20 de noviembre de 2015

DISCURSO DEL PAPA FRANCISCO SOBRE EL SACERDOCIO

Discurso del Santo Padre
Congreso de la Congregación para el Clero en el 50º aniversario de los
Decretos Conciliares Optatam totius y Presbyterorum ordinis
Viernes, 20 de noviembre de 2015

Señores Cardenales, queridos hermanos Obispos y sacerdotes, hermanos y hermanas, dirijo a cada uno un cordial saludo y expreso un sincero agradecimiento a Usted, Cardenal Stella, y a la Congregación para el Clero, que me han invitado a participar en este Congreso, a 50 años de la promulgación de los Decretos conciliares Optatam totius y Presbyterorum ordinis.
Os pido perdón por haber cambiado los planes, que era que yo fuese a veros, pero habéis visto que no había tiempo, ¡e incluso aquí he llegado tarde!
No se trata de una “evocación histórica”. Estos dos Decretos son una semilla, que el Concilio echó en el campo de la vida de la Iglesia; en el curso de estos cinco decenios han crecido, se han vuelto una planta frondosa, ciertamente con alguna hija seca, pero sobre todo con tantas flores y frutos que embellecen a la Iglesia de hoy. Recorriendo el camino realizado, este Congreso ha mostrado dichos frutos y ha constituido una oportuna reflexión eclesial sobre el trabajo que queda por hacer en este ámbito tan vital para la Iglesia. ¡Aún queda trabajo por hacer!

Optatam totius y Presbyterorum ordinis han sido recordados juntos, como las dos mitades de una realidad única: la formación de los sacerdotes, que distinguimos en inicial y permanente, pero que constituye para ellos una única experiencia de discipulado. No es casualidad que el Papa Benedicto, en enero de 2013 (Motu proprio Ministrorum institutio) diera una forma concreta, jurídica, a esta realidad, atribuyendo a la Congregación para el Clero también la competencia sobre los seminarios. De este modo, el mismo Dicasterio puede empezar a ocuparse de la vida y del ministerio de los presbíteros desde el momento del ingreso en el seminario, trabajando para que las vocaciones sean promovidas y cuidadas, y puedan florecer en la vida de santos sacerdotes. ¡El camino de la santidad de un sacerdote empieza en el seminario!
Desde el momento en que la vocación al sacerdocio es un don que Dios hace a algunos para el bien de todos, quisiera compartir con vosotros algunos pensamientos, precisamente a partir de la relación entre los sacerdotes y las demás personas, siguiendo el n. 3 de Presbyterorum ordinis, en el que se encuentra como un pequeño compendio de teología del sacerdocio, sacado de la Carta a los Hebreos: «Los presbíteros han sido tomados de entre los hombres y constituidos en favor de los hombres para las cosas que se refieren a Dios, para ofrecer dones y sacrificios en remisión de los pecados; viven pues en medio de los demás hombres como hermanos en medio de los hermanos».
Consideremos estos tres momentos: “tomados entre los hombres”, “constituidos en favor de los hombres”, presentes “en medio de los demás hombres”.
El sacerdote es un hombre que nace en determinado contexto humano; ahí aprende los primeros valores, absorbe la espiritualidad del pueblo, se acostumbra a las relaciones. También los sacerdotes tienen una historia, no son “hongos” que surgen de improviso en la Catedral el día de su ordenación. Es importante que los formadores y los mismos sacerdotes recuerden esto y sepan tener en cuenta dicha historia personal a lo largo del camino de la formación. En el día de la ordenación siempre digo a los sacerdotes, a los neo sacerdotes: acordaos de donde habéis sido tomados, del rebaño, ¡no os olvidéis de vuestra madre y de vuestra abuela! Esto lo decía Pablo a Timoteo, y yo también lo digo. Esto quiere decir que no se puede ser cura creyendo que uno ha sido formado en un laboratorio, no; comienza en la familia con la “tradición” de la fe y con toda la experiencia de la familia. Y hace falta que sea personalizada, porque es la persona concreta la que es llamada al discipulado y al sacerdocio, teniendo en cuenta en cada caso que es solo Cristo el Maestro a seguir y a quien configurarse.
Me gusta, en este sentido, recordar aquel fundamental “centro de pastoral vocacional” que es la familia, Iglesia doméstica y primer y fundamental lugar de formación humana, donde puede germinar en los jóvenes el deseo de una vida concebida como camino vocacional, para recorrer con empeño y generosidad.
En familia y en todos los demás otros contextos comunitarios –escuela, parroquia, asociaciones, grupos de amigos– aprendemos a estar en relación con personas concretas, nos hacemos modelar por el trato con ellos, y nos convertimos en lo que somos también gracias a ellos.
Un buen sacerdote, pues, es ante todo un hombre con su propia humanidad, que conoce su historia, con sus riquezas y sus heridas, y que ha aprendido a estar en paz con ella, alcanzando la serenidad de fondo, propia de un discípulo del Señor. La formación humana es pues una necesidad para los sacerdotes, para que aprendan a no dejarse dominar por sus limitaciones, sino más bien a sacar fruto de sus talentos.
Un sacerdote que sea un hombre pacífico sabrá difundir serenidad en torno a sí, incluso en los momentos difíciles, trasmitiendo la belleza del trato con el Señor. No es normal, en cambio, que un sacerdote esté con frecuencia triste, nervioso o duro de carácter; no está bien y no hace bien, ni al sacerdote, ni a su pueblo. Pero si tú tienes una enfermedad, estás neurótico, ¡ve al médico! Al médico espiritual y al médico clínico: te darán pastillas que te harán bien, ¡ambos! Pero, por favor, ¡que los fieles no paguen la neurosis de los curas! No peguéis a los fieles; cercanía de corazón con ellos.
Nosotros sacerdotes somos apóstoles de la alegría, anunciamos el Evangelio, es decir, la “buena noticia” por excelencia; claro que no somos nosotros los que damos la fuerza al Evangelio –algunos lo creen–, pero podemos favorecer u obstaculizar el encuentro entre el Evangelio y las personas. Nuestra humanidad es el “vaso de barro” donde guardamos el tesoro de Dios, un vaso que debemos cuidar, para trasmitir bien su precioso contenido.
Un sacerdote no puede perder sus raíces, siempre será un hombre del pueblo y de la cultura que lo generaron; nuestras raíces nos ayudan a recordar quiénes somos y dónde Cristo nos llamó. Nosotros sacerdotes no caemos de lo alto, sino que somos llamados, llamados por Dios, que nos toma “de entre los hombres”, para constituirnos “en favor de los hombres”. Me permito una anécdota. En una diócesis, hace años... No en una diócesis, no, en la Compañía había un buen sacerdote, joven, que llevaba dos años de sacerdote. Entró en confusión, habló con el padre espiritual, con sus superiores, con los médicos y dijo: “Me voy, no puedo más, me voy”. Y pensando en estas cosas –yo conocía a su madre, gente humilde– le dije: “¿Por qué no vas a tu madre y le hablas de esto?”. Y fue, se pasó todo el día con su madre, y volvió cambiado. Su madre le dio dos “bofetadas” espirituales, le dijo tres o cuatro verdades, lo puso en su sitio, y siguió adelante. ¿Por qué? Porque fue a la raíz. Por eso es importante no quitar la raíz de la que venimos. En el seminario debes hacer la oración mental… Sí, claro, eso hay que hacerlo, aprender… Pero ante todo reza como te enseñó tu madre, y luego sigue adelante. Pero siempre la raíz está ahí, la raíz de la familia, como aprendiste a rezar de niño, incluso con las misma palabras, comienza a rezar así. Luego ya avanzarás en la oración.
Ahora el segundo pasaje: “en favor de los hombres”. Aquí hay un punto fundamental de la vida y del ministerio de los presbíteros. Respondiendo a la vocación de Dios, se es sacerdotepara servir a los hermanos y hermanas. Las imágenes de Cristo que tomamos como referencia para el ministerio de los sacerdotes son claras: Él es el “Sumo Sacerdote”, del mismo modo cercano a Dios y cercano a los hombres; es el “Siervo”, que lava los pies y se hace próximo a los más débiles; es el “Buen Pastor”, que siempre tiene como fin el cuidado del rebaño.
Son las tres imágenes que debemos mirar, pensando en el ministerio de los sacerdotes, enviados a servir a los hombres, a hacerles alcanzar la misericordia de Dios, a anunciar su Palabra de vida. No somos sacerdotes para nosotros mismos y nuestra santificación está estrechamente vinculada a la de nuestro pueblo, nuestra unción a su unción: tú estás ungido para tu pueblo. Saber y recordar que estamos “constituidos para el pueblo” –pueblo santo, pueblo de Dios–, ayuda a los curas a no pensar en sí, a tener autoridad sin ser autoritarios, firmes pero no duros, alegres pero no superficiales, en definitiva, pastores, no funcionarios. Hoy, en ambas Lecturas de la Misa se ve claramente la capacidad de gozar que tiene el pueblo, cuando viene devuelto y purificado el templo (1Mac 4,36-37.52-59), y en cambio la incapacidad de alegría que tienen los jefes de los sacerdotes y los escribas ante la expulsión de los mercaderes del templo por parte de Jesús (Lc 19,45-48). Un sacerdote debe aprender a gozar, nunca debe perder –mejor así– la capacidad de alegría: si la pierde es que hay algo que no va. Y os digo sinceramente, yo tengo miedo de endurecerme, me da miedo. De los curas rígidos… ¡Lejos! ¡Te muerden! Y me viene a la mente aquella expresión de san Ambrosio, del siglo IV: “Donde está la misericordia está el espíritu del Señor, donde hay rigidez solo están sus ministros”. El ministro sin el Señor se vuelve rígido, y esto es un peligro para el pueblo de Dios. Pastores, no funcionarios.
El pueblo de Dios y la humanidad entera son destinatarios de la misión de los sacerdotes, a los que tiende toda la obra de la formación. La formación humana, la intelectual y la espiritual confluyen naturalmente en la pastoral, a la cual proporcionan instrumentos, virtudes y disposiciones personales. Cuando todo esto se armoniza y se amalgama con un genuino celo misionero, a lo largo del camino de una vida entera, el sacerdote puede cumplir la misión confiada por Cristo a su Iglesia.
Finalmente, los que del pueblo nació, con el pueblo debe permanecer; el sacerdote está siempre “en medio de los demás hombres”, no es un profesional de la pastoral o de la evangelización, que llega y hace lo que debe –quizá bien, pero como si fuese un oficio– y luego se va a vivir una vida separada. Se es sacerdote para estar en medio de la gente: la cercanía. Y me permito, hermanos obispos, también nuestra cercanía de obispos con nuestros curas. ¡Esto vale también para nosotros! Cuántas veces oímos las quejas de los curas: “He llamado al obispo porque tengo un problema… El secretario, la secretaria, me ha dicho que está muy ocupado, que está fuera, que no puede recibirme antes de tres meses…”. Dos cosas. La primera. Un obispo siempre está ocupado, gracias a Dios, pero si tú obispo recibes una llamada de un sacerdote y no puedes recibirlo porque tienes mucho trabajo, al menos coge el teléfono y llámalo para decirle: “¿Es urgente? ¿No es urgente? Ven tal día…”, Así se siente cercano. Hay obispos que parecen alejarse de los sacerdotes… Cercanía, ¡al menos una llamada telefónica! Y eso es amor de padre, fraternidad. Y la otra cosa. “No, tengo una conferencia en tal ciudad y luego tengo que hacer un viaje a América, y luego…”. Pero, mira, ¡el decreto de residencia de Trento aún está vigente! Y si tú no eres capaz de quedarte en la diócesis, dimite, y da la vuelta al mundo haciendo otro apostolado muy bueno. Pero si tú eres obispo de aquella diócesis, residencia. Estas dos cosas, cercanía residencia. ¡Esto es para nosotros los obispos! Uno se hace sacerdote para estar en medio de la gente.
El bien que los sacerdotes pueden hacer nace sobre todo de su cercanía y de un tierno amor por las personas. No son filántropos o funcionarios, los curas son padres y hermanos. La paternidad de un sacerdote hace mucho bien.
Cercanía, entrañas de misericordia, mirada amable: hacer experimentar la belleza de una vida vivida según el Evangelio y el amor de Dios que se hace concreto también a través de sus ministros. Dios que no rechaza nunca. Y aquí pienso en el confesionario. Siempre se pueden encontrar caminos para dar la absolución. Acoger bien. Pero algunas veces no se puede absolver. Hay sacerdotes que dicen: “No, de esto no te puedo absolver, vete”. Ese no es el camino. Si tú no puedes dar la absolución, explícalo y dile: “Dios te ama mucho, Dios te quiere. Para llegar a Dios hay muchos caminos. Yo no te puedo dar la absolución, te doy la bendición. Pero vuelve, vuelve siempre aquí, que cada vez que vuelvas te daré la bendición como señal de que Dios te ama”. Y aquel hombre o aquella mujer se van llenos de alegría porque han encontrado la imagen del Padre, que no rechaza nunca; de una manera o de otra los ha abrazado.
Un buen examen de conciencia para un sacerdote es también este: si el Señor volviese hoy, ¿dónde me encontraría? «Donde está tu tesoro, ahí estará tu corazón» (Mt 6,21). ¿Y mi corazón dónde está? ¿En medio de la gente, rezando con y por la gente, implicado en sus alegrías y sufrimientos, o más bien en medio de las cosas del mundo, en los negocios terrenos, en mis “espacios” privados? Un sacerdote no puede tener un espacio privado, porque está siempre o con el Señor o con el pueblo. Yo pienso en esos curas que conocí en  mi ciudad, cuando no había secretaría telefónica, sino que dormían con el teléfono en la mesita de noche, y a cualquier hora llamase la gente, se levantaban a dar la unción: ¡no se moría nadie sin los sacramentos! Ni en el descanso tenían un espacio privado. Eso es celo apostólico. La respuesta a esta pregunta: ¿dónde está mi corazón?, puede ayudar a cada sacerdote a orientar su vida y su ministerio al Señor.
El Concilio dejó a la Iglesia “perlas preciosas”. Como el mercader del Evangelio de Mateo (13,45), hoy vamos a la búsqueda de ellas, para sacar nuevo impulso y nuevos instrumentos para la misión que el Señor nos confía.
Una cosa que quisiera añadir al texto –¡perdonadme!– es el discernimiento vocacional, la admisión al seminario. Buscar la salud de aquel chico, salud espiritual, salud material, física, psíquica. Una vez, apenas nombrado maestro de novicios, en el año 72, fui a llevar a la psicóloga los resultados del test de personalidad, un test sencillo que se hacía como uno de los elementos del discernimiento. Era una buena mujer, y también un buen médico. Me decía: “este tiene este problema pero puede seguir si va así…”. También era una buena cristiana, pero en algunos casos era inflexible: “Este no puede”. “Pero doctora, es tan bueno este chico”. “Ahora es bueno, pero sepa que hay jóvenes que saben inconscientemente, no son conscientes, pero sienten inconscientemente que están  psíquicamente enfermos y buscan para su vida estructuras fuertes que les defiendan, para poder salir adelante. Y van bien, hasta el momento en que se sienten bien establecidos y ahí comienzan los problemas”. “Me parece un poco extraño…”. Y la respuesta no la olvidaré nunca, la misma del Señor a Ezequiel: “Padre, ¿usted no ha pensado nunca porqué hay tantos policías torturadores? Entran jóvenes, parecen sanos, pero cuando se sienten seguros, la enfermedad comienza a salir. Esas son las instituciones fuertes que buscan esos enfermos inconscientes: la policía, el ejército, el clero… Y luego tantas enfermedades que todos conocemos que salen fuera”. Es curioso. Cuando me doy cuenta de que un joven es demasiado rígido, es muy fundamentalista, no me da confianza; detrás hay algo que ni él mismo sabe. Pero cuando se siente seguro… Ezequiel 16, no recuerdo el versículo, pero es cuando el Señor dice a su pueblo todo lo que ha hecho por él: lo encontró recién nacido, y luego lo vistió, lo desposó… “Y luego, cuando tú te sentiste segura, te prostituiste”. Es una regla, una regla de vida. Ojos abiertos a la misión en los seminarios. Ojos abiertos.

Confío que el fruto de los trabajos de este Congreso –con tantos relatores de autoridad, provenientes de regiones y culturas diversas– pueda ser ofrecido a la Iglesia como útil actualización de las enseñanzas del Concilio, aportando una contribución a la formación de los sacerdotes, los que son y los que el Señor quiera enviarnos, para que, configurados cada vez más a Él, sean buenos sacerdotes  según el corazón del Señor, no funcionarios. Y gracias por vuestra paciencia.

12 de noviembre de 2015

EL SACRAMENTO DEL PERDÓN

EL SACRAMENTO DEL PERDÓN


Si en algo han insistido los últimos sucesores de Pedro ha sido en la necesidad de recuperar el Sacramento de la penitencia y la práctica de confesar los pecados. San Juan Pablo II convocó un sínodo ordinario de obispos para tratar la cuestión. El resultado de aquel sínodo fue la exhortación postsinodal Reconciliatio et poenitentia que es una verdadera luz para este tema. Recomiendo vivamente la lectura de este texto que nos puede ayudar para vivir este jubileo de la misericordia. En particular es un texto imprescindible para quienes se vayan a preparar como predicadores de la misericordia.
¿Cuál es el problema de este sacramento? ¿Por qué las personas han dejado de ir a confesar? ¿Por qué los mismos sacerdotes han mostrado menos disponibilidad para la confesión? La razón hay que buscarla en
- la crisis de fe,
- la decadencia del espíritu y 
- la pérdida de la conciencia de pecado que ha provocado la secularización y sus consecuencias.
Del mismo modo que san Juan Pablo II al constatar la descristianización, convocó a una nueva evangelización, Benedicto XVI convocó el Año de la fe y nos regaló, junto con el Papa Francisco, la encíclica Lumen fidei. El resumen es muy claro: quien no tiene la luz de la fe no ve, no reconoce sus pecados. Es un ciego y necesita la luz.
Encender la lámpara de la fe es la única posibilidad de empezar a descubrir las heridas del pecado, reconocer las enfermedades del espíritu. La peor enfermedad del espíritu es el pecado que, aunque no seamos conscientes de él nos destruye igualmente y puede provocar la muerte espiritual. ¿Imaginan que mañana nos levantáramos y escucháramos en la radio o leyésemos en las portadas de los periódicos que los médicos están alarmados porque en el día de ayer no recibieron ninguna visita? ¿Por qué van las personas al médico? La respuesta es clara: porque están enfermos y sienten los síntomas de la enfermedad, porque buscan la salud.
Lo que ha ocurrido con la secularización y sus consecuencias es muy curioso. No es que seamos más pecadores o menos que las anteriores generaciones. No. SOMOS IGUALMENTE PECADORES. El problema es que hemos caído en la peor de las enfermedades que es NO RECONOCER LOS SÍNTOMAS DE LA ENFERMEDAD. Es como aquel que tiene cáncer y se va corroyendo por dentro sin acudir al médico porque aún no se han manifestado los síntomas de la enfermedad. Lo que ocurre en nuestra generación es peor. No sólo –por falta de luz, por falta de fe– hemos dejado de ver las sombras de nuestra vida o reconocer las heridas del pecado, sino que hemos sufrido la peor de las mutaciones. Hemos aprendido a llamar bien al mal y mal al bien. Esta es la crisis espiritual más seria: llamar a la enfermedad salud y dejar que la enfermedad nos lleve a la muerte del espíritu.
Pongamos algunos ejemplos para aclararnos: ¿qué es el aborto? La respuesta es evidente. El aborto es un crimen, la muerte de un inocente indefenso. ¿Cómo lo llama nuestra cultura dominante? El aborto es un derecho a decidir o la salud reproductiva. ¿Qué es la eutanasia? La eutanasia es matar o dejar morir a una persona enferma y necesitada. ¿Cómo lo llama nuestra cultura dominante? Morir con dignidad. ¿Qué es el divorcio, el adulterio, la promoción de la pornografía? Son faltas contra la justicia, la fidelidad, la dignidad de la sexualidad, etc. ¿Cómo los llama nuestra cultura dominante? Son conquistas de la libertad, expresiones del amor libre y nuevos derechos. Podríamos continuar así hasta el infinito. Sin embargo, los hechos son obstinados. El pecado es la peor de las enfermedades porque rompe la alianza con Dios y porque atenta contra los bienes de la persona. Quien miente se hace mentiroso, quien roba se convierte en un ladrón y corrupto; quien se afirma en su egoísmo quiebra su vocación al amor y se convierte en un ególatra. Ser mentiroso, ladrón, ególatra, orgulloso, vanidoso, envidiosos, perezoso, lujurioso, etc. son enfermedades que destruyen a la persona.
Hablemos claro. Si no vamos a confesar los pecados es porque no nos sentimos enfermos y porque hemos perdido el sentido del pecado, es decir, ya no reconocemos los síntomas del pecado porque tenemos embotada la mente y pervertido el corazón (Rm 1, 24-31). Éste es la peor consecuencia de la secularización: haber mutado la conciencia, haber perdido la conciencia de pecado. Esta es la peor enfermedad porque nos insensibiliza ante el mal y nos deja indefensos ante él. Es más, nos hace desearlo como un bien en nombre de la libertad y en nombre de tantos slogans que promueven las ideologías y el consumo. Ya nos advertía de ello el profeta Isaías:
“¡Ay de aquellos que llaman bien al mal y mal al bien, que cambian las tinieblas en luz y la luz en tinieblas; que dan lo amargo por dulce y lo dulce por amargo! […] Como la lengua de la llama devora el rastrojo y como el heno es consumido por el fuego, así su raíz se pudrirá y su flor será aventada como polvo” (Isaías 5, 20.24).
En resumen: el pecado destruye al hombre y no reconocerlo, aceptando el mal como bien, es el camino de la perdición.
Salir de esta enfermedad epocal, de esta crisis profunda del espíritu, requiere una operación traumática. Se trata nada menos que de un trasplante de corazón y mente. En griego esta operación se llama metanoia, en español la traducimos por conversión. Es ni más ni menos que lo que anunciaba el profeta Ezequiel como profecía:
“Arrancaré vuestro corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que viváis” (Ezequiel 36, 26-27). La decadencia del espíritu y la falta de fe han producido la dureza de corazón que nos hace insensibles al pecado.
La profecía de Ezequiel se ha cumplido en Jesucristo. El comenzó su predicación precisamente apelando a la conversión y a la fe: “El reino de Dios está cerca, convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1, 15). El sacramento de la conversión es el Bautismo que nos regala un corazón nuevo en quien habita el Espíritu Santo; el agua que nos limpia de todo pecado y nos regala la docilidad a la voluntad de Dios que es nuestro bien. La iniciación cristiana es el proceso mediante el cual la Iglesia nos gesta como cristianos, nos quita la dureza de corazón y nos enseña a vivir practicando el bien y detestando el mal. Se trata de un proceso en el que toma la iniciativa la gracia de Dios que nos cura con los sacramentos y nos acoge en la Iglesia, la comunidad en la que vivimos de la Palabra de Dios, de la Eucaristía y saboreamos el amor entre los hermanos.
Cuando nos falta la fe, cuando perdemos a la Iglesia, vivimos a la intemperie donde fácilmente somos devorados por los lobos. Por eso son tan importantes la familia cristiana, iglesia doméstica, y la comunidad cristiana, oasis en medio del desierto de este mundo.
El trabajo que nos espera, pues, en este Jubileo de la misericordia es apasionante. No se trata de promover algunas actividades. El Papa nos llama a entrar en el corazón del Evangelio para llenar los corazones del Amor de Dios. La misma palabra misericordia apela al corazón de Dios que viene a sacarnos de nuestra miseria. Lo que se nos pide es continuar en la evangelización, transmitir y sostener la fe, avivar el espíritu con la gracia de Dios y proponer de nuevo el sacramento del perdón, la confesión de los pecados. Se trata de presentar al Señor nuestras llagas para que El las cure. El lo puede todo y como dice el salmo: “Un corazón contrito y humillado, oh Dios, Tú no lo desprecias” (Sal 51, 17).

a) La conversión

El proceso de la conversión aparece de manera pedagógica en la parábola del hijo pródigo (Lc 15, 17-21), en la oración del publicano (Lc 18, 13) y en los encuentros de Jesús con los pecadores (Lc 7, 47). El acto mismo de la conversión comprende diversos aspectos:
1) “La toma de conciencia y un sincero reconocimiento del pecado cometido: el hijo pródigo “entrando dentro de sí mismo” parte y vuelve a su padre y le dice: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, no merezco ser llamado tu hijo” (Lc 15, 17-21).
2) Humilde apelación, llena de fe y confianza, a la misericordia divina: el publicano, a distancia y no atreviéndose a levantar los ojos al cielo, golpeándose el pecho, decía: “Dios mío, ten compasión de este pecador” (Lc 18, 13).
3) El amor que lamente lo pasado: a la pecadora, “bañada en lágrimas”, cuyos gestos denotan un gran amor, le son perdonados los pecados “porque ha amado mucho” (Lc 7, 47).
4) Una voluntad radical de cambio moral, que deja el corazón del hombre sencillo y puro como el corazón de un niño: “si no se vuelven como niños no entrara en el reino de los cielos” (Mt 18, 3).
5) El esfuerzo continuo y la preocupación exclusiva de “buscar ante todo el reino de Dios y su justicia” (Mt 6, 33), es decir, regular la propia vida según la nueva ley del evangelio y “hacer la voluntad del Padre que está en los cielos” (Mt 7, 21).
La conversión exige, pues, el compromiso total del hombre, pero es ante todo una gracia, que debemos a la libre iniciativa de Dios, quien previene al hombre: el pastor va tras la oveja descarriada, la mujer busca cuidadosamente la dracma perdida, hasta que la haya encontrado (Lc 15, 4.8). Y el perdón es totalmente gratuito: el deudor perdona la deuda a los deudores que no tiene para devolverle (Lc 7, 41-42); el padre del pródigo devuelve a su hijo el puesto que no merecía (Lc 15, 20-24). El evangelio del reino contiene, en efecto, esta revelación desconcertante: “Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de la penitencia” (Lc 15, 7).


b) El perdón de los pecados

Sólo Dios puede perdonar los pecados. Este poder lo ha pasado el Padre a Jesucristo, quien lo puso de manifiesto en la curación del paralítico: “¡Ánimo hijo, tus pecados te son perdonados[…] y para que veáis que el hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados, dijo al paralítico: levántate, carga con tu camilla y vete a tu casa. El se levantó y se fue a su casa” (Mt 9, 2.6).
La Iglesia perdona los pecados por medio del sacramento del bautismo que supone una regeneración como indicara Jesús en su conversación con Nicodemo: “Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de los cielos” (Jn 3, 5). Para los que hemos pecado después del Bautismo, la Iglesia nos perdona los pecados mediante el Sacramento de la penitencia, al que los Santos Padres llamaron la segunda tabla de salvación. San Pablo insiste a los cristianos de Corinto que se dejen reconciliar con Dios para que se aplique la gracia alcanzada por Cristo: “Todo viene de Dios, que nos reconcilió con El por medio de Cristo, y nos confió el ministerio de la reconciliación […] En nombre de Cristo les rogamos: reconcíliense con Dios” (2 Cor 5, 18.20).
En este Jubileo de la misericordia, con las mismas palabras de san Pablo, les ruego: ¡reconcíliense con Dios! Acudamos al Sacramento de la penitencia donde se nos curan todas las heridas del pecado. A mis hermanos sacerdotes les invito a que expliquen con detalle a los fieles la riqueza de la reconciliación, las cinco condiciones para una buena confesión. Preparen esquemas sencillos para un buen examen de conciencia y muéstrense disponibles para todos los fieles con horarios fijos para la confesión y con plena disponibilidad para confesar en cualquier momento. Este Jubileo lo hemos de aprovechar con todas nuestras fuerzas para anunciar el kerygma: que Dios nos ama tal como somos; que por nosotros ha muerto y ha resucitado; que nos espera para conocer nuestras llagas y para curarnos, ya que El es el médico que cura todas nuestras enfermedades.
Los sacerdotes en la confesión actúan en la persona de Jesucristo, lo hacen presente prolongando su Encarnación y Resurrección. En su nombre perdonan los pecados e indican con la satisfacción el proceso necesario para la curación completa después de haber pecado y recibir la absolución. El perdón de los pecados, que recibimos en el Sacramento de la penitencia, cuando acudimos con un corazón dispuesto, es uno de los mayores tesoros que tiene la Iglesia. Para ello es conveniente que nos detengamos en algunos aspectos de este sacramento.
En primer lugar, antes de acudir a confesar los pecados, conviene realizar un buen examen de conciencia. Para ello hemos de invocar al Espíritu Santo para que nos ilumine. Repasar nuestra vida desde la última confesión, dejándonos iluminar por la Palabra de Dios, los mandamientos, las virtudes, las Bienaventuranzas, etc. Es bueno averiguar las raíces de nuestros pecados, y para ello hay que repasar los pecados capitales y las actitudes profundas del alma. Luego hay que revisar nuestra relación con Dios y con nuestros hermanos. Ver como llevamos nuestras exigencias del propio estado (casado, célibe, soltero, viudo, etc.) hasta ocuparnos de nuestros pensamientos más íntimos y el cuidado y formación de nuestra vida cristiana, sin descuidar la vida de apostolado que deriva de nuestro bautismo y de las obligaciones con la Iglesia. Nos puede ayudar un esquema sencillo de examen de conciencia y, sobre todo, el confesar habitualmente con el mismo sacerdote.
Tras un diligente examen de conciencia, hemos de suplicar al Señor que nos regale el dolor de los pecados. Este dolor no reside en la parte afectiva de nuestra persona, aunque puede resonar en ella suscitando sentimientos de dolor. El dolor de los pecados se distingue del sentimiento de culpabilidad, porque descansa en la voluntad. Se trata de detestar el pecado por ser ofensa a Dios y proponer no volverlo a realizar. La conciencia de pecado es una conciencia abierta que tiene a Jesucristo, icono de la misericordia, y al Padre como interlocutores: “Padre, he pecado contra el Cielo y contra ti. Ya no soy digno de llamarme hijo tuyo” (Lc 15, 21). El sentimiento de culpabilidad se repliega sobre sí mismo y si no se abre ante el verdadero interlocutor (Dios) puede ser enfermizo. De ahí la importancia de un buen director espiritual que nos ayude a distinguir e iluminar nuestra vida interior.
Al sacramento de la penitencia hemos de acudir con un corazón contrito, el que manifiesta el dolor de haber ofendido a Dios. Así lo decimos en el acto de contrición: “Me duele haberlo ofendido por ser quien eres, bondad infinita, y porque te amo sobre todas las cosas”. Si acudimos con el simple dolor de atrición –el que expresamos cuando decimos “también me duele porque puedes castigarme con las penas del infierno”– hemos de suplicar la contrición haciendo actos de fe y amor a Dios y dejándonos ayudar por la gracia del sacramento.
Con el ánimo bien dispuesto, decimos al confesor todos los pecados tal como están en nuestro corazón tras un diligente examen. La confesión debe ser sencilla y expresar con claridad todo aquello que nos separa de Dios, que nos separa de los hermanos o que nos conduce a nosotros por el mal camino, sin olvidar los pecados de omisión. No decir todos los pecados al confesor es actuar como aquel que va al médico y le oculta los síntomas de su enfermedad. Hay que conocer todos los síntomas para hacer un buen diagnóstico y ofrecer la medicina adecuada. Lo mismo ocurre con la confesión en la que el sacerdote, en nombre de Cristo, actúa como médico que debe aconsejar, absolver, si se dan las condiciones, y aplicar la satisfacción oportuna.
La absolución de los pecados es el gran tesoro de la confesión. Para poder apreciarla y procurar la confesión frecuente, conviene que explicitemos bien lo que significa el perdón de los pecados. Para ello nos sirve acudir a las expresiones del salmo 51 (50) que es el salmo penitencial que más utiliza la tradición cristiana. En este salmo, que se atribuye a David, el pecador implora la misericordia de dios reconociendo su pecado y su condición pecadora: “Misericordia Dios mío, por tu bondad […] Contra Ti sólo pequé […] pecador me concibió mi madre”. Después de reconocer su pecado y apelar a la misericordia y ternura de Dios, suplica el perdón utilizando varios verbos: “lava mi delito, limpia mi pecado, borra en mí toda culpa, aparta tu rostro de mi pecado, etc.”.
Si nos quedáramos con lo que expresan estos verbos, no alcanzaríamos lo específico del perdón cristiano, ya que aunque limpiemos, borremos, lavemos o apartemos el rostro de lo hecho, siempre volvemos sobre algo manchado. Sin embargo lo propio de la absolución y del perdón está expresado con otro verbo que supone una revolución: “crea en mí un corazón puro, renuévame con espíritu generoso”. Lo que el salmista pide es una nueva creación. El verbo que utiliza el hebreo es el mismo con el que el libro del Génesis habla de la creación. La absolución en el sacramento de la penitencia, por los méritos de Cristo, responde a la súplica del salmista. La absolución, cuando se dan las condiciones adecuadas en el penitente, crea un corazón puro. Se trata, aunque parezca increíble, de un nuevo Génesis, de una nueva creación. Después de confesar y ser absuelto, el penitente es una nueva criatura, no es el pecador de antes: “El que está en Cristo es una criatura nueva, lo viejo ya pasó, y ha aparecido lo nuevo” (2 Cor 5, 17).
Es más, con la absolución se cumple también la segunda súplica del salmista: “Afiánzame con espíritu generoso” (Sal 51, 12). De nuevo el Espíritu Santo habita en el creyente operando la nueva creación. Por propia experiencia les puedo decir que, personas destrozadas, incluso abocadas al suicidio, al escuchar esta explicación del perdón han sido totalmente restablecidas y en sus rostros ha aparecido de nuevo la alegría. También así se cumplen las palabras del salmo: “Hazme sentir el gozo y la alegría, que se alegren mis huesos quebrantados” (Sal 51, 10).
Confesar los pecados y recibir la absolución es dejar de nuevo que habite en nuestro corazón el Espíritu Santo, que es la fuente de la alegría. Desconocer esto es haber perdido el gran tesoro del perdón cristiano. Como nos indica la misma palabra, con la absolución quedamos “sueltos”, liberados de la esclavitud del pecado y recibimos de nuevo el don (perdón) de Dios, la condición filial que nos posibilita sentarnos como hijos y participar en la mesa que Dios dispone: la Eucaristía, el Cielo en la tierra.
Con la absolución se nos perdona la culpa y se vuelve a restablecer la alianza con Dios. Sin embargo todavía hay que curar las heridas del pecado, restablecer las fuerzas para la virtud y purificar el corazón de las reliquias del pecado. Para eso el sacerdote, como buen médico, debe indicar y poner al penitente una satisfacción adecuada que le ayude a excitar la caridad y a ejercer las virtudes opuestas a los pecados o vicios confesados. Restablecer todo lo que rompe el pecado y todas las consecuencias de una vida desordenada también es proceso y necesita tiempo y virtud.


25 de octubre de 2015

ABRAZO EN FAMILIA PARROQUIAL EN CRISTO REY

Este año se celebran los 25 años de la celebración anual del “Abrazo en Familia”. Se nos permite hacer una reflexión sobre cómo la Alegría del Evangelio se vive y se celebra en la Familia.

Nos dice el Papa Francisco: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús” (Evangelii gaudium, 1).

Queremos, desde el aporte del Evangelio a las familias, que todos tomemos conciencia de la responsabilidad que se tiene como cristianos para que en familia puedas descubrir la alegría del Evangelio en un bello gesto del Abrazotón: todo el lleno de ternura y amor.

¡Te esperamos! ¡Invita a otras familias!

Recuerda, como verás en las imágenes, 

Sábado 07 de noviembre de 2015: Convivencia en Familia

- 8:00 am: Santa Misa.
- 8:45 am: Abrazotón (plaza frente a la Iglesia Cristo Rey).
- 9:00 am: Convivencia familiar con el Lcdo. David Herrera ( Psicólogo Clínico).


Lleva lo que puedas para compartir en familia.

Domingo 08 de noviembre de 2015. Día del Abrazo en Familia.
- 8:00 am: Santa Misa. Bendición de las Familias.



LUNES 02 DE NOVIEMBRE CONMEMORACIÓN DE LOS DIFUNTOS



“Si Jesucristo dijo que hay faltas que no serán perdonadas ni en este mundo ni en el otro, es señal de que hay faltas que sí son perdonadas en el otro mundo. Para que Dios perdone a los difuntos las faltas veniales que tenían sin perdonar en el momento de su muerte, para eso ofrecemos misas,
oraciones y limosnas por su eterno descanso” 
(San Gregorio Magno)


RESPONSO
·        9:00 am: Cementerio de Alpargatón


EUCARISTÍA:
·        4:00 pm: Santa Misa en San Vicente Ferrer - Alpargatón.
·        4:45 pm: Santo Rosario en Cristo Rey

·        5:30 pm: Santa Misa en Cristo Rey - Colinas de Mara.

AGENDA MES NOVIEMBRE 2015

NOVIEMBRE 2015
-         Domingo 01: SOLEMN. DE TODOS LOS SANTOS.
·        8:00 am: Santa Misa en Cristo Rey. MINERVA.
·        10:00 am: Santa Misa en San Vicente Ferrer.

-         Lunes 02: Conmemoración de los Fieles Difuntos.


·        9:00 am: Responso en el Cementerio de Alpargatón.
·        4:00 pm: Santa Misa en San Vicente Ferrer - Alpargatón.
·        4:45 pm: Santo Rosario por todos los difuntos en Cristo Rey.
·        5:30 pm: Santa Misa en Cristo Rey – Colinas de Mara.

-         Martes 03
·        5:00 pm: Santa Misa en San Vicente Ferrer.

-         Miércoles 04: San Carlos Borromeo.
·        3:30 pm: Formación.
·        5:00 pm: Santa Misa en Cristo Rey.

-         Jueves 05:
·        9:00 am: Reunión de Clero – Santa Ana.
·        4:00 pm: Exposición del Santísimo.
·        5:00 pm: Santa Misa en Cristo Rey.

-         Viernes 06: 1er Viernes de Mes.
·        5:00 pm: Santa Misa en Cristo Rey.

-         Sábado 07:
·        8:00 am: Santa Misa.
·        8:45 am: Abrazotón. Acércate en Familia para celebrar con alegría los 25 años de la Campaña “Abrazo en Familia”
·        9:00 am a 12:00 m: Jornada de reflexión, con motivo al abrazo en Familia con el Lcdo. David Alejandro Herrera (Psicólogo Clínico).




-         Domingo 08: XXXII del Tiempo Ordinario. Abrazo en Familia
·        8:00 am: Santa Misa en Cristo Rey. Bendición de la Familia.
·        10:00 am: Santa Misa en San Vicente Ferrer.

NOVENA EN HONOR A CRISTO REY.


-         Sábado 14: PRIMER DÍA DE NOVENA
·        8:00 am: Bautizos
·        9:00 am: Catequesis.
·        4:00 pm: Novena.
·        5:00 pm: Santa Misa en los Bloques.
·        Responsables: María Lugo, Yosmar Parra.

-         Domingo 15: XXXIII del tiempo Ordinario. SEGUNDO DIA DE NOVENA.
·        8:00 am: Santa Misa en Cristo Rey.
·        Familias:
·        BINGO – RIFA.

-         Lunes 16: TERCER DÍA DE NOVENA
·        5:00 pm: Santa Misa en Sector Guanabanillo.
·        Familias:

-         Martes 17: CUARTO DÍA DE NOVENA
·        5:00 pm: Santa Misa en Cristo Rey.
·        Familias:

-         Miércoles 18: QUINTO DÍA DE NOVENA
·        4:00 pm: Novena.
·        5:00 pm: Santa Misa en Cristo Rey.
·        Familias:


-         Jueves 19: SEXTO DÍA DE NOVENA
·        5:00 pm: Santa Misa en Cristo Rey.
·        Familias:

-         Viernes 20: SEPTIMO DÍA DE NOVENA
·        5:00 pm: Santa Misa en Cristo Rey.
·        Familias:

-         Sábado 21: OCTAVO DÍA DE NOVENA
·        7:00 am: Novena.
·        7:30 am: Santa Misa en Cristo Rey.
·        Familias: Comunidad de Alpargatón 

-         Domingo 22: SOLEMNIDAD DE CRISTO REY
·       10:00 am: Santa Misa Solemne 



-         Lunes 23: Cumpleaños de María Lugo

-         Miércoles 25:
·        3:30 pm: Formación.
·        5:00 pm: Santa Misa en Cristo Rey.

-         Jueves 26: cumpleaños de Noraima Silva.
·        4:00 pm: Adoración.
·        5:00 pm: Santa Misa en Cristo Rey.

-         Sábado 28. Inicio de la Novena a la Inmaculada (1)
·        7:30 am: Santa Misa en Cristo Rey.
·        8:00 am: Bautizos.
·        9:00 am: Catequesis

-         Domingo 29: I de Adviento. INICIO DEL CICLO “C”. Colecta Imperada Apoya A Tu Iglesia. Bendición de la Corona. Novena a la Inmaculada (2)
·        8:00 am: Santa Misa en Cristo Rey.
·        10:00 am: Santa Misa en San Vicente Ferrer.


-         Lunes 30: San Andrés, Apóstol. Novena a la Inmaculada (3)
·        5:00 pm: Santa Misa en Cristo Rey.