12 de mayo de 2012

Conferencia del cardenal Robert Sarah:La palabra de Dios en la vida del sacerdote: oración y homilía


La palabra de Dios en la vida del sacerdote: oración y homilía
El tema que me ha sido propuesto en este encuentro de «Diálogos de Teología» contiene, en su precisa unidad, tres conceptos de notable importancia que conviene examinar sucesivamente, sin perder, como es natural, la perspectiva de conjunto. Estos conceptos son: «palabra de Dios», «vida sacerdotal» y «oración». Cada una de esas nociones podría ser objeto de una amplia ponencia, pero debido al tiempo reservado a nuestra exposición y a la unidad de perspectiva que exige nuestro tema, hemos de examinarlas de modo esencial. Tratándose por otra parte de un diálogo en torno a la exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini (=VD) , documento cuya extraordinaria importancia es de todos conocida, asumiremos este texto como principal punto de referencia. Lógicamente, VD es ampliamente deudora de la Asamblea General Ordinaria del Sínodo de Obispos que se celebró en el Vaticano del 5 al 26 de octubre de 2008 teniendo por tema La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia; a su vez, como es sabido, VD asumió como especial punto de referencia la constitución dogmática Dei Verbum sobre la divina Revelación del Concilio Vaticano II (=DV). A este texto también acudiremos especialmente.
1. Palabra de Dios
La exhortación apostólica Verbum Domini cuenta entre sus grandes méritos haber querido dedicar una primera amplia parte de sus reflexiones a tratar de la «Palabra de Dios»; lo hace en modo articulado, en tres apartados, dedicados respectivamente al «Dios que habla», a «la respuesta del hombre» a ese Dios que habla, y al problema hermenéutico del texto bíblico, es decir, a su interpretación en la Iglesia.
Seguirán después las otras dos partes programáticas del documento: la «Palabra en la vida de la Iglesia» (segundo apartado) y la «Palabra en el mundo» (tercer apartado). En la primera parte se afirma una idea de especial relieve en la que queremos centrar la atención: «la novedad de la revelación bíblica consiste en que Dios se da a conocer en el diálogo que desea tener con nosotros» (VD 6). Dios se ha querido dar a conocer, se ha dirigido a nosotros para hablarnos de su vida íntima y de sus designios de salvación –de su amor, en definitiva–, y ese coloquio lo ha actuado especialmente por medio «del Verbo de Dios, por quien “se hizo todo” (Jn 1,3) y que se “hizo carne” (Jn 1,14)». La Segunda Persona de la Santísima Trinidad, asumiendo nuestra naturaleza humana en todo a excepción del pecado, nos ha revelado «al mismo Dios en el diálogo de amor de las Personas divinas y nos invita a participar en él» (VD 6). Todo es fruto del infinito amor de Dios, gracias al cual su «Palabra» se ha acercado a nosotros para desvelarnos el enigma de la condición humana y el camino de acceso hacia sus moradas, para decirnos qué es el hombre y cuál es su pequeñez y su grandeza. Vienen a la mente las palabras de reconocimiento y acción de gracias del autor del Salmo 8: «¡Dios y Señor nuestro, qué admirable es tu Nombre en toda la tierra! […]. ¿qué es el hombre, para que de él te acuerdes, y el hijo de Adán, para que te cuides de él? Y lo has hecho poco menor que los ángeles, le has coronado de gloria y honor. Le das el mando sobre las obras de tus manos. Todo lo has puesto bajo sus pies» (Sal 8,2.5-7).
Conviene señalar que, en el contexto en el que nos encontramos, VD ha querido subrayar de un modo claro y articulado que la locución «Palabra de Dios» expresa una realidad multiforme; una realidad que no se puede restringir a un fenómeno solo de índole textual, aunque éste sea el texto de la Sagrada Escritura, que manifiesta de modo excelso la Sabiduría divina. El hablar de Dios se ha expresado en modo variado, con diversas tonalidades y coloridos, existiendo una verdadera «sinfonía de la Palabra», como se expresa con una bella imagen VD 7. Dios nos ha hablado y nos habla, en efecto, digamos en primer lugar, por medio de la creación, que el Documento llama “liber naturae”, como bien lo comprendía el autor del salmo 19 cuando afirma: «Los cielos pregonan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Un día le anuncia el mensaje al otro día y una noche le da la noticia a la otra noche. Sin discurso, sin palabras, sin que se oiga su voz, se esparce su rumor por toda la tierra» (Sal 19,2-5). Sucesivamente, Dios se ha manifestado –nos ha hablado– a través de los eventos y las narraciones de la historia de la salvación, por boca de los profetas y de los Apóstoles, por medio de la Tradición viva de la Iglesia, especialmente a través del lenguaje de la liturgia y de la predicación.
Pero por encima de todo esto, Dios nos ha hablado –y nos habla– por medio del Verbo eterno encarnado, Jesucristo, la Palabra de Dios hecha realmente consustancial a nosotros en el seno de María Virgen, como nos recuerda el inicio de la carta a los Hebreos: «En diversos momentos y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas. En estos últimos días nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien instituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo también el universo» (Hb 1,1-2). Es por esto que la expresión «Palabra de Dios» hay que referirla principalmente a la persona de Jesucristo, Hijo eterno del Padre, hecho hombre por nosotros. De ahí que convenga señalar –lo hacemos con palabras de VD 7–, que es «necesario educar a los fieles para que capten mejor los diversos significados [de la Palabra de Dios] y comprendan su sentido unitario. Es preciso también que, desde el punto de vista teológico, se profundice en la articulación de los diferentes significados de esta expresión, para que resplandezca mejor la unidad del plan divino y el puesto central que ocupa en él la persona de Cristo».
Ciertamente, no se nos oculta que la Sagrada Escritura –unida inseparablemente a la Tradición viva de la Iglesia formando una sola realidad salvífica–, es una manifestación privilegiada de la «Palabra de Dios», porque escrita «bajo la inspiración del Espíritu Santo, tiene a Dios como autor» (DV 11): todo en la Escritura ha caído bajo la mirada providencial extraordinaria de Dios, pues en su composición Dios «eligió a hombres, que utilizó usando de sus propias facultades y medios, de forma que obrando Él en ellos y por ellos, escribieron, como verdaderos autores, todo y sólo lo que Él quería» (ibidem). Los libros sagrados no solo contienen por eso la Palabra de Dios, sino que, por ser inspirados, «son en verdad palabra de Dios» (DV 24). Pero en todo esto no hay que olvidar que el mismo Espíritu que inspiró a los autores de las Sagradas Escrituras para que enseñaran «firmemente, con fidelidad y sin error la verdad», y que la quiso consignar «para nuestra de salvación» (DV 11), es Aquel que actuó en la encarnación del Verbo, que guió a Jesús a lo largo de su misión y que sostiene e inspira a la Iglesia en la tarea de anunciar la Palabra de Dios a los hombres.
2. La Palabra de Dios en la vida del sacerdote
Al Dios que habla, el hombre está llamado a dar una respuesta de fe, prestando el homenaje de su entendimiento y de su voluntad con todas las fuerzas del corazón y de la mente. En ese diálogo, «nos comprendemos a nosotros mismos y encontramos respuesta a las cuestiones más profundas que anidan en nuestro corazón» (VD 23).
Conocemos bien el coloquio que tuvo Jesús con aquel doctor de la ley sobre el principal mandamiento. «Maestro –le dice–, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley? Él le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas» (Mt 22,36-40). Las palabras de Jesús hacían eco a dos conocidos textos bíblicos, Dt 6,5 y Lv 19, 18, parte de la célebre oración shema Israel («escucha Israel») que todo buen Israelita recitaba con devoción, como también ahora, al menos dos veces al día. La Palabra de Dios, en efecto, hay que acogerla con plena apertura de corazón, con todas las fuerzas del ánimo, pues lejos de acallar los deseos más auténticos del hombre los ilumina, purifica y perfecciona. Llamados a una identificación con Cristo –«Palabra de Dios entre nosotros» (VD 77)– hemos de crecer constantemente en nuestra relación personal con Él, siendo como es «camino, verdad y vida» (Jn 14,6). En esta perspectiva se puede situar la llamada que hace VD a todos los cristianos para que profundicen su relación con la Palabra de Dios, a cada uno según su situación en la Iglesia y en el mundo.
Por cuanto se refiere a los sacerdotes, que por su ministerio son –como afirma la exhortación apostólica postsinodal Pastores dabo vobis de Juan Pablo II citada en VD 80 – «[ungidos por Dios y enviados] para anunciar a todos el Evangelio del Reino, llamando a cada hombre a la obediencia de la fe y conduciendo a los creyentes a un conocimiento y comunión cada vez más profundos del misterio de Dios, revelado y comunicado a nosotros en Cristo». Por esto, el sacerdote «debe ser el primero en cultivar una gran familiaridad personal con la Palabra de Dios: no le basta conocer su aspecto lingüístico o exegético, que es también necesario; necesita acercarse a la Palabra con un corazón dócil y orante, para que ella penetre a fondo en sus pensamientos y sentimientos y engendre dentro de sí una mentalidad nueva: “la mente de Cristo” (1Co 2,16)». Por esto, concluye VD 80, las palabras, decisiones y actitudes del sacerdote «han de ser cada vez más una transparencia, un anuncio y un testimonio del Evangelio; “solamente ‘permaneciendo’ en la Palabra, el sacerdote será perfecto discípulo del Señor; conocerá la verdad y será verdaderamente libre” ». Es necesario por tanto que la Palabra de Dios se encarne en la vida del sacerdote. Solo siendo verdaderamente de Cristo, estando continuamente a su escucha, tratándole con familiaridad especialmente en la Eucaristía, podrá también trasmitir Cristo a los demás hombres.
A los 34 años, fui consagrado Arzobispo de Conakry. Teniendo en cuenta esta nueva responsabilidad y viviendo, además, en un contexto socio-político especialmente difícil, quise desarrollar, ante el mucho trabajo y la actividad pastoral, la oración diaria y la profundización de mi relación con Jesús. Después de la experiencia de un año, en el que vivía un día de retiro al mes, decidí dedicar cada dos meses tres días al ayuno, a la oración y a la reflexión, en los que tenía como únicos acompañantes al Santísimo Sacramento y la Sagrada Escritura. Como tenemos todos bien experimentado, en los días dedicados más específicamente a la oración, aumenta nuestra humildad y nuestro afán de santidad, se fortalece nuestra amistad con el Señor y el deseo de servir más a la Iglesia. Biblia y Eucaristía son el alimento indispensable para el sacerdote, y la fuente de su inspiración para su enseñanza y sus homilías.
Es ilustrativo notar que, en un parágrafo precedente, VD se dirige análogamente a los Obispos –esta vez en referencia a la exhortación apostólica postsinodal Pastores Gregis de Juan Pablo II – exhortándoles a que, como los más autorizados anunciadores de la Palabra, pusieran siempre «en primer lugar, la lectura y meditación de la Palabra de Dios» (VD 79). Y precisa el documento: «Todo Obispo debe encomendarse siempre y sentirse encomendado “a Dios y a la Palabra de su gracia, que tiene poder para construir el edificio y daros la herencia con todos los santificados” (Hch 20,32). Por tanto, antes de ser transmisor de la Palabra, el Obispo, al igual que sus sacerdotes y los fieles, e incluso como la Iglesia misma, tiene que ser oyente de la Palabra. Ha de estar como “dentro de” la Palabra, para dejarse proteger y alimentar como en un regazo materno» (VD 79).
Quisiera añadir a estas enseñanzas magisteriales unas elevadas consideraciones que el Beato Juan Pablo II formuló en una numerosa ordenación en Brasil sobre la actuación de Cristo en el sacerdote, en sus palabras y gestos, destacando la íntima e inseparable unión que entonces se realiza entre el sacerdocio de Cristo y el sacerdocio ministerial: «Jesús –decía el Beato Pontífice– nos identifica de tal modo consigo en el ejercicio de los poderes que nos confirió, que nuestra personalidad es como si desapareciese delante de la suya, ya que es Él quien actúa por medio de nosotros. “Por el sacramento del orden —dijo alguien acertadamente (el Papa cita a san Josemaría)—, el sacerdote se capacita efectivamente para prestar a Nuestro Señor la voz, las manos, todo su ser. Es Jesucristo quien, en la Santa Misa, con las palabras de la Consagración, cambia la sustancia del pan y del vino en su Cuerpo y en su Sangre” . Y podemos añadir: Es el propio Jesús quien, en el sacramento de la penitencia, pronuncia la palabra autorizada y paterna: “Tus pecados te son perdonados” (Mt 9,2; Lc 5,20; 7,48; cf. Jn 20,23). Y es Él quien habla, cuando el sacerdote, ejerciendo su ministerio en nombre y en el espíritu de la Iglesia, anuncia la Palabra de Dios. Es el propio Cristo quien cuida a los enfermos, los niños y los pecadores, cuando les envuelve el amor y la solicitud pastoral de los ministros sagrados» .
Una síntesis admirable de toda esta enseñanza de la que venimos hablando me parece encontrarla en la exhortación que hace la constitución dogmática Dei Verbum a todos los clérigos a que vivan de la Palabra, concretamente, «se sumerjan en las Escrituras con asidua lectura y con estudio diligente, para que ninguno resulte “predicador vacío y superfluo de la palabra de Dios que no la escucha en su interior”, puesto que deben comunicar a los fieles que se le han confiado, sobre todo en la Sagrada Liturgia, las inmensas riquezas de la palabra divina» (DV 25). Ciertamente, tal lectura y estudio diligente de la Palabra de Dios incumbe, según sus posibilidades, a todos los cristianos, como refiere a continuación DV 25 con expresión en cierto modo lapidaria: «El Santo Concilio exhorta con vehemencia a todos los cristianos en particular a los religiosos, a que aprendan “el sublime conocimiento de Jesucristo” (Flp 3,8), con la lectura frecuente de las divinas Escrituras. “Porque el desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo” . Lléguense, pues, gustosamente, al mismo sagrado texto, ya por la Sagrada Liturgia, llena del lenguaje de Dios, ya por la lectura espiritual, ya por instituciones aptas para ello, y por otros medios, que con la aprobación o el cuidado de los Pastores de la Iglesia se difunden ahora laudablemente por todas partes. Pero no olviden que debe acompañar la oración a la lectura de la Sagrada Escritura para que se entable diálogo entre Dios y el hombre; porque “a Él hablamos cuando oramos, y a Él oímos cuando leemos las palabras divinas”» . Me parece especialmente digno de mención el énfasis que hace el documento respecto a la unión entre la lectura de la palabra de Dios y la oración, pues la una sin la otra conduciría, o bien a una fraseología sin alma, o bien a un espiritualismo sin contenido.
3. La meditación de la Sagrada Escritura
El clérigo, y todo cristiano, debe centrar su vida en la Palabra de Dios, poniendo a Cristo en el centro de su existencia, y para esto, una vía necesaria que se ha de recorrer es la lectura asidua de la Sagrada Escritura, parte esencial, como hemos señalado, de ese conjunto de realidades a las que corresponde ser llamadas «Palabra de Dios» y que se relacionan con el Verbo eterno del Padre como reflejos de la imagen perfecta del Padre. El Catecismo de la Iglesia Católica (=CEC) expresa esa relación de la Escritura con la Palabra de Dios afirmando que «a través de todas las palabras de la sagrada Escritura, Dios dice sólo una palabra, su Verbo único, en quien él se da a conocer en plenitud (cf. Hb 1,1-3)» (CEC 102); afirmación a la que sigue como autorizado complemento el encomiable comentario de san Agustín: «Recordad que es una misma Palabra de Dios la que se extiende en todas las Escrituras, que es un mismo Verbo que resuena en la boca de todos los escritores sagrados, el que, siendo al comienzo Dios junto a Dios, no necesita sílabas porque no está sometido al tiempo» .
Es esta relación intrínseca con el Verbo del Padre, y por tanto con el Verbo Encarnado, lo que da a las Sagradas Escrituras su más alta definición teológica y las convierte en objeto de máxima veneración (cf. DV 21). No es extraño por eso, como indica VD 72, que los santos en la Iglesia hayan hablado siempre de la importancia de conocer la Escritura para crecer en el amor a Cristo; de modo ejemplar el documento menciona a san Jerónimo, llamado el «gran enamorado de la Palabra de Dios», que se preguntaba: «¿Cómo se podría vivir sin la ciencia de las Escrituras, mediante las cuales se aprende a conocer a Cristo mismo, que es la vida de los creyentes?» . San Jerónimo era plenamente consciente de que la Biblia es el gran instrumento «con el que Dios habla cada día a los creyentes» . Por eso daba el siguiente consejo a la matrona romana Leta para la educación de su hija: «Asegúrate de que estudie cada día algún paso de la Escritura [...]. Que la oración siga a la lectura, y la lectura a la oración [...]. Que, en lugar de las joyas y los vestidos de seda, ame los
Libros divinos» . Y al sacerdote Nepociano: «Lee con mucha frecuencia las divinas Escrituras; más aún, que nunca dejes de tener el Libro santo en tus manos. Aprende aquí lo que tú tienes que enseñar» . Por eso, se puede afirmar con las palabras del Catecismo de la Iglesia Católica, que «en la Sagrada Escritura, la Iglesia encuentra sin cesar su alimento y su fuerza (cf. DV 24) porque, en ella, no recibe solamente una palabra humana, sino lo que es realmente: la Palabra de Dios (cf. 1Ts
2,13). “En los libros sagrados, el Padre que está en el cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos” (DV 21)» (CEC 104). Pienso que unas palabras de san Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei, de profundo contenido pastoral, pueden ser muy provechosas en este contexto: «Al abrir el Santo Evangelio, piensa que lo que allí se narra –obras y dichos de Cristo– no sólo has de saberlo, sino que has de vivirlo. Todo, cada punto relatado, se ha recogido, detalle a detalle, para que lo encarnes en las circunstancias concretas de tu existencia. –El Señor nos ha llamado a los católicos para que le sigamos de cerca y, en ese Texto Santo, encuentras la Vida de Jesús; pero, además, debes encontrar tu propia vida. Aprenderás a preguntar tú también, con el Apóstol, lleno de amor: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?...”. –¡La Voluntad de Dios!, oyes en tu alma de modo terminante. Pues, toma el Evangelio a diario y vívelo como norma concreta. –Así han procedido los santos» . «No solo has de saberlo, sino que has de vivirlo»: es el mensaje que quiero yo también dirigiros.
Con la misma fuerza, Johannes Albrecht Bengel, un teólogo protestante (1687-1752) exhorta a los cristianos con estas palabras: «Te totum applica ad textum, rem totam applica ad te»; lo que podríamos traducir así: Aplícate enteramente al texto, con todo tu ser; todo lo que el texto dice, aplícatelo a ti mismo.
La lectura bíblica tiene que estar finalizada a modelar la vida del que lee, a transformar sus sentimientos e inteligencia, a identificar al hombre con Cristo, hasta que pueda pronunciar con sinceridad de corazón, como san Pablo, «y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Ga 2,20).
Para nutrir la vida de los jóvenes cristianos de Guinea, mi país, y para ayudarles a conocer, amar y tratar a Jesús como a un amigo, he tenido la alegría de organizar, durante más de veinte años, unas clases de formación humana y cristiana. Cada año, durante dos semanas, participaban en estas sesiones entre quinientos y seiscientos chicos y chicas. Estas dos semanas eran momentos de gracia para mí y para los jóvenes, que querían empaparse de la Palabra de Dios y vivir una experiencia personal con Jesús; no sólo a través del estudio de la Sagrada Escritura, sino también a través de la adoración del Santísimo Sacramento y la Misa diaria. El estudio de la Palabra de Dios y la contemplación de Jesús-Eucaristía van siempre unidos.
4. Oración, liturgia y homilía
La Palabra de Dios debe ser, en consecuencia, el continuo afán del alma del cristiano, del sacerdote en particular; alimento constante de su oración, que ha de ser ininterrumpida, como afirma el Apóstol: «Orad sin cesar. Dad gracias por todo, porque eso es lo que Dios quiere de vosotros en Cristo Jesús. No extingáis el Espíritu» (1 Ts 5,17-19; cf. Ef 6,18-20). Una oración constante, pues, y llena de deseos de avanzar en el camino hacia Dios, ha de ser la vida del cristiano.
Admirables son las palabras de VD 24 que, en relación a los Salmos –parte esencial de la Liturgia de las Horas, joya selecta y magnífica de la vida de la Iglesia–, afirma: «La Palabra divina nos introduce a cada uno en el coloquio con el Señor: el Dios que habla nos enseña cómo podemos hablar con Él. Pensamos espontáneamente en el Libro de los Salmos, donde se nos ofrecen las palabras con que podemos dirigirnos a Dios, presentarle nuestra vida en coloquio ante él y transformar así la vida misma en un movimiento hacia Él . En los Salmos, en efecto, encontramos toda la articulada gama de sentimientos que el hombre experimenta en su propia existencia y que son presentados con sabiduría ante Dios; aquí se encuentran expresiones de gozo y dolor, angustia y esperanza, temor y ansiedad. Además de los Salmos, hay también muchos otros textos de la Sagrada Escritura que hablan del hombre que se dirige a Dios mediante la oración de intercesión (cf. Ex 33,12-16), del canto de júbilo por la victoria (cf. Ex 15), o de lamento en el cumplimiento de la propia misión (cf. Jr 20,7-18). Así, la palabra que el hombre dirige a Dios se hace también Palabra de Dios, confirmando el carácter dialogal de toda la revelación cristiana y toda la existencia del hombre se convierte en un diálogo con Dios que habla y escucha, que llama y mueve nuestra vida. La Palabra de Dios revela aquí que toda la existencia del hombre está bajo la llamada divina ». Solo en la medida en que por la fe y la devoción la Palabra de Dios penetra en el alma del hombre –del sacerdote–, haciendo que éste se oriente a Dios como algo exclusivo de su vida, con todo su entendimiento y voluntad (cf. DV 5), se es capaz de comunicar esa Palabra a los demás hombres come ella realmente es, con todo el atractivo que encierra. No es posible de otro modo, porque la Palabra de Dios no se deja manipular: ella «es viva y eficaz y más cortante que espada de doble filo; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuentas» (Hb 4,12).
Por este motivo la Iglesia ha insistido constantemente en la lectura orante de la Sagrada Escritura, en el acercamiento meditado al texto sagrado, en cualquiera de las formas que han llegado a ser tradicionales en la Iglesia, como elemento fundamental de la vida espiritual de todo creyente. Con especial fuerza lo declaran las siguientes palabras de VD 86: «Los Padres sinodales han seguido la línea de lo que afirma la Constitución dogmática Dei Verbum: “Todos los fieles […] acudan de buena gana al texto mismo: en la liturgia, tan llena del lenguaje de Dios; en la lectura espiritual, o bien en otras instituciones u otros medios, que para dicho fin se organizan hoy por todas partes con aprobación o por iniciativa de los Pastores de la Iglesia. Recuerden que a la lectura de la Sagrada Escritura debe acompañar la oración” (DV 25). La reflexión conciliar pretendía retomar la gran tradición patrística, que ha recomendado siempre acercarse a la Escritura en el diálogo con Dios. Como dice san Agustín: “Tu oración es un coloquio con Dios. Cuando lees, Dios te habla; cuando oras, hablas tú a Dios” . Orígenes, uno de los maestros en este modo de leer la Biblia, sostiene que entender las Escrituras requiere, más incluso que el estudio, la intimidad con Cristo y la oración. En efecto, está convencido de que la vía privilegiada para conocer a Dios es el amor, y que no se da una auténtica scientia Christi sin enamorarse de Él» (VD 86).
Esta lectura orante adquiere un especial relieve en la liturgia, la «acción» del «Cristo total» (Christus totus), que llevando al hombre más allá de los signos le hace participar de la liturgia del cielo, «donde la celebración es enteramente Comunión y Fiesta» (CEC 1136). Y esto porque, si bien es verdad que la Palabra de Dios se dirige personalmente a cada hombre, no es menos cierto que se trata de una Palabra que ha sido dada a la Iglesia para construir la comunidad de los fieles. «En la lectura orante de la Sagrada Escritura, el lugar privilegiado es la Liturgia, especialmente la Eucaristía, en la cual, celebrando el Cuerpo y la Sangre de Cristo en el Sacramento, se actualiza en nosotros la Palabra misma. En cierto sentido, la lectura orante, personal y comunitaria, se ha de vivir siempre en relación a la celebración eucarística. Así como la adoración eucarística prepara, acompaña y prolonga la liturgia eucarística , así también la lectura orante personal y comunitaria prepara, acompaña y profundiza lo que la Iglesia celebra con la proclamación de la Palabra en el ámbito litúrgico» (VD 86). Esta relación entre lectura orante y liturgia permite entender los criterios que la Iglesia ha dado para orientar precisamente la lectura orante en el contexto de la pastoral y de la vida espiritual del Pueblo de Dios.
En este contexto, tiene especial importancia la homilía, que haciéndose eco de los textos litúrgicos, explicita a los fieles el mensaje evangélico. Recurro particularmente en este caso a un número de VD, el 59, texto que considero que vale la pena leer con especial detenimiento; un número cuyas fuentes explícitas se encuentran en el Misal Romano, y a la vez que se hace eco de la constitución dogmática Sacrosanctum Concilium. Leamos el pasaje en cuestión: «La homilía constituye una actualización del mensaje bíblico, de modo que se lleve a los fieles a descubrir la presencia y la eficacia de la Palabra de Dios en el hoy de la propia vida. Debe apuntar a la comprensión del misterio que se celebra, invitar a la misión, disponiendo la asamblea a la profesión de fe, a la oración universal y a la liturgia eucarística. Por consiguiente, quienes por ministerio específico están encargados de la predicación han de tomarse muy en serio esta tarea». Actualización del texto bíblico, descubrimiento de la eficacia actual de la Palabra de Dios, mayor comprensión del misterio eucarístico, profundización de la fe e invitación a difundir el mensaje evangélico, son pues las coordenadas constitutivas y la esencia de la homilía. Por eso «se han de evitar homilías genéricas y abstractas, que oculten la sencillez de la Palabra de Dios, así como inútiles divagaciones que corren el riesgo de atraer la atención más sobre el predicador que sobre el corazón del mensaje evangélico».
En consecuencia, «debe quedar claro a los fieles que lo que interesa al predicador es mostrar a Cristo, que tiene que ser el centro de toda homilía» (VD 59). El sacerdote buscará con sus palabras que los fieles puedan descubrir el rostro amable de Jesucristo que se encuentra en los cuatro Evangelios, que oigan y metan en práctica las inspiraciones que el Espíritu Santo suscita en sus corazones por la proclamación de la Palabra de Dios. La centralidad de Cristo en la homilía se refleja no solo en las palabras, sino en todas las actitudes del predicador: «Los fieles perciben el amor del celebrante a Cristo en el tono, en las expresiones, en la alegría, la sencillez, el entusiasmo. De ahí deriva el tipo peculiar de preparación requerida por la homilía: un estudio meditativo, íntimamente unido a la oración personal».
El texto de VD citado concluye diciendo: «Por eso se requiere que los predicadores tengan familiaridad y trato asiduo con el texto sagrado […]. El predicador tiene que “ser el primero en dejarse interpelar por la Palabra de Dios que anuncia” , porque, como dice san Agustín: “Pierde tiempo predicando exteriormente la Palabra de Dios quien no es oyente de ella en su interior” . Cuídese con especial atención la homilía dominical y la de las solemnidades; pero no se deje de ofrecer también, cuando sea posible, breves reflexiones apropiadas a la situación durante la semana en las misas cum populo, para ayudar a los fieles a acoger y hacer fructífera la Palabra escuchada» (VD 59).
Unas últimas palabras
Para concluir, quiero volver a insistir en algo que es esencial para nuestra fe: que la «Palabra de Dios», siendo por excelencia el Verbo eterno del Padre, la Persona del Hijo Eterno, que el Padre pronunció antes de todos los siglos, que se hizo carne, entró en el tiempo y en la historia de los hombres para llevar a cabo nuestra salvación, esa Palabra debe llenar toda la vida del cristiano y especialmente del sacerdote. «Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros» (Jn 1,14).
La Palabra de Dios es por tanto una Persona, que vino a este mundo para hacernos descubrir el significado de nuestra existencia y mostrarnos los caminos que conducen hacia la plena felicidad, hacia Dios. Por eso, como enseña CEC 108, no hemos de perder de vista que «la fe cristiana no es una “religión del Libro”. El cristianismo es la religión de la “Palabra” de Dios, “no de un verbo escrito y mudo, sino del Verbo encarnado y vivo”. Para que las Escrituras no queden en letra muerta, es preciso que Cristo, Palabra eterna del Dios vivo, por el Espíritu Santo, nos abra el espíritu a la inteligencia de las mismas (cf. Lc 24,45)». No está centrada nuestra fe, por tanto, en un texto, aunque en el caso de la religión cristiana se trate del más excelente de los textos y ocupe ese lugar excelso de hacernos asequible el conocimiento de Aquel que es «camino, verdad y vida». En esto el cristianismo mantiene, respecto a los escritos en los cuales se inspira, una relación única, que ninguna otra tradición religiosa puede tener. Pero no hemos de perder de vista que es hacia Cristo a donde vamos; hacia una Persona, que debe ser el punto referencial de nuestra existencia y al que aclaman también las realidades creadas, la vida de los santos y toda la realidad de la Esposa de Cristo. Y ese Cristo «vive para siempre», poseyendo «un sacerdocio perpetuo», por eso «puede salvar perfectamente a los que se acercan a Dios a través de él, ya que vive siempre para interceder por nos otros» (Hb 7,24-25). Ese Cristo es el que el sacerdote ha de hacer vida de su vida hasta identificarse con El, a través de una oración continua que sabe encontrarle en todas las realidades creadas, humanas y divinas.
Pero el cristiano está llamado a proclamar la verdad. Lo que es vida suya lo ha de trasmitir a otros; a todos: «Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15), nos ha dicho el Señor. El sacerdote, en particular, sabe que por el Sacramento del Orden, está configurado a Cristo Sacerdote, Maestro, Santificador y Pastor de su Pueblo. Esta es la identidad de los sacerdotes que siendo «representación sacramental de Jesucristo, Cabeza y Pastor, proclaman con autoridad su palabra; renuevan sus gestos de perdón y de ofrecimiento de la salvación, principalmente con el Bautismo, la Penitencia y la Eucaristía; ejercen, hasta el don total de sí mismos, el cuidado amoroso del rebaño, al que congregan en la unidad y conducen al Padre por medio de Cristo en el Espíritu». De ahí que junto a su oración personal, que debe ser a la vez litúrgica, el sacerdote se sienta llamado a proclamar la verdad sobre Cristo desde esa misma liturgia. La homilía adquiere así un significado del todo especial. Es la expresión de una verdad que ha llenado la vida del que habla.

Para aprovechar el mes de mayo


Mes de mayo. El Señor quiere de nosotros que no desaprovechemos esta ocasión de crecer en su Amor a través del trato con su Madre. Que cada día sepamos tener con Ella esos detalles de hijos —cosas pequeñas, atenciones delicadas—, que se van haciendo grandes realidades de santidad personal y de apostolado, es decir, de empeño constante por contribuir a la salvación que Cristo ha venido a traer al mundo[1].
Está en la tradición de la Iglesia que en muchos lugares se dedique el mes de mayo a la Santísima Virgen María. En este tiempo, los cristianos nos esforzamos por tener más presente en nuestro corazón a la Madre de Dios, con un amor que se traduce en prácticas de cariño filial con la Virgen.
San Josemaría se conmovía con las manifestaciones multitudinarias de amor a la Virgen, pero siempre decía que tenía predilección por la romería hecha individualmente o en grupos reducidos, quizá sólo de dos o tres personas. Respeto y amo esas otras manifestaciones públicas de piedad, pero personalmente prefiero intentar ofrecer a María el mismo cariño y el mismo entusiasmo, con visitas personales, o en pequeños grupos, con sabor de intimidad[2].
En 1935, después de su primera visita al santuario de Sonsoles, en tierras de Ávila, el fundador del Opus Dei estableció que, como muestra de amor a la Virgen, todos los fieles de la Prelatura hicieran cada año, en el mes de mayo, una romería a un Santuario o lugar donde se venere una imagen de Santa María. Desde entonces, esa costumbre se ha difundido entre muchas otras personas que han entrado en contacto con su mensaje.
La romería de mayo es una visita a la Virgen hecha con amor filial. Lo que hacía San Josemaría era rezar tres partes del Rosario: una, en el camino de ida; otra —que solía ser la correspondiente al día de la semana, con las letanías—, en el santuario o ante la imagen de Nuestra Señora que había ido a visitar; y la tercera, en el camino de regreso.
Se pueden ofrecer a Santa María pequeñas mortificaciones por las necesidades personales y de toda la Iglesia: hacer a pie al menos la última parte del trayecto; aceptar con alegría las incomodidades del camino o las inclemencias del tiempo; privarse del pequeño refrigerio que sería normal en un paseo, etc.
La romería de mayo tiene un marcado espíritu apostólico. San Josemaría animaba a hacerla en compañía de amigos o parientes y a aprovechar para sugerirles algún paso adelante en su vida cristiana. 
Muchas conversiones, muchas decisiones de entrega al servicio de Dios han sido precedidas de un encuentro con María. Nuestra Señora ha fomentado los deseos de búsqueda, ha activado maternalmente las inquietudes del alma, ha hecho aspirar a un cambio, a una vida nueva. Y así el haced lo que El os dirá se ha convertido en realidades de amoroso entregamiento, en vocación cristiana que ilumina desde entonces toda nuestra vida personal [3].
“Una manifestación particular de la maternidad de María —decía el Beato Juan Pablo II en Fátima— la constituyen los sitios donde Ella se encuentra con los hombres, las casas donde habita; lugares donde se nota una particular presencia de la Madre. En todos estos lugares se cumple de modo admirable el singular testamento del Señor crucificado. Allí, el hombre es confiado a María, allí acude con presteza a encontrarse con Ella como con la propia Madre; le abre su corazón, le habla de todo; la recibe en su propia casa, es decir, le hace partícipe de todos sus problemas”. 



[1] San Josemaría, Es Cristo que pasa, 149. La romería de mayo es una visita a la Virgen hecha con amor filial. Lo que hacía San Josemaría era rezar tres partes del Rosario.
[2] Ibid., 139
[3] Ibid., 149

FELIZ DIA MAMÁ, FELIZ DÍA PARA TODAS LAS MADRES


26 de abril de 2012

XLIX JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES. EL SACERDOTE, CORAZÓN DE PASTOR


“Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas…Yo soy el buen pastor, conozco las mías y las mías me conocen…Tengo otras ovejas que no son de este redil, a esas también es necesario que las traiga, y oirán mi voz y formarán un solo rebaño, con un solo pastor. Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy libremente. Tengo potestad para darla, y tengo potestad para recuperarla. Éste es el mandato que he recibido de mi Padre” (Jn. 10,11-18).



El buen pastor conoce a cada una de sus ovejas, las llama por su nombre. En este cuidado solícito y amoroso, hay un recordatorio de nuestro ser pastores de la Iglesia; sí, queridos amigos, en un diálogo con el Señor, siempre presente en medio de nosotros en la Eucaristía [en su cuerpo, alma, sangre y divinidad], sea él quien nos hable. No les niego, no es fácil compartir unas líneas con otros hermanos sacerdotes. Pero les diré como llegó a decir el Cardenal Van Tuan, cuando comenzaba a dar sus ejercicios espirituales a la Curia romana, contando esta bella historia: «La de un famoso predicador que fascinaba al público. Delante de su púlpito, un viejecito seguía fielmente todos sus sermones. El predicador estaba muy contento de su éxito. Un día se le apareció un ángel: “Me congratulo contigo por tus conferencias… ¡Eres excelente! Pero ¿Recuerdas a ese viejecito que viene siempre a escucharte?”. “Sí, lo he visto”, responde el predicador. Y el ángel añade: “Que sepas que él viene, no para escucharte, sino PARA REZAR POR TI. GRACIAS A SUS ORACIONES, TUS SERMONES HACEN TANTO BIEN A LOS FIELES”. Por eso, les digo, terminaba el Cardenal, cuento con sus oraciones. Igualmente yo, pido sus oraciones».


“Yo soy el buen pastor” (Jn. 10, 11. 14). Estas palabras de Cristo resonarán en toda la Iglesia, en el IV domingo de Pascua. Él, el Señor, es el Pastor que da la vida por su grey. En él se cumple la promesa que el Dios de Israel hizo por boca de los profetas: “Yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él” (Ez 34, 11). “El buen pastor da la vida por las ovejas” (Jn. 10, 11). Cristo apacienta al pueblo de Dios con la fuerza de su amor, entregándose a sí mismo como sacrificio. Cumple su misión de pastor convirtiéndose en Cordero inmolado. Sacerdos et hostia.


San Pedro nos exhorta: “Apacentad la grey de Dios que se os ha confiado, gobernándolo no a la fuerza, sino de buena gana según Dios, no por mezquino afán de lucro, sino de CORAZÓN” (1P. 5, 2). Nuestra solicitud, como sacerdotes ha de ser ejemplar. Jesús, cuando nos llamó, lo hizo con imperio y ternura, como Yahvé a sus profetas y enviados: Moisés, Samuel, Isaías... Nunca los llamados merecieron en modo alguno la vocación para la que fueron elegidos, ni por su buena conducta, ni por sus condiciones personales, “nos llamó con vocación santa, no en virtud de nuestras obras, sino en virtud de su designio” (2 Tim 1, 9).


“Recuerden [los presbíteros] que su ministerio sacerdotal (...) está ordenado — de manera particular — a la gran solicitud del Buen Pastor, que es la solicitud por la salvación de todo hombre. Todos debemos recordar esto: que a ninguno de nosotros es lícito merecer el nombre de mercenario, o sea, uno que no es pastor dueño de las ovejas, uno que ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye, porque es asalariado y no le importan las ovejas. La solicitud de todo buen pastor es que los hombres tengan vida, y la tengan en abundancia, para que ninguno se pierda, sino que tengan la vida eterna. Esforcémonos para que esta solicitud penetre profundamente en nuestras almas: tratemos de vivirla. Sea ella la que caracterice nuestra personalidad, y esté en la base de nuestra identidad sacerdotal” (Beato Juan Pablo II, Carta a todos los sacerdotes, n. 7).


Nuestro ministerio está ordenado al gran Cuidado del Buen Pastor que es la solicitud por la salvación de todos los hombres: “Tengo otras ovejas que no son de este redil, a esas también es necesario que las traiga, y oirán mi voz y formarán un solo rebaño, con un solo pastor” (Jn. 10, 16)


“La atención particular por la salvación de los demás – escribió el Beato Juan Pablo II –, por la verdad, por el amor y la santidad de todo el pueblo de Dios que se encomienda a los sacerdotes se realiza de diversas maneras” (y que debemos tenerla muy presenta en nuestro esfuerzo diario). Son varios los caminos: pastoral parroquial, tierras de misión, la enseñanza, lo enfermos, el dolor, que no se pueden separar; el mismo estudio (que el Santo Padre Benedicto XVI, nos dice: familiaridad con la Sagrada Escritura), el trabajo personal (del que a veces huimos) que se concreta en nuestro centro vital como es la Eucaristía diaria, la oración personal, para sentir la llamada divina en medio de tantas voces que llenan la vida diaria (Cf. Benedicto XVI, con ocasión de la XLIX jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, 2012), el compartir la mesa, etc.,). “A pesar de sus diferencias, sigue diciendo el Beato Juan Pablo II, son siempre y en todo lugar caminos de nuestra específica vocación: sois portadores de la gracia de Cristo, Eterno Sacerdote y del Carisma del Buen Pastor…” (Carta con ocasión del Jueves Santo, 1979)


Por eso, podíamos decir cuatro son las condiciones (aunque se pueden decir más) que debe reunir el buen pastor ¿Dónde se adquiere? Lógico que desde la formación en el seminario, pero va fortaleciéndose aún más en el día a día (oración, confesión y Santa Misa).


En primer lugar, EL AMOR: fue precisamente la caridad la única virtud que el Señor exigió a Pedro para entregarle el cuidado de su rebaño (Jn. 21,15-25). “En el Hijo Jesús –afirma el Apóstol– «nos eligió antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor» (Ef. 1,4). Somos amados por Dios incluso “antes” de venir a la existencia. Movido exclusivamente por su amor incondicional, él nos “creó de la nada” (cf. 2M 7,28) para llevarnos a la plena comunión con Él…El descubrimiento de esta realidad es lo que cambia verdaderamente nuestra vida en lo más hondo” (Benedicto XVI, con ocasión de la XLIX jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, 2012). LA VIGILANCIA, para estar atento a las necesidades de las ovejas (c. 212 § 2 y 3). En tercer lugar, LA DOCTRINA, con el fin de poder alimentar a los hombres hasta llevarlos a la salvación. El Pueblo de Dios tiene derecho a escuchar de los labios de sus sacerdotes la Palabra íntegra, sin adulterarla, sin arrancar páginas. Tiene derecho igualmente a que le entreguemos la doctrina genuina, sin reduccionismos, en comunión estrecha con el Magisterio del Papa y de los Obispos. “No anunciamos teorías y opiniones privadas, sino la fe de la Iglesia, de la cual somos servidores” (Benedicto XVI, Misa Crismal 2012). Y finalmente LA SANTIDAD E INTEGRIDAD DE VIDA; ésta es la principal de todas las virtudes. Si fuéramos más santos, más celosos, más ejemplares y apostólicos, místicos y testigos al mismo tiempo, con una fuerte experiencia de Dios, florecería más la vida cristiana de nuestro pueblo, que necesita del acompañamiento cercano de sacerdotes santos.


El aburguesamiento espiritual y la tibieza es la situación espiritual más peligrosa que puede acechar a un cristiano, y mucho más a un sacerdote, porque el tibio no es consciente de su situación ni de los peligros que le amenazan. En consecuencia, no siente la necesidad de convertirse. Tenemos que ser “testigos e instrumentos de la misericordia divina, somos y debemos ser hombres que sepan infundir esperanza y hacer obras de paz y reconciliación” (Beato Juan Pablo II). “Sin mí, no podéis hacer nada” (Jn. 15, 5), Este «nada» es el signo de una dependencia total, de la necesidad del desprendimiento de nosotros mismos, pero es también el signo de la grandeza del don que hemos recibido.


Se trata de consejos que nos pide llevar una vida espiritual intensa, rica de aquellas cualidades y virtudes que son típicas de la persona que está llamada a ser como Cristo Buen Pastor. “Es poner en práctica una serie de elementos como son: La identidad con Cristo; Unidad de vida; Un camino especifico hacia la Santidad; la fidelidad a la disciplina eclesiástica; Conocer y amar la comunión eclesial; y sentido de lo universal en lo particular” (Cf. CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, El presbítero, Pastor y Guía de la comunidad).


“De la abundancia del corazón es que habla la boca” (Mt 12, 34). Nuestra vida, ha de asemejarse al Corazón de Cristo, el Buen Pastor, nuestro único modelo (es vernos por dentro como somos y si correspondemos a los mismos sentimientos de Cristo o estamos divididos [Cf. Fil. 2, 5]). “Yo no cuento con un corazón para amar a Dios, y con otro para amar a las personas de la tierra. Con el mismo corazón con el que he querido a mis padres y quiero a mis amigos, con ese mismo corazón amo yo a Cristo, y al Padre, y al Espíritu Santo y a Santa María” (S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Es Cristo que pasa, 166).


El trato con el Señor nos capacita para amar más. Y amar, como amó (y me ama) Cristo.


Ante todo esto ¿Qué se espera de nosotros? Que seamos santo (aunque nunca lleguemos a ser elevado a los altares) y que, siéndolos, ayudemos a otros a serlo también. O, cuando menos, a ser menos pecadores. Ver virtudes como fidelidad, coherencia de vida, sabiduría, la acogida a todos, la afabilidad, la firmeza doctrinal en las cosas esenciales, el desprendimiento personal, ya que muchas veces estamos apegados a cosas materiales que nos aleja del Señor, de su corazón. Ponemos nuestra confianza en cosas que no llenan el corazón. Lo que nuestro corazón anhela es Cristo, nuestro ideal profundo, quien cautiva nuestra vida; y la Iglesia es el camino y campo de acción. Él sólo con sus palabras y mirada cautivó el corazón de sus Apóstoles; y hoy presente en el altar, en el Sagrario, nuevamente dirige su mirada a cada uno de nosotros. Él sigue siendo hoy el motivo de vivir de millones de personas, y ejemplo de ello, somos nosotros que hemos dejado todo, por entregarle nuestro corazón al recibir su llamada, y a la que buscamos corresponderle. Por eso, Señor, te damos gracias, por la maravillas que realizas en nosotros en cada Eucaristía; queremos imitarte, seguirte sólo a ti, y reunir en un solo rebaño a tus hijos dispersos, la paciencia, el gusto por el esfuerzo diario, etc.


Cristo es el camino de nuestra realización; y el cultivo de nuestra personalidad está fundada en lanzarnos en una prodigiosa entrega a los demás: Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas, en generosidad sin límites; en una donación total sin división.


Todo esto es posible, desde el seminario que es la gran escuela del Evangelio. Y como dice un texto de la segunda Biblia del seminarista, como es la Pastores Dabo Vobis (así la conocí en mis primeros años de formación en el seminario, y que seguramente muchas veces han meditado cada uno al leerla. A mí siempre me ha servido en mi camino no sólo del seminario, sino también ahora como sacerdote): “el seminario debe ser un ambiente espiritual, un itinerario de vida, una atmósfera que favorezca y asegure el proceso, de manera que el ha sido llamado por Dios al sacerdocio – tu y yo – pueda llegar a ser una imagen viva de Jesucristo Cabeza y PASTOR de la Iglesia…vivir en el seminario, escuela del Evangelio, es vivir en el seguimiento de Cristo como los apóstoles; es dejarse educar por él para el servicio del Padre y de los hombres, bajo la conducción del Espíritu Santo. Más aún, es DEJARSE CONFIGURAR CON CRISTO BUEN PASTOR para un mejor servicio sacerdotal en la Iglesia y en el mundo. Formarse para el sacerdocio es aprender a dar una respuesta personal a la pregunta fundamental de Cristo: ¿ME AMAS? Para el futuro sacerdote, la respuesta no puede ser sino el don total de su vida” (PDV. 42 c)


El Señor es mi pastor nada me falta (Ps. 22.1) junto aguas de reposo me pastoreará, confortará mi alma. El sacerdote es el hombre de la Palabra, a quien corresponde la tarea de llevar el anuncio evangélico a los hombres y a las mujeres de su tiempo. Debe hacerlo con gran sentido de responsabilidad, comprometiéndose a estar siempre en plena sintonía con el magisterio de la Iglesia. Es también el hombre de la Eucaristía, mediante la cual penetra en el corazón del misterio pascual. Especialmente en la santa misa siente la exigencia de una configuración cada vez más íntima con Jesús, buen Pastor, sumo y eterno Sacerdote. Todo ello es posible, en cada uno, de lo que hagamos en nuestro itinerario de vida, que comenzó en el seminario, y lo vamos fortaleciendo en el día a día. Siempre tengo muy vivas y presente en mi vida personal aquellas palabras de mi primer rector Mons. José Francisco Jiménez: “Todo cuanto dejes de hacer en el seminario, después como Sacerdote no lo harás…”. Por eso, hemos de aprovechar todos los medios que se nos brindan para nuestra vida sacerdotal, y no desperdiciarlos. Que no se haya quedado sólo en nuestro paso por el Seminario.


Por eso, alimentados de la palabra de Dios; conversando todos los días con Cristo realmente presente en el Sacramento del altar, nos dejamos conquistar por el amor infinito de su Corazón y prolongamos la adoración eucarística en los momentos importantes de nuestra vida, en las decisiones personales y difíciles, al inicio y al final de nuestras jornadas. Configurados con Cristo, Buen Pastor, seremos los ministros de la misericordia divina.


Pero, para poder cumplir dignamente la misión que se nos confió, debemos mantenernos constantemente unidos a Dios en la oración, y experimentar nosotros mismos su amor misericordioso mediante una práctica regular de la confesión, dejándonos también guiar por expertos consejeros espirituales. Esto tener nuestro corazón metido en el corazón del Buen Pastor. Toma Señor mi corazón, haz de mí lo que quieras, sea lo que sea, te lo entrego todo.


La Virgen María, que al pie de la cruz se unió al sacrificio de su Hijo y que él nos dio como Madre, nos asista con su intercesión, para que seamos imagen fiel del buen Pastor en medio de nuestros hermanos, en medio de nuestras comunidades parroquiales. Ella nos proteja con su ayuda materna y nos haga sacerdotes cada vez más conformes al Corazón de su Hijo, Sumo y eterno Sacerdote, corazón de Pastor. Amén.



Pbro. Williams Campos
Administrador Parroquia de la Parroquia Cristo Rey

20 de abril de 2012

Fin último. Filiación divina. Virtudes y dones

CASO:

Concha tiene una amiga, Dori, bastante alejada de la práctica cristiana. Algunas veces ha intentado que cambie, pero no sólo no le hacía caso, sino que parecía enfadarse al oír hablar de esos temas.
Un día, tras estudiar las dos varias horas en casa de Concha, hablan de muchas cosas, y acaban por tratar del sentido de la vida. Concha le dice que nunca ha querido molestar ni ser una carga, sino que habla de esto porque es amiga suya y quiere para ella lo mejor. Le explica que cree de verdad que sólo Dios da sentido a la vida, que estamos hechos para amar a Dios, que es nuestro Padre; que sólo viviendo en gracia y esforzándonos por quererle somos felices; y que, aunque a primera vista sea muy costoso, la ayuda de Dios nunca falta y "al final resulta que no es para tanto".
Dori le agradeció de verdad el interés que se tomaba por ella y le dijo que le iba a contar lo que le pasa por ser su amiga, pues nunca lo había hablado con nadie. Resulta que su padre era una persona insoportable, y durante años había hecho insufrible la convivencia familiar, hasta que al fin se fue de casa, dejando a su madre mal de los nervios. Cada vez que pensaba en su padre, "sentía un rechazo, que no podía evitar por mucho que lo intentara". Pensaba que le odiaba. Había intentado olvidarlo algunas veces, e incluso había ido a confesarse, pero sólo le decían que perdonase, y entonces el tema volvía a su cabeza, si cabe con más fuerza, y sólo había conseguido empeorar la situación. Incluso recordaba una vez que, yendo a comulgar inmediatamente después de confesarse, de repente le apareció en la imaginación la cara de su padre, y acabó por salirse de la fila. Por eso había acabado "mandándolo todo a paseo".
Añadió que comprendía que Concha viviese como lo hacía, con una familia normal y sin problemas, pero que para ella era imposible, y no se le podía acusar de no haberlo intentado. Además, cuando le había dicho que Dios es nuestro Padre le había dado un escalofrío al oír la palabra "padre": "fíjate, que hasta a veces pienso que no me quiero casar nunca para que mis hijos, si es que tengo, no tengan padre". Si Dios de verdad quería y esperaba de ella lo que Concha decía, no entendía por qué permitía que le pasara eso y no la ayudaba: "a ti ya se ve que cada vez vas mejor, pero lo que es a mí...; y no me quiero proponer nada serio porque no tengo fuerzas para nada, ni para estudiar: la cabeza se me va a otro sitio". Total, que por eso estaba así: ya no se fiaba de nada ni de nadie.
Concha se quedó helada cuando oyó todo eso. No se esperaba una cosa así, y no supo qué decir. Al final, le comentó que necesitaba pensar en todo lo que le había dicho, y ya le contestaría más adelante.

Preguntas que se formulan:
— ¿Qué significa que el cristiano es hijo de Dios? ¿Puede decirse que el fundamento para una vida cristiana está en confiar en Dios? ¿Por qué? ¿Qué motivos hay para esa confianza?
— ¿La llamada por Dios a la santidad es para todos, sin excepciones? ¿Cuál es el motivo?
— ¿Puedes apreciar alguna influencia de mundo, demonio y carne en la situación expuesta?
— ¿Hay alguna diferencia entre "sentir un rechazo" y odiar? ¿Qué diferencia hay entre una pasión y un acto malo? ¿Y entre sentir y consentir? ¿Pueden dominarse las pasiones, incluso en un caso como éste? ¿Cómo?
— ¿Es desde un punto de vista humano insuperable esta situación? ¿La gracia altera de alguna manera la respuesta a esa pregunta? ¿Cómo? ¿La existencia de la gracia da pie para poder explicar por qué Dios tolera males? ¿Qué significa tener visión humana y visión sobrenatural en este caso?
— ¿De verdad puede decirse que Dori puso todos los medios? ¿Cuáles son los medios sobrenaturales imprescindibles?
— ¿A qué se debe que a Dori le falten las fuerzas para afrontar cualquier esfuerzo? ¿Y que Concha cada vez vaya mejor se debe sólo a sus circunstancias favorables y el crecimiento natural?
— ¿Qué responderías al oír una situación como ésta?


Comentario
Concha es prudente cuando dice que necesita tiempo para pensar las cosas y dar una respuesta. La precipitación es mala consejera. Si medita —que es algo más que pensar— en la situación, quizás vería que es una buena oportunidad para darle la vuelta al planteamiento de su amiga.
Todos los hombres tienen una dignidad, conforme a la cual deben vivir, por tener una naturaleza que les hace ser personas. Pero resulta que tenemos una dignidad aún mayor, que nos viene por el bautismo: la condición de hijos de Dios. Es una dignidad de la que puede decirse que es más divina que humana, ya que no se trata sólo de un título —el de adopción, sino de una verdadera participación de la naturaleza y la vida divinas. La gracia, infundida en nuestras almas, hace posible esta realidad. Claro está que esto trae consigo nuevas responsabilidades: el deber de vivir como hijos de Dios. Esto hace que la moral cristiana añada una nueva dimensión a la que podríamos llamar "moral natural", sin negar ninguna de las exigencias de ésta, pues la condición de hijos de Dios no anula —al revés, dignifica— nuestra condición humana.
La adopción es un hecho singular, como singular es para cada uno el bautismo, por el cual Dios nos adopta. Esto quiere decir que Dios nos acoge, nos acepta, nos llama, uno a uno: es la llamada divina para cada hombre y mujer, la vocación cristiana. Es singular... y es universal, porque a todos invita a ser hijos. En el caso expuesto, habría que explicar a Dori que ese rechazo hacia su padre es comprensible, pero que no puede extenderlo a todo padre; al revés, no tendría ese rechazo tan fuerte de haberse tratado de un extraño, precisamente porque de un padre cabía esperar otro tipo de comportamiento.
Con otras palabras, la aversión no nace por tratarse de su padre, sino por haber defraudado como padre. Pues bien, gracias a la fe que conserva —se nota que la conserva—, debe entender que Dios es un Padre que no defrauda, que no puede defraudar, que tiene preparado lo mejor para sus hijos; que, como buen Padre, nos va divinizando con la gracia y nos reserva lugar en su propia casa —el cielo—, para disfrutar eternamente, sobre todo de Él mismo: algo que sólo un hijo podría esperar. El que un mal padre haya podido causarle tanto daño pone de manifiesto la necesidad que tenía de un buen padre. Y lo mismo sucede en la vida espiritual, sólo que en este caso no se debe a unas lamentables circunstancias exteriores, sino al abandono propio. Si un padre poco ejemplar puede hacerle mal, cuánto bien podrá hacerle un buen padre. Y si ese padre es nada menos que Dios...
A primera vista, puede parecer que el título de “padre” aplicado a Dios corresponde al Creador con respecto a sus criaturas, al menos cuando éstas tienen, como el hombre, espíritu. Pero esto no es a lo que se refiere el cristianismo cuando habla de Dios como Padre. Hay algo más, y aun más importante. Se trata de la adopción divina, y su consecuencia en el hombre: la filiación adoptiva. Dios nos ha adoptado como hijos. Pero el concepto de "adopción" puede dar lugar a equívocos. No se trata de una adopción como las que hay en el mundo. En éstas, no cabe más que algo externo: se considera a una persona como hija de otra, cuando en realidad no lo es. Dios puede hacer más, y nos hace verdaderamente hijos: recibimos en lo más íntimo una realidad divina, que nos da una semejanza con Dios mismo: es la gracia santificante, que recibimos por primera vez en el Bautismo. Jesucristo nos la consiguió.
La condición de hijos nos permite darnos cuenta de la confianza que debemos poner en Dios y la confianza con la que debemos tratarle: la propia de hijos. También nos explica la exigencia de la vida cristiana: la propia de hijos de Dios. Así, el "sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto" (Mt. 5, 48) no indica sólo un término de comparación, sino también el motivo: los hijos se deben parecer a su Padre. La condición de hijos es la razón de la llamada universal a la santidad.
Pues bien, alcanzar esta plenitud de vida divina, destino eterno del hombre, pasa a ser para los hijos de Dios su fin último, lo que da sentido a sus vidas.
Dori replica que si Dios es su padre no puede comprender cómo permite que le suceda lo que le ha sucedido. Es comprensible. Para intentar entenderlo, hay que pensar en primer lugar en la desproporción entre el sufrimiento que pueda haber aquí y la gloria que nos espera; aunque sólo fuera por la eternidad de esta última, ya nos podemos dar cuenta de que lo que se puede padecer aquí es poco en comparación con el gozo sin fin. Cuando se sufre por alcanzar algo que vale la pena, una vez alcanzado se olvida uno de lo que le ha costado, o, si se acuerda, suele ser para estar orgulloso de ello. Piénsese, por ejemplo, en una asignatura difícil, como Bioquímica (bueno eso es lo que me han comentado). El valor redentor del sufrimiento humano: es una invitación a asociarnos a la Cruz del Señor... para asociarnos después a su gloria. Además, la providencia divina aprovecha esas situaciones difíciles para acercar a las almas hacia Sí: una invitación a buscar en Dios el refugio y la fortaleza que necesitamos. Se podrá contestar que todo esto es cierto, pero que también lo es que eso no se suele pensar en el trance del sufrimiento, sino después, cuando ha acabado. Es verdad, pero aquí es donde hay que pedir —a Dori, en el caso expuesto— un voto de confianza: de fe y de esperanza.
Dori, con todo, piensa que eso, dada su situación, es imposible, y que además no se puede decir que no lo haya intentado. ¿Y no es verdad? ¿Remontar esa situación no es algo que supera sus fuerzas humanas? Sí... y no. Tal como se formula la pregunta, sí: supera sus fuerzas humanas. Pero no son las únicas con las que cuenta. Dios nos pide vivir como hijos suyos —nos pide que seamos santos: "sed pues perfectos como perfecto es vuestro Padre celestial" (Mt. 5, 48)—, y eso supera nuestras posibilidades humanas. Sin embargo, junto con la nueva meta nos proporciona los medios para conseguirla: la gracia lleva consigo una ayuda divina, que se concreta en las virtudes infusas y en los dones del Espíritu Santo. Y "fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas" (I Cor. 10, 13). O sea, que lo que resulta inalcanzable con las solas fuerzas humanas, resulta asequible si se ponen los medios sobrenaturales. Éstos son sobre todo la frecuencia de sacramentos y la oración. Lo que dice Concha es cierto: lo que parece insuperable, acudiendo a la gracia y con un poco de paciencia, acaba por "no ser para tanto". Y esto, claro está, no depende de las circunstancias.
De todas formas, tampoco hay que olvidar que entre los medios con que cuenta la providencia divina se encuentran "los demás": Dios cuenta con nosotros como instrumentos suyos, la ayuda que podemos dar forma parte de los planes divinos de salvación. De ahí la responsabilidad que tenemos de responder a nuestra llamada divina, pues no sólo abarca nuestra vida, sino también las vidas ajenas. Lo que Dori oía en el confesonario era, sin lugar a dudas, correcto. Pero resultaba insuficiente: era indicarle qué tenía que hacer, pero no cómo debía hacerlo. Y el resultado era aumentar su desasosiego. Por fortuna, su amiga Concha resultó ser más positiva. Aunque, claro está, deberá saber seguir bien lo que tan bien ha comenzado. Por ser amiga y plantear las cosas de un modo tan esperanzador, ganó la confianza de su amiga, y con ello el primer paso para salir del problema. Porque ese encerrarse en sí misma sin confiar en nadie sólo podía conducir a donde estaba conduciendo: un progresivo deterioro, no sólo de lo sobrenatural, sino también de lo humano. Quizás fuera un poco inmodesto que Concha lo dijera a su amiga, pero lo cierto es que en esa "ayuda de Dios que nunca falta" estaba incluida... ella.
Es claro, por tanto, que la vida cristiana es exigente, muy exigente; carecería de sentido negarlo. Ahora bien, ¿tiene razón Concha al decir que, aunque a primera vista sea muy costoso, "al final resulta que no es para tanto"? Sí: bien interpretado, es la verdad. De entrada aparece como muy costoso, porque se ve con más facilidad lo que se nos pide que la ayuda que se nos proporciona para conseguirlo. Con esa ayuda, aunque no sea fácil siempre está al alcance de la mano. Esa ayuda es invisible, pero eficaz: esa misma gracia que nos hace hijos de Dios, nos proporciona también ayuda para portarnos como tales. Por eso, entre otras razones, es importantísimo vivir en gracia de Dios: sin ella, la vida cristiana se hace inasequible; con ella, si no falta el esfuerzo por nuestra parte, se avanza. Por eso Dori puede ver en su amiga que cada vez va mejor. Lo que no entiende es que no es un asunto de puras fuerzas humanas, de pura voluntad. Le falta "ver" la gracia: falta visión sobrenatural.
Hay, sin lugar a dudas, obstáculos; en esta lucha hay también enemigos. Tradicionalmente se los enumeraba como "mundo, demonio y carne". No son "las circunstancias", de modo impersonal, lo que dificulta la vida de la gracia. El enemigo es siempre personal: las palabras citadas corresponden al demonio, a los demás y a uno mismo.
La palabra "mundo" puede tomarse con varios significados. En el caso que nos ocupa tiene un sentido bastante negativo, y se refiere al ambiente humano que incita al pecado, algo, por desgracia, muy frecuente en todas las épocas. Es el ambiente que nos rodea, que debería incitar al bien, pero muchas veces incita al mal. En este caso viene representado por uno de los ambientes más influyentes en las personas: el familiar. Salta a la vista la diferencia entre una y otra de las chicas en este aspecto. Y las distintas consecuencias.
El demonio existe, y actúa. Lo suyo es tentar al mal, sobre todo con imágenes, porque tiene acceso —el que Dios le permite— a la imaginación, pero no a la voluntad. El demonio, como ya se ha visto en otro caso, es un ser personal, un ángel caído. Tiene el poder que Dios le permite tener. Lo que puede hacer es tentar, presentar en nuestra imaginación un mal. Es difícil medir su actuación, pues entran en juego otros factores que también invitan al mal, pero lo cierto es que cumple su papel, y tienta: ¡tentó al mismísimo Jesucristo! No es fácil calibrar en qué medida actúa y en qué medida es nuestra propia inclinación al mal la causante de nuestras tentaciones. Normalmente actúa con el suficiente disimulo como para no dejarse reconocer, pero en este caso, sin embargo, se ha incluido algo que difícilmente puede achacarse a nuestra concupiscencia y tiene en cambio un típico "tufillo" satánico: esa imagen que aparece bruscamente en la fila de la comunión justo después de la confesión, a que alude Dori.
Queda "la carne", que no tiene el exclusivo sentido de sensualidad: se refiere a ese desorden interior, herencia del pecado original, que empuja hacia el mal. Nuestras pasiones, después del pecado original tienden al descontrol, y con él al mal. Aquí la pasión es el odio, que parece incontrolado. Lo es hasta cierto punto. Porque el caso es que Dori parece tener poco en cuenta la distinción entre sentir y consentir, y que el mal —lo inmoral— es lo segundo, pero no lo primero. De lo primero es responsable la pasión, de lo segundo la voluntad. Distinguir ambas cosas hubiera ayudado bastante a Dori, pues no se hubiera atormentado tanto y así hubiera sido más fácil superar la situación. De todas formas, en la formulación clásica de los obstáculos de la vida cristiana, éste es el peor formulado. No toda inclinación al mal proviene de las tendencias corporales. Peor que ellas es la soberbia, el orgulloso deseo de anteponer la afirmación del "yo" a toda otra cosa, a los demás y a Dios. También es patente cómo el ambiente, en este caso el familiar, repercute negativamente.
Es de particular interés, tanto para la formación como para la tranquilidad de conciencia, distinguir entre una tentación y un pecado. La primera "se siente", el segundo "se consiente". No hay pecado sin consentimiento —y, para que sea grave, se requiere clara advertencia y pleno consentimiento: un acto plenamente libre—, por tremendo que pueda ser lo que se nos pueda pasar por la cabeza. Equivocarse en este sentido —normalmente, es por falta de formación—, puede traer muy malas consecuencias, como lo puede ser rendirse ante la tentación por considerar que el pecado es inevitable. Es lo que le ha ocurrido a Dori, en este caso con el odio. Para que éste sea un pecado no basta "sentir" odio, sino aceptarlo voluntariamente, que no es lo mismo. Lo primero puede ser incontrolable, pero no así lo segundo. Formarse bien en este sentido no sólo es moralmente bueno, sino también psicológicamente: como se ve en el caso de Dori, errores de este tipo pueden propiciar fácilmente ideas obsesivas.
Por lo demás, es claro que Concha lo hizo muy bien. Además, fue prudente: en una situación tan delicada como la que oye, si no se sabe muy bien qué decir, más vale pensar un poco las cosas y contestar más adelante que precipitarse diciendo lo primero que viene a la cabeza, con el riesgo de que resulte contraproducente. En realidad, no es muy difícil de contestar la cuestión. Lo que debe explicar es lo mismo que le había dicho antes, sólo que con algo más de detalle y aplicado a sus circunstancias. E insistir. Por supuesto, huelga decir que recomendar una buena dirección espiritual es —al menos en este caso— más una necesidad que una simple conveniencia.
Una última consideración nos permitirá ver aún mejor cómo Dios es un Padre que quiere y se preocupa por sus hijos. Dori necesita ayuda, pero está cerrada a la gracia. Se queja de que Dios no la ayuda. Pero no tiene razón. No sólo le envía ayudas interiores (las llamadas "gracias actuales"). Necesita a alguien, y por eso Dios le envía... a Concha.

AGENDA DEL MES ABRIL-MAYO 2012

ABRIL
- Sábado 21: Taller De Formación Para Catequistas. Inicio De La Escuela Parroquial De Misiones. Encuentro Ministros Soc. El Socorro 8:00 am.
- Jueves 26: Cursillo Para Matrimonios, lugar Centro Diocesano Mons. William Guerra.
- Viernes 27: Encuentro De Matrimonios Con Cristo. III ECUENTRO DE VIDA CONSAGRADA COLEGIO SAN JOSE DE LA SALLE 9 AM
- Sábado 28: II Encuentro De Vida Consagrada
- Domingo 29: Día del Buen Pastor

MAYO

- Martes 01: Fiesta De San José Obrero; 40 Horas De La Pastoral Vocacional.
- Jueves 03: Reunión De Clero; ntra. Sra. Guadalupe. 8:00 am.
- Sábado 05: Taller De Formación De Los Catequistas.
- Domingo 06: Jornada Mundial De Oración Por Las Vocaciones; Jesucristo Buen Pastor.
- Sábado 12: Encuentro Mensual De Anim. Bíblica, Parroquia San Juan Bautista De 8:00 Am A 12:00 M
- Domingo 13: VI Domingo De Pascua. Día De Las Madres. Ntra. Sra. De Fátima.
- Viernes 18: Circulo de Formación para Sacerdotes. 11.30 am.
- Domingo 20: Solemnidad de la Ascensión Del Señor
- Sábado 26: Vigilia De Pentecostés
· 7:00. Santa Misa
- Domingo 27: PENTECOSTÉS (Colecta imperada)
- Jueves 31: Jesucristo Sumo Y Eterno Sacerdote; Coronación De La Stma. Virgen.

VARIADAS DEL 2012 HASTA AHORA...