ejemplar del santuario se extiende también al ejercicio de la caridad. Todo santuario, en cuanto celebra la presencia misericordiosa del Señor, la ejemplaridad y la intercesión de la Virgen y los Santos, "es por sí mismo un hogar que irradia la luz y el calor de la caridad". En su acepción más común y en el lenguaje de los sencillos "la caridad es el amor expresado en el nombre de Dios". Esta encuentra sus manifestaciones concretas en el acoger y en la misericordia, en la solidaridad y en el compartir, en la ayuda y en el don.
Gracias a la generosidad de los fieles y al celo de los responsables, muchos santuarios son lugares de mediación entre el amor a Dios y la caridad fraterna, por una parte, y las necesidades del hombre, por otra. En ellos fructifica la caridad de Cristo y parece que se prolongan la solicitud maternal de la Virgen y la cercanía solidaria de los Santos, que se expresan, por ejemplo:
- en la creación y mantenimiento de centros de asistencia social, como hospitales, centros de enseñanza para niños sin recursos y residencias para personas ancianas;
- "en la acogida y hospitalidad para con los peregrinos, sobre todo los más pobres, a quienes se ofrecen, en la medida de lo posible, lugares y condiciones para un momento de descanso
- en la solicitud y cuidado de los peregrinos ancianos, enfermos, minusválidos, a los que se reservan las atenciones más delicadas, los mejores sitios en los santuarios; para ellos se organizan, en el horario más adecuado, celebraciones que, sin separarles de los otros fieles, tengan en cuenta sus circunstancias especiales; para ellos se establece una cooperación con asociaciones que se ocupen generosamente de sus desplazamientos;
- en la disponibilidad y en el servicio ofrecido a todos los que se acercan al santuario: fieles cultos e incultos, pobres y ricos, con-nacionales o extranjeros".
El santuario como lugar de cultura
Con frecuencia el santuario es ya, en sí mismo, un "bien cultural": en él se dan cita y se presentan, como resumidas en una síntesis, numerosas manifestaciones de la cultura de las poblaciones vecinas: testimonios históricos y artísticos, formas de expresión lingüística y literaria, expresiones musicales típicas.
Desde este punto de vista, el santuario resulta con frecuencia un punto de referencia válido para definir la identidad cultural de un pueblo. Y en cuanto que en el santuario se da una síntesis armoniosa entre naturaleza y gracia, piedad y arte, se puede proponer como expresión de la Vía pulchritudinis para contemplar la belleza de Dios, del misterio de la Tota pulchra, de las admirables experiencias de los Santos.
Además, cada vez se tiende más a hacer del santuario un "centro de cultura" específico, un lugar en el que se organizan cursos de estudio y conferencias, donde se acometen interesantes iniciativas editoriales y se promueven representaciones sagradas, conciertos, exposiciones y otras manifestaciones artísticas y literarias.
La actividad cultural del santuario se configura como una iniciativa en el ámbito de la promoción humana; esta función se añade útilmente a la función primordial, de lugar para el culto divino, para la evangelización, para el ejercicio de la caridad. En este sentido, los responsables de los santuarios deben procurar que la dimensión cultural no adquiera una importancia mayor que la cultual.
El santuario como lugar de compromiso ecuménico
El santuario, en cuanto lugar de anuncio de la Palabra, de invitación a la conversión, de intercesión, de intensa vida litúrgica, de ejercicio de la caridad es un "bien espiritual" que se puede compartir, en una cierta medida y conforme a las indicaciones del Directorio ecuménico, con los hermanos y hermanas que no están en plena comunión con la Iglesia católica.
En consecuencia, el santuario debe ser un lugar de compromiso ecuménico, sensible a la necesidad grave y urgente de la unidad de todos los creyentes en Cristo, único Señor y Salvador.
Por lo tanto, los rectores de los santuarios deben ayudar a los peregrinos a tomar conciencia del "ecumenismo espiritual" del que hablan el decreto conciliar Unitatis redintegratio y el Directorio ecuménico, según el cual los cristianos deben siempre tener presente la intención de la unidad en las oraciones, en la celebración eucarística, en la vida diaria. Así, en los santuarios se debería intensificar la oración con esta intención en algunos tiempos particulares, como la semana de oración por la unidad de los cristianos, en los días entre la Ascensión del Señor y Pentecostés, en los cuales se recuerda a la comunidad de Jerusalén reunida en la oración y en espera de la venida del Espíritu Santo, que la confirmará en la unidad y en su misión universal.
Además, los rectores de los santuarios promuevan, cuando haya oportunidad, encuentros de oración entre cristianos de las diversas confesiones; en estos encuentros, preparados con atención y colaboración, deberá primar la Palabra de Dios y se deberán valorar las formas de oración características de las diversas confesiones cristianas.
Según las circunstancias, será quizá oportuno extender, en casos excepcionales, la atención a los miembros de otras religiones: existen, de hecho, santuarios frecuentados por los no cristianos, que acuden allí atraídos por los valores propios del cristianismo. Todos los actos de culto que se realizan en los santuarios deben ser claramente conformes con la identidad católica, sin ocultar jamás lo que pertenece a la fe de la Iglesia.
El compromiso ecuménico adquiere aspectos particulares cuando se trata de santuarios dedicados a la Virgen María. En el plano sobrenatural, santa María, que ha dado a luz al Salvador de todos los pueblos y que ha sido su primera y perfecta discípula, tiene una misión de concordia y de unidad respecto a los discípulos de su Hijo, por lo que la Iglesia la saluda con el título de Mater unitatis; en el plano histórico, en cambio, la figura de María, debido a las diversas interpretaciones sobre su papel en la historia de la salvación, ha sido con frecuencia motivo de divergencia y división entre los cristianos. Hay que reconocer, con todo, que en el aspecto mariano, el diálogo ecuménico actualmente está dando sus frutos.
LA PEREGRINACIÓN
La peregrinación, experiencia religiosa universal, es una expresión característica de la piedad popular, estrechamente vinculada al santuario, de cuya vida constituye un elemento indispensable: EL PEREGRINO NECESITA UN SANTUARIO Y EL SANTUARIO REQUIERE PEREGRINOS.
Peregrinaciones bíblicas
En la Biblia destacan, por su simbolismo religioso, las peregrinaciones de los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, a Siquem (cfr. Gn 12,6-7; 33,18-20), Betel (cfr. Gn 28,10-22; 35,1-15) y Mambré (Gn 13,18; 18,1-15), donde Dios se les manifestó y se comprometió a darles la "tierra prometida".
Para las tribus salidas de Egipto, el Sinaí, monte de la teofanía a Moisés (cfr. Ex 19-20), se convierte en un lugar sagrado y todo el camino del desierto del Sinaí tuvo para ellos el sentido de un largo viaje hacia la tierra santa de la promesa: viaje bendecido por Dios, que, en el Arca (cfr. Num 10,33-36) y en el Tabernáculo (cfr. 2 Sam 7,6), símbolos de su presencia, camina con su pueblo, lo guía y la protege por medio de la Nube (cfr. Num 9,15-23).
Jerusalén, convertida en sede del Templo y del Arca, pasó a ser la ciudad-santuario de los Hebreos, la meta por excelencia del deseado "viaje santo" (Sal 84,6), en el que el peregrino avanza "entre cantos de alegría, en el bullicio de la fiesta" (Sal 42,5) hasta "la casa de Dios" para comparecer ante su presencia (cfr. Sal 84,6-8).
Tres veces al año, los varones israelitas debían "presentarse ante el Señor" (cfr. Ex 23,17), es decir, dirigirse al Templo de Jerusalén: esto daba lugar a tres peregrinaciones con ocasión de las fiestas de los Ácimos (la Pascua), de las Semanas (Pentecostés) y de los Tabernáculos; y toda familia israelita piadosa acudía, como hacía la familia de Jesús (cfr. Lc 2,41), a la ciudad santa para la celebración anual de la Pascua. Durante su vida pública, también Jesús se dirigía habitualmente a Jerusalén como peregrino (cfr. Jn 11,55-56); por otra parte se sabe que el evangelista san Lucas presenta la acción salvífica de Jesús como una misteriosa peregrinación (cfr. Lc 9,51-19,45), cuya meta es Jerusalén, la ciudad mesiánica, el lugar del sacrificio pascual y de su retorno al Padre: "He salido del Padre y he venido al mundo; ahora dejo de nuevo el mundo y voy al Padre" (Jn 16,28).
Precisamente durante una reunión de peregrinos en Jerusalén, de "judíos observantes de toda nación que hay bajo el cielo" (Hech 2,5) para celebrar Pentecostés, la Iglesia comienza su camino misionero.
La peregrinación cristiana.
Desde que Jesús ha dado cumplimiento en sí mismo al misterio del Templo (cfr. Jn 2,22-23) y ha pasado de este mundo al Padre (cfr. Jn 13,1), realizando en su persona el éxodo definitivo, para sus discípulos ya no existe ninguna peregrinación obligatoria: toda su vida es un camino hacia el santuario celeste y la misma Iglesia dice de sí que es "peregrina en este mundo".
Sin embargo la Iglesia, dada la conformidad que existe entre la doctrina de Cristo y los valores espirituales de la peregrinación, no sólo ha considerado legítima esta forma de piedad, sino que la ha alentado a lo largo de la historia.
En los tres primeros siglos la peregrinación, salvo alguna excepción, no forma parte de las expresiones cultuales del cristianismo: la Iglesia temía la contaminación de prácticas religiosas del judaísmo y del paganismo, en los cuales la práctica de la peregrinación estaba muy arraigada.
No obstante, en estos siglos se ponen los cimientos para una recuperación, con características cristianas, de la práctica de la peregrinación: el culto a los mártires, en las tumbas, a las que acuden los fieles para venerar los restos mortales de estos testigos insignes de Cristo, determinará, progresiva y consecuentemente, el paso de la "visita devota" a la "peregrinación votiva".
Después de la paz constantiniana, tras la identificación de los lugares y el hallazgo de las reliquias de la Pasión del Señor, la peregrinación cristiana vive un momento de esplendor: es sobre todo la visita a Palestina, que, por sus "lugares santos", se convierte, comenzando por Jerusalén, en la Tierra santa. De esto dan testimonio las narraciones de peregrinos famosos, como el Itinerarium Burdigalense y el Itinerarium Egeriae, ambos del siglo IV.
Se construyen basílicas sobre los "lugares santos", como la Anástasis, edificada sobre el Santo Sepulcro, y el Martyrium sobre el Monte Calvario, que ejercen una gran atracción sobre los peregrinos. También los lugares de la infancia del Salvador y de su vida pública se convierten en meta de peregrinaciones, que se extienden también a los lugares sagrados del Antiguo Testamento, como el Monte Sinaí.
La Edad Media es la época dorada de las peregrinaciones; además de su función fundamentalmente religiosa, han tenido una función extraordinaria en la formación de la cristiandad occidental, en la unión de los diversos pueblos, en el intercambio de valores entre las diversas culturas europeas.
Los centros de peregrinación son numerosos. Ante todo, Jerusalén, que, a pesar de la ocupación islámica, continúa siendo un punto importante de atracción espiritual, así como el origen del fenómeno de las cruzadas, cuyo motivo fue precisamente permitir a los fieles visitar el sepulcro de Cristo. Asimismo las reliquias de la pasión del Señor, como la túnica, el rostro santo, la escala santa, la sábana santa atraen a innumerables fieles y peregrinos. A Roma acuden los "romeros" para venerar las memorias de los apóstoles Pedro y Pablo (ad limina Apostolorum), para visitar las catacumbas y las basílicas, y como reconocimiento del ministerio del Sucesor de Pedro a favor de la Iglesia universal (ad Petri sedem). Fue también muy frecuentado durante los siglos IX a XVI, y todavía hoy lo es, Santiago de Compostela, hacia donde convergen desde diversos países varios "caminos", formados como consecuencia de un planteamiento religioso, social y caritativo de la peregrinación. Entre otros lugares se puede mencionar Tours, donde está la tumba de san Martín, venerado fundador de dicha Iglesia; Canterbury, donde santo Tomás Becket consumó su martirio, que tuvo gran resonancia en toda Europa; el Monte Gargano en Puglia, S. Michele della Chiusa en el Piamonte, el Mont Saint-Michel en Normandía, dedicados al arcángel san Miguel; Walsingham, Rocamadour y Loreto, sedes de célebres santuarios marianos.
En la época moderna, debido al cambio del ambiente cultural, a las vicisitudes originadas por el movimiento protestante y el influjo de la ilustración, las peregrinaciones disminuyeron: el "viaje a un país lejano" se convierte en "peregrinación espiritual", "camino interior" o "procesión simbólica", que consistía en un breve recorrido, como en el Vía Crucis.
A partir de la segunda mitad del siglo XIX se recuperan las peregrinaciones, pero cambia en parte su fisonomía: tienen como meta santuarios que son particulares expresiones de la identidad de la fe y de la cultura de una nación; este es el caso, por ejemplo de los santuarios de Altötting, Antipolo, Aparecida, Asís, Caacupé, Chartres, Coromoto, Czestochowa, Ernakulam-Angamaly, Fátima, Guadalupe, Kevalaer, Knock, La Vang, Loreto, Lourdes, Mariazell, Marienberg, Montevergine, Montserrat, Nagasaki, Namugongo, Padua, Pompei, San Giovanni Rotondo, Washington, Yamoussoukro, etc.
Espiritualidad de la peregrinación
A pesar de todos los cambios sufridos a lo largo de los siglos, la peregrinación conserva en nuestro tiempo los elementos esenciales que determinan su espiritualidad:
Dimensión escatológica. Es una característica esencial y originaria: la peregrinación, "camino hacia el santuario", es momento y parábola del camino hacia el Reino; la peregrinación ayuda a tomar conciencia de la perspectiva escatológica en la que se mueve el cristiano, homo viator: entre la oscuridad de la fe y la sed de la visión, entre el tiempo angosto y la aspiración a la vida sin fin, entre la fatiga del camino y la esperanza del reposo, entre el llanto del destierro y el anhelo del gozo de la patria, entre el afán de la actividad y el deseo de la contemplación serena.
El acontecimiento del éxodo, camino de Israel hacia la tierra prometida, se refleja también en la espiritualidad de la peregrinación: el peregrino sabe que "aquí abajo no tenemos una ciudad estable" (Heb 13,14), por lo cual, más allá de la meta inmediata del santuario, avanza a través del desierto de la vida, hacia el Cielo, hacia la Tierra prometida.
Dimensión penitencial. La peregrinación se configura como un "camino de conversión": al caminar hacia el santuario, el peregrino realiza un recorrido que va desde la toma de conciencia de su propio pecado y de los lazos que le atan a las cosas pasajeras e inútiles, hasta la consecución de la libertad interior y la comprensión del sentido profundo de la vida.
Como ya se ha dicho, para muchos fieles la visita a un santuario constituye una ocasión propicia, con frecuencia buscada, para acercarse al sacramento de la Penitencia, y la peregrinación misma se ha entendido y propuesto en el pasado – y también en nuestros días – como una obra de penitencia.
Además, cuando la peregrinación se realiza de modo auténtico, el fiel vuelve del santuario con el propósito de "cambiar de vida", de orientarla hacia Dios más decididamente, de darle una dimensión más trascendente.
Dimensión festiva. En la peregrinación la dimensión penitencial coexiste con la dimensión festiva: también esta se encuentra en el centro de la peregrinación, en la que aparecen no pocos de los motivos antropológicos de la fiesta.
El gozo de la peregrinación cristiana es prolongación de la alegría del peregrino piadoso de Israel: "Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor" (Sal 122,1); es alivio por la ruptura de la monotonía diaria, desde la perspectiva de algo diverso; es aligeramiento del peso de la vida que para muchos, sobre todo para los pobres, es un fardo pesado; es ocasión para expresar la fraternidad cristiana, para dar lugar a momentos de convivencia y de amistad, para mostrar la espontaneidad, que con frecuencia está reprimida.
Dimensión cultual. La peregrinación es esencialmente un acto de culto: el peregrino camina hacia el santuario para ir al encuentro con Dios, para estar en su presencia tributándole el culto de su adoración y para abrirle su corazón.
En el santuario, el peregrino realiza numerosos actos de culto, tanto de orden litúrgico como de piedad popular. Su oración adquiere formas diversas: de alabanza y adoración al Señor por su bondad y santidad; de acción de gracias por los dones recibidos; de cumplimiento de un voto, al que se había obligado el peregrino ante el Señor; de imploración de las gracias necesarias para la vida; de petición de perdón por los pecados cometidos.
Con mucha frecuencia la oración del peregrino se dirige a la Virgen María, a los Ángeles y a los Santos, a quienes reconoce como intercesores válidos ante el Altísimo. Por lo demás, las imágenes veneradas en el santuario son signos de la presencia de la Madre y de los Santos, junto al Señor glorioso, "siempre vivo para interceder" (Heb 7,25) en favor de los hombres y siempre presente en la comunidad que se reúne en su nombre (cfr. Mt 18,20; 28,20). La imagen sagrada del santuario, sea de Cristo, de la Virgen, de los Ángeles o de los Santos, es un signo santo de la presencia divina y del amor providente de Dios; es testigo de la oración, que de generación en generación se ha elevado ante ella como voz suplicante del necesitado, gemido del afligido, júbilo agradecido de quien ha obtenido gracia y misericordia.
Dimensión apostólica. La situación itinerante del peregrino presenta de nuevo, en cierto sentido, la de Jesús y sus discípulos, que recorrían los caminos de Palestina para anunciar el Evangelio de la salvación. Desde este punto de vista, la peregrinación es un anuncio de fe y los peregrinos se convierten en "heraldos itinerantes de Cristo".
Dimensión de comunión. El peregrino que acude al santuario está en comunión de fe y de caridad, no sólo con los compañeros con quienes realiza el "santo viaje" (cfr. Sal 84,6), sino con el mismo Señor, que camina con él, como caminó al lado de los discípulos de Emaús (cfr. Lc 24,13-35); con su comunidad de origen, y a través de ella, con la Iglesia que habita en el cielo y peregrina en la tierra; con los fieles que, a lo largo de los siglos, han rezado en el santuario; con la naturaleza que rodea el santuario, cuya belleza admira y que siente movido a respetar; con la humanidad, cuyo sufrimiento y esperanza aparecen en el santuario de diversas maneras, y cuyo ingenio y arte han dejado en él numerosas huellas.
Desarrollo de la peregrinación
PUESTO QUE EL SANTUARIO ES UN LUGAR DE ORACIÓN, ASÍ LA PEREGRINACIÓN ES UN CAMINO DE ORACIÓN. En cada una de las etapas, la oración deberá alentar la peregrinación y la Palabra de Dios deberá ser luz y guía, alimento y apoyo.
El resultado feliz de una peregrinación, en cuanto manifestación cultual, y los mismos frutos espirituales que se esperan de ella, se aseguran disponiendo de manera ordenada las celebraciones y destacando adecuadamente las diversas fases.
LA PARTIDA DE LA PEREGRINACIÓN SE DEBE CARACTERIZAR POR UN MOMENTO DE ORACIÓN, realizado en la iglesia parroquial o en otra que resulte más adecuada, y consiste en la celebración de la Eucaristía o de alguna parte de la Liturgia de las Horas, o en una bendición especial para los peregrinos.
LA ÚLTIMA ETAPA DEL CAMINO SE DEBE CARACTERIZAR POR UNA ORACIÓN MÁS INTENSA; es aconsejable que cuando ya se divise el santuario, el recorrido se haga a pie, procesionalmente, rezando, cantando y deteniéndose en las estaciones que pueda haber en ese trayecto.
La acogida de los peregrinos podrá dar lugar a una especie de "liturgia de entrada", que sitúe el encuentro entre los peregrinos y los encargados del santuario en el plano de la fe; donde sea posible, estos últimos saldrán al encuentro de los peregrinos, para acompañarles en el trayecto final del camino.
La permanencia en el santuario, obviamente, deberá constituir el momento más intenso de la peregrinación y se deberá caracterizar por el compromiso de conversión, convenientemente ratificado en el sacramento de la reconciliación; por expresiones particulares de oración, como el agradecimiento, la súplica, la petición de intercesiones, según las características del santuario y los objetivos de la peregrinación; por la celebración de la Eucaristía, culminación de la peregrinación.
La conclusión de la peregrinación se caracterizará por un momento de oración, en el mismo santuario o en la iglesia de la que han partido; LOS FIELES DARÁN GRACIAS A DIOS POR EL DON DE LA PEREGRINACIÓN Y PEDIRÁN AL SEÑOR LA AYUDA NECESARIA PARA VIVIR CON UN COMPROMISO MÁS GENEROSO LA VOCACIÓN CRISTIANA, UNA VEZ QUE HAYAN VUELTO A SUS HOGARES.
Desde la antigüedad, el peregrino ha querido llevarse algún "recuerdo" del santuario visitado. Se debe procurar que los objetos, imágenes, libros, transmitan el auténtico espíritu del lugar santo. Se debe conseguir que los lugares de venta no estén en el área sagrada del santuario, ni tengan el aspecto de un mercado.
SACADO DEL
DIRECTORIO SOBREPIEDAD POPULAR Y LA LITURGIAPRINCIPIOS Y ORIENTACIONESCongregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos
30 de agosto de 2011
AGENDA DEL MES DE SEPTIEMBRE
- Jueves 01: inicio de la Novena en honor a la Virgen
5:00 pm, Novena, confesiones
6:00 pm santa misa.
- Jueves 08: Fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María.
- Sábado 10: Aniv. Legión de María. (1ª Vísperas de Ntra. Sra. De Coromoto).
5:00 pm: escenificación con los niños.
6:00 pm Santa Misa
- Domingo 11: Solemnidad de Ntra. Sra. De Coromoto. Patrona de Venezuela.
8:00 am Santa Misa (Cristo Rey)
11:00 am (San Vicente Ferrer)
- Miércoles 14: Peregrinación al Santuario Santo Cristo de la Salud – Borburata.
* Salida desde Cristo Rey hasta al Santuario Santo Cristo de la Salud a las 12 de la media noche.
* 10: 00 am: Santa Misa presidida por Mons. Saúl Figueroa en unión con el presbiterio diocesano
- Martes 20: Taller para los Sacerdotes de 8:00 am a 12 m
- Sábado 24: Taller para Todos los Laicos (Cámara de Comercio) de 8:00 a 12 m
- Del 26 al 30 RETIRO DE CLERO
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